miércoles, 6 de junio de 2018

MISIÓN DE LA MUJER CRISTIANA (Capítulo III) – Por el P. FRANCISCO J. SCHOUPPE, S. J.

SANTA INÉS.




Formación de la Mujer Cristiana.


   No sin especial consejo de Dios fué manifestando sus dones de sabiduría y de gracia, a medida que crecía en edad, el Salvador del mundo. Este desenvolvimiento, o mejor dicho, esta gradual manifestación de sus virtudes, debían ofrecer un acabado modelo de formación a la juventud cristiana.

   Los jóvenes deben adiestrarse así en la virtud como en la ciencia, so pena de estancarse en la ignorancia, y de encenagarse en el vicio: la edad madura solamente recoge lo que la juventud sembró y cultivó. Es, pues, de todo punto necesario que las jóvenes se esmeren en su propia formación, si quieren, en día no lejano, llenar los designios que Dios tiene sobre ellas.

   Dejando a un lado la formación literaria y científica, la cual debe ser proporcionada a la condición social y a los bienes de fortuna, hablaremos aquí de la formación moral, que es la que modela el corazón y establece el reinado de las virtudes. Esta educación moral, no solamente es mucho más preciosa que las ciencias y las bellas artes, sino que es absolutamente necesaria e indispensable, y por lo mismo la Providencia de Dios la ha puesto al alcance de todas las condiciones sociales, y de todas las fortunas.

   Pero, ¿en qué consiste esta formación moral de que hablamos? Consiste en el cultivo de las virtudes, principalmente  de aquellas que son el adorno de toda joven, y producen, poco a poco, las tres fundamentales virtudes de que antes hemos hablado. Más como no es posible la adquisición de las virtudes, sin apartar antes los obstáculos que a ellas se oponen; diremos primero algunas palabras acerca de estos, y después hablaremos de las virtudes.

   I. Obstáculos. Lo que impide que una joven adquiera las grandes y bellas cualidades que han de hermosear su corazón y han de formar su gloria, es la vanidad, la curiosidad, la malicia, y la intemperancia en el hablar. Estos cuatro vicios capitales engendrarán todos los demás vicios y ahogarán la buena semilla de las virtudes, si con empeño no se trabaja en arrancarlos del corazón.

   a) Primer obstáculo: la vanidad. Es la vanidad como un gusano destructor que roe la virtud en su misma raíz; induce a complacerse en las buenas cualidades que la persona posee o se imagina que posee; y a manifestarse y querer lucir ante los ojos de los hombres.

   Si la joven abre su corazón a la vanidad, si le da entrada en su alma, bien pronto perderá el gusto a las cosas de Dios. Oscurecida la vista del espíritu, ya no verá resplandecer la verdadera gloria; la felicidad del cielo y de los elegidos carecerá de atractivo para ella; la hermosura del alma y de las virtudes serán miradas con indiferencia, y aun tal vez con desprecio, si no le sirven para satisfacer el deseo de vana gloria de que está lleno su corazón; todas las grandes enseñanzas de la fe desaparecerán, en breve tiempo, de su vista.

   Por el contrario, no conocerá más que las groseras hermosuras de este mundo, las efímeras beldades de la tierra, flores que se deshojan al implacable soplo de la muerte; todas las energías de su espíritu se concentrarán en la engorrosa tarea del bien parecer ante el mundo, y en satisfacer los caprichosos gustos del lujo.

   Consumirá en el aseo y adorno de su persona, el tiempo que imperiosamente reclaman sus deberes, y el dinero que debería emplear en limosnas y en buenas obras, y en muchas ocasiones, el que de justicia se debe a los que la sirven. No es esto todo; la pasión de agradar a los demás, de atraerse las miradas de las personas que la rodean, enciende el envidioso deseo de oscurecer a las bellezas rivales, llena el corazón de amargos celos, y la boca de palabras maldicientes.

   Brevemente: la joven dominada por el vicio de la vanidad, no conocerá la piedad, no tendrá espíritu de economía, no gozará de paz ni de reposo; viciosa e infeliz en el tiempo, será todavía más desgraciada en la eternidad.

