domingo, 24 de junio de 2018

De las enfermedades, en comparación con los dolores de Cristo nuestro Señor en su pasión – Por el Padre Luis de Lapuente




   Para consolarte y animarte en tas enfermedades y dolores, has de poner los ojos en aquel Señor que, siendo Dios infinito, se hizo hombre mortal y pasible, a quien su profeta llama, varón de dolores, y que sabe por experiencia lo que es enfermedad; porque aunque es verdad que no tuvo las enfermedades que causa el desconcierto de los humores, como son las nuestras; pero tuvo los dolores y congojas que suelen nacer de ellas, con otros tormentos más terribles, como se irá ponderando.

   Primeramente has de considerar, cómo Cristo Nuestro Señor hizo consigo mismo dos cosas que suele hacer con los grandes Santos, cuando quiere probarlos y ejercitarlos mucho en las enfermedades. La una fué privarse de todo el deleite y consuelo sensible que suele alentar y confortar la carne; y la otra, despertar en la parte sensitiva los afectos penosísimos de tristeza, temor, tedio y agonía; y como estaba en su mano que estos fuesen intensos o remisos, quiso que fuesen vehementísimos y que durasen todo el tiempo de su pasión hasta espirar en la cruz para que fuese aquélla más penosa. De este modo padeció el apóstol San Pablo, el cual aunque solía decir que estaba lleno de consuelo en sus tribulaciones; pero una vez dijo que llegó a estar tan triste, que tenía tedio de la vida, y que por de fuera tenia contradicciones, y por de dentro temores; porque cuando la enfermedad del cuerpo llega a entristecer el espíritu, entonces es muy penosa y hace gemir con agonía, diciendo a nuestro Señor como David: sálvame, Dios mío, porque las aguas de las tribulaciones, no sólo han cercado por de fuera mi cuerpo, sino que han entrado hasta lo interior del alma, oprimiéndola con temores, tedios y tristezas muy pesadas. Mas si te vieras en este aprieto, consuélate a ti mismo con que bebes el cáliz puro, sin mezcla de consuelo, como lo bebió el Salvador para tu remedio y ejemplo. Bástate por consuelo ser semejante a tu rey eterno, y estar crucificado con él en su misma cruz; porque si de veras te ofrecieres a esto luego se mostrará blando contigo: pues aunque tomó para sí el cáliz puro, gusta de aguarle a sus compañeros, como lo hizo con el buen ladrón, que le hacía compañía, diciéndole: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Y ¿qué es estar en el paraíso, sino estar lleno de deleites? Y esto será hoy, porque en un mismo día sabe Dios hacer estas mudanzas interiores, dejando en su cruz el cuerpo, y dando al alma su paraíso. Y así es de creer, que desde el punto que el buen ladrón oyó aquella dulce palabra, comenzó a gustar un licor del paraíso celestial; y aunque no fue más que una gota, ésta bastó para estar con dulzura en la cruz lo que le quedó de vida, llevando con alegría el dolor de quebrantarle las piernas, con que expiró. Imagina, pues, cuando estás en la cama enfermo, que estás crucificado al lado de tu Señor; confiesa su justicia en lo que hace y en lo que tú padeces, deseando conformarte con él en todo; y quizá oirás interiormente alguna palabra de consuelo, que sea prenda de que presto estarás con él en su paraíso, porque su cruz es el madero que endulzó las aguas amargas; y como dijo San Gregorio: Si hay memoria de la pasión de Cristo, ninguna cosa hay tan dura que no se lleve con paciencia, y aún también con alegría; bebiendo como leche el agua del mar amargo endulzado con la sangre del Cordero.


   Luego considerarás, cómo Cristo nuestro Señor escogió para sí el mayor número, peso y medida de dolores y aflicciones que jamás se padecieron en el mando; porque como no los padecía forzado, o necesitado como nosotros, sino movido de su infinita caridad, y por los pecados de todos los hombres, que exceden a todo número, peso y medida que se puede pensar, quiso mostrar en esto la grandeza de su amor y cuán copiosa era su redención.

   Ponte, pues, primero a mirar el número de sus trabajos, y hallarás que son innumerables, como lo son nuestros pecados, porque se juntaron para atormentarle los demonios del infierno con su príncipe Lucifer, la canalla del pueblo hebreo y los escribas y sacerdotes con sus príncipes Anas, Caifas, y los ejércitos de los soldados que tenían Herodes y Pilatos; y todos a porfía le afligían, porque no se tenía por bueno quien no le daba alguna herida, pensando ganar perdones en herirle, y que agradaban a Dios en maltratarle. Cuenta si puedes el número de las bofetadas, de las salivas, de los golpes, de los escarnios, de las injurias y blasfemias que sufrió en casa de Caifas: sólo Dios, dice San Jerónimo, sabe lo que padeció aquella noche; y lo mismo se repitió el día siguiente en el pretorio de Pilatos. Pues ¿qué dirás del número de los azotes? Porque no se guardó con el Señor el número de treinta y nueve, que tasaba la ley; algunos dicen que llegaron a cinco mil. ¿Qué del número de las espinas, que fueron setenta y dos, agujereando por muchas partes su sagrada cabeza? ¿Qué del número de los dolores que sufrió en el monte Calvario, donde no quedó hueso ni parte de su cuerpo que no tuviese especial tormento? Y aunque él dijo, que en la cruz le podían contar los huesos, según estaban de descubiertos y desencajados de sus lugares; pero no pudieron contar los dolores de ellos, porque fueron innumerables.

   Ponte luego a considerar el peso de estos dolores, y veras que fue tan grave, que otros hombros que los de Dios no tuvieran fuerzas para llevarle; porque así lo pedía el peso de nuestros infinitos pecados, de que se había cargado para librarnos de ellos. No hizo más en el huerto de Getsemaní, que tomar esta carga con su imaginación para ver lo que pesaba, y fue tan grande la congoja, que le hizo sudar gotas de sangre. Pues, ¿qué dirás del peso de los azotes, que dice él mismo de sí, que fabricaron sobre sus espaldas los pecadores como si echaran una grande torre sobre ellas? ¡Oh, cuán pesada fue aquella corona, más que si fuera de plomo, pues llegó a sacar tanta sangre! ¿Y qué sientes del peso de la cruz, que le hizo arrodillar con la carga, y fué menester que otro le ayudase a llevarla? ¡Oh, cuán pesado estaba el cuerpo en la cruz, pues con su peso desgarraba los pies y las manos, llenándose a sí mismo de terribles tormentos!

   Pasa luego a considerar la medida de estos dolores, que es tan grande, que en su transfiguración la llamó exceso, porque fue medida llena, apretada, colmada y tan excesiva, que por todas partes sobraba y rebosaba; y con ser el cáliz de tanta cabida, y mezclado con tanta mirra y hiel de suma amargura, no quiso dejar de beber ni una gota hasta gustar el vinagre, con que dió fin a las profecías, y acabó su vida padeciendo todo lo que estaba escrito en ellas. Pues ¿cómo será posible, que considerando todas estas cosas, no te alientes ¿ llevar con paciencia tus dolores y enfermedades?

   Pensad, dice el