   Para huir de todos estos males, y vencer el vicio de la vanidad, que tan tiránicamente domina en el corazón de la mujer, se han de poner los ojos en la humilde Virgen de Nazaret, y copiar de ella las virtudes que no se tienen; se ha de mirar con frecuencia a nuestro divino modelo Jesús, hecho, en el día de su pasión, sangriento juguete de un mundo perverso. Contemplando las llagas que los azotes han abierto en el adorable cuerpo del Salvador, y el andrajo de púrpura que le sirvió de vestido, y la corona de espinas que adornó su sacratísima cabeza, quedará triturada la vanidad, y se verá toda la insensatez de quien se afana por complacer a un mundo que tan villana y cruelmente trató al Rey de la gloria y Dios de la majestad.

   b) Segundo obstáculo: la curiosidad. Entiéndese por curiosidad el desordenado deseo de ver, oír y conocer.

   No todo deseo de conocer es desordenado; la instrucción y adquisición de conocimientos útiles y serios, conforme al estado y vocación de cada uno, caen bajo la acción del deseo honesto y laudable. La curiosidad de que hablamos, nada tiene que ver con este noble afán de enriquecer el espíritu con nuevos conocimientos razonables que contribuyen al perfeccionamiento del alma. La curiosidad no busca ver, oír y saber, sino lo que recrea, lo que hiere la imaginación, lo que impresiona los sentidos. La joven que no reprime a tiempo esta malsana curiosidad, no reparará en satisfacerla por medio de lecturas frívolas y novelescas, con la frecuencia en los teatros y otros espectáculos, con salidas y excursiones intempestivas: llenará su espíritu de vanas ilusiones y desvaríos, perderá el gusto del trabajo y de las ocupaciones serias, y finalmente, descuidará no solamente los ejercicios de piedad, sino también las obligaciones domésticas.

   c) Tercer obstáculo: la molicie. Este vicio consiste en el amor desordenado de la satisfacción de los sentidos. La joven que no aprende a privarse de nada, que busca cuanto le es placentero, y no lo que es conveniente; que quiere satisfacer todos sus gustos y caprichos; que prefiere lo que le es grato, y relega el deber al postrer lugar; caerá en la ociosidad, buscará con juvenil avidez los placeres fuera de la familia, no habrá diversión que no frecuente, ni baile a que no concurra. ¡Ay! estos falsos goces y alegrías pasajeras, llenas de amarguras y decepciones, le vendrán a costar muy caras ciertamente: la paz del corazón será turbada; empañada la tersura de la virginal pureza; tal vez se vea comprometido su honor; desaparecerá la generosidad, la franqueza y la energía de su carácter; sucediendo a estas buenas cualidades, la debilidad, la inconstancia y el egoísmo, que abrirán a todos los vicios su corazón.

   d) Cuarto obstáculo: la locuacidad. Se incurre en este vicio cuando una persona se entrega sin freno al prurito de hablar. La joven que se deja llevar de  esta mala tendencia, no dejará de cometer muchos pecados; pues, como está escrito, en el mucho hablar no faltará pecado. (Prov. X, 19). La indiscreción, la ligereza, las mentiras frecuentes, las querellas y los chismes, el comprometer buenas reputaciones, el sembrar odios y rencores entre los miembros de una misma familia, o entre la más sincera amistad, son los frutos amarguísimos y detestables que de la inmoderación de la lengua se cosechan, los cuales podría evitar el prudente silencio. La persona que no es dueña de su lengua pierde la estima y la confianza de todos, y pone en contingencia el buen éxito de los negocios mejor encaminados.

   No es esto todo; con el hablar sin moderación, mil distracciones turbarán su espíritu, impidiéndole orar con el sosiego y devoción convenientes, y, para su propio daño, experimentará la verdad de esta máxima, que “para hablar bien con Dios, es necesario hablar poco con los hombres”. Perdiendo el espíritu de oración, perderá juntamente el principio de toda fuerza sobrenatural, y por consiguiente, de toda virtud. Debemos, pues, seguir el sabio consejo de la Escritura que dice: Pon puerta y candado a tu boca. Funde tu oro y tu plata y haz de ellos una balanza para pesar tus palabras, y frenos bien ajustados para tu boca (Eccli. XXVIII, 28 y 29); y rogar con David: Poned, Señor, guarda a mi boca y puerta conveniente a mis labios. (Salmo CXL, 3).

   Estos cuatro vicios son los principales impedimentos que se oponen a la formación virtuosa de las jóvenes: es, pues, de todo punto necesario impedir que entren en el corazón; y si ya existen en él, trabajar con empeño para dominarlos y vencerlos; porque ellos vencidos, se desarrollarán con holgura y florecerán las virtudes.


   II. Virtudes. Numerosas son y variadas las virtudes que constituyen la perfección de la virgen cristiana. Son el adorno interior del alma, mil veces más rico y más bello que todo el resplandor del oro y pedrería: son un encanto más que se añade a la admirable belleza de la gracia santificante cuya incomparable magnificencia realzan.

   Si tuviésemos vista de ángeles, para ver la interior belleza de las esposas de Jesucristo, además del vestido nupcial, que es la gracia, veríamos resplandecer el cinturón de oro de la castidad y las cintas de la mortificación, prendas varias hermoseando toda su persona: el ajustado calzado para seguir las huellas de Jesús, el anillo de la fidelidad al deber, los brazaletes de la sumisión, el collar de la paciencia, el camafeo del amor a la cruz, el ramillete del fervor, la diadema de la sabiduría, las rosas del pudoroso recato entrelazadas con los lirios de la pureza, las piedras preciosas de las santas obras, el oro purísimo de la caridad. Todas estas ricas vestiduras y hermosas joyas exhalan un perfume celestial, el perfume de los buenos ejemplos.

   Estas virtudes son como otras tantas flores que brotan de una misma raíz: el amor a Dios. Vérnoslo en aquella que es la Reina de las vírgenes: sus virtudes todas son como rayos luminosos que salen de su corazón abrasado en llamas del más vivo amor. El amor, la caridad de Dios, es la que domina en María santísima y la que forma su especial carácter, como ella misma lo proclama, diciendo: Ego mater pulchrae dilectionis; Yo soy la madre del amor hermoso. (Eccli. XXIV, 24).

   Este santo y hermoso amor, prácticamente considerado, comprende el amor de la pureza, el amor del deber y el amor del prójimo en Jesucristo.

   a) Amor de la pureza. Comprende este amor, la pureza del alma y la del cuerpo: ambas a dos dan al alma que las posee una bondad celestial que roba el corazón de Dios, como lo atestiguan estas palabras: ¡Oh! ¡Cuán hermosa eres, querida mía, cuán hermosa eres!... Eres toda hermosa, y en ti no hay mancha ni fealdad alguna. (Cant. IV, 1 y 7).

   La pureza del alma, llamada también pureza de corazón y pureza de conciencia, consiste en la carencia de todo pecado, y de cuanto pueda displacer a la majestad de Dios, ofendiendo la santidad de sus purísimas miradas.

   La pureza del cuerpo, que consiste en la angelical virtud de la castidad, es la que presta a la virgen cristiana sus más bellos encantos. El alma enamorada de esta virtud, tan preciosa como delicada, no omite medio alguno para preservarla de cuanto pueda empañar su brillo: estos medios son la piedad y la oración, la mortificación y la templanza, la uniforme distribución de las ocupaciones diarias, la vigilancia sobre los afectos del corazón, la guarda de los sentidos, el amor al retiro, el huir del mundo, y finalmente, una tierna devoción a la santísima Virgen María, reina y protectora de las vírgenes.

   b) Amor del deber. Dos cosas solicitan de continuo el corazón de las jóvenes: por una parte el cumplimiento de sus deberes, y por otra el atractivo de las diversiones y de los placeres. La joven esclarecida por la luz de la fe y dócil a la gracia, conoce que el velo del placer sólo encubre vanidades o hediondo fango; mientras que bajo el velo del deber se esconde, como en oculta mina, el oro divino de la voluntad de Dios.

   El claro conocimiento que el alma tiene del valor inmenso que se encierra en el cumplimiento de la divina voluntad, hace que la estime como el tesoro de los tesoros, como el supremo bien del hombre sobre la tierra: de donde nace un amor grande, intenso, a todo lo que mira como un deber suyo; ya se presente bajo la forma de oración, ya del trabajo que ha de ejecutar; ora sea un acto de caridad con el prójimo, ora una tribulación que la aflige, o bien una injuria que ha de perdonar.

   No repara en dificultades; desde el momento que conoce que es su deber, lo abraza y se lanza a su cumplimiento a pesar de las repugnancias de la naturaleza.

   Fácilmente se comprende que este amor al deber no es otro que el amor a Dios, mirado desde el punto de vista práctico, conforme a estas palabras del Salvador: El que me ama guarda mis palabras. (Joan. XIV, 23).

   c) El amor del prójimo. Debiendo la virgen cristiana tener amor y estima a todo lo que Dios aprecia, necesariamente ha de amar a los hijos de Dios; esto es, a los hombres todos, pues a todos ha rescatado el Señor con el precio de su sangre preciosa. De ahí esa amable bienquerencia hacia todo el mundo; esa dulzura y afabilidad en el trato, que gana los corazones; ese bondadoso disimulo de las faltas y debilidades del prójimo, que parece que las ignora más bien que las disimula; esa prudente longanimidad en no pronunciar palabra alguna irritante en circunstancias delicadas; ese amor a los pobres y necesitados; esa bienhechora y caritativa generosidad en remediar los males ajenos; ese celo infatigable y desinteresado por todas las obras de misericordia, tanto espirituales como corporales.

   De lo que llevamos dicho se desprende, que el triple amor de la pureza, del deber y del prójimo, que el Espíritu Santo enciende en el corazón de la virgen cristiana, es fecundo en toda suerte de virtudes. Dispone, a la que lo posee, para llenar la sublime misión a que está llamada; conviértela en heroína, en ángel terrestre, en criatura admirable que pasa sobre la tierra haciendo bienes, sembrando beneficios y derramando por doquier el buen olor de Cristo; hasta que llega el momento dichosísimo de ser transportada al cielo, para ser allí coronada de gloria entre los espíritus bienaventurados, a los cuales fué en vida muy semejante.

   III. Admirable fortaleza de Santa Inés. ¡Cuán admirables son las vírgenes cristianas abrasadas en el fuego del divino amor! A ellas cabe la gloria de formar parte del cortejo lucidísimo de la Reina de los cielos y Madre de Dios, la Virgen María. En pos de Ella serán las vírgenes presentadas al Rey. Entre fiestas y regocijos serán llevadas al templo del Rey de la gloria. (Ps. XLIV, 15 y 16). Entre esa multitud innumerable de vírgenes lucidísimas que acompañan a la Madre de Dios, una a mis ojos brilla con especiales fulgores, y me parece que su memoria ha de servir de ejemplo a las que en esta vida combaten todavía para alcanzar la inmarcesible corona; tal se me figura la joven santa Inés, virgen y mártir.

   A la vista de esta valiente heroína de nuestra fe, que a la edad de trece años, venciendo al tirano y a los tormentos, dió la vida por Cristo, “llénense de admiración los hombres, dice san Ambrosio (De Virg. Lib, 1 c. 2), confíen los pequeñuelos, asómbrense las casadas, emulen su imitación las doncellas”. ¡Qué bello espectáculo debió ofrecer a los hombres y a los ángeles, aquella intrépida niña arrastrada por fuerza al pie de falsas deidades, puesta entre las manos de los verdugos, y alzadas las suyas al cielo implorando el auxilio de Cristo que la esforzaba, y en ella y por ella triunfaba de los perseguidores de su fe!

   Ya Inés había rechazado el primer asalto a su virtud, cuando quiso engañarla con seductoras promesas el hijo de Sempronio, pretor de Roma. Ofrecióle el seductor, en precio de su virginal pureza, riquísimas joyas y valiosos adornos y deslumbrante porvenir; cosas todas capaces de seducir a cualquier joven de virtud menos sólida que la de Inés. Detestó con horror la casta virgen las satánicas ofertas. Lejos de mí, contestó con bríos superiores a su edad, lejos de mi esos engañosos lazos de muerte.

   Pertenezco a un esposo más augusto que el hijo de un pretor de Roma;  soy toda de Jesús, Hijo del Rey de reyes. Él me ha dado joyas más preciosas; ha puesto en mi dedo el anillo de la fe, y la corona de esposa sobre mi cabeza, y a mi cuello gargantilla de las más puras y resplandecientes perlas; ha purificado mi frente y hermoseado con su sangre mis mejillas; hizóme ver tesoros incomparables, de los que yo seré poseedora si le permanezco fiel. Quiero, pues, guardarle la fe que le tengo prometida; a Él sólo amo y no admito otro amador fuera de Él; para El son todos mis afectos; toda me he consagrado a Él. ¡Oh, qué feliz me considero al verme su prometida!  Me desposaré con Aquel a quien sirven los ángeles; con Aquel que, por su resplandor, vence la luz del mismo Sol. Jesús es mi único amado; amándolo soy casta, acercándome a El permanezco pura, dándole afectuosos abrazos crece la virginal limpieza.

   Habiéndola amenazado con llevarla a un lugar infame, respondió la intrépida niña: No temo vuestras amenazas; tengo conmigo un ángel que me defenderá de vuestras infamias; el mismo Jesucristo será para mí un muro de bronce y una fortaleza inexpugnable.

   No salió fallida su confianza; Dios, dice San Ambrosio, cubrió su inocente cuerpo con un vestido milagroso, y los lictores, presa de un involuntario respeto, no osaron tocarla.

   Condenáronla al suplicio del fuego; y la casta niña entró animosa en la hoguera sin temor a los tormentos del fuego. Respetáronla las llamas, las cuales, en vez de quemar a la esposa de Jesucristo, Convirtiéronse en suave viento refrigerante. Viéronla en medio de las llamas tender hacia el cielo los inocentes brazos, mientras decía con acentos de tierna devoción: Yo te bendigo, oh Padre de mi Dios y Señor Jesucristo, porque por el amor y méritos de tu amado Hijo, has impedido que las llamas me dañasen.

   Por fin el tirano, ciego con su impiedad, e insensible a tantos prodigios, sentenció a la inocente y tierna niña a que le fuese cortada la cabeza. Oída la cruel e injusta sentencia, abrió sus castos labios la invencible mártir para pronunciar esta hermosa plegaria: ¡Oh Dios omnipotente y temible, único digno de ser adorado y servido, bendito seas por todos los siglos! Glorificado sea para siempre jamás tu santo nombre, porque por los méritos de tu Hijo único, mi Señor Jesucristo, me has concedido la gracia de triunfar de todas las amenazas de hombres impíos, y de pasar por los más sucios senderos, por todas las inmundicias del demonio, sin que haya quedado mancillada mi alma. Bendígante todas las gentes; que mis labios confiesen tu santo nombre, que mi corazón se inflame en vuestro amor, que mi alma sea desatada de este cuerpo y vuele hacia vos para recibir vuestros dulces abrazos.

   En acabando de pronunciar estas palabras, recibió el golpe mortal que, cortándole la cabeza, cortó a la vez las ataduras terrestres, y su alma dichosa voló al cielo para unirse, por siempre jamás, a su celestial esposo, y recibir, con la corona de la virginidad, la palma del martirio. ¡Qué grandeza de alma en una niña de trece años! ¿Cuál es la poderosa virtud que ha hecho de Inés una heroína en tan tierna edad? ¿No es, por ventura, el amor de Dios que ardía en su magnánimo corazón? Sí; esa fortaleza tan grande en tan corta edad, procedía del amor a nuestro Señor Jesucristo, y a todas las cosas caras al corazón de este divino esposo de nuestras almas.

   Ojalá podamos nosotros, a imitación de la invicta mártir santa Inés, purificar nuestro corazón de todo afecto mundano, para hacer de él un santuario del más puro amor a Jesús. La gracia del Señor no nos faltará jamás, si desde los primeros años nos dedicamos a una tan santa empresa, bajo la protección de la Reina del cielo, Virgen de las vírgenes y Madre del amor hermoso


“LA MUJER CRISTIANA”






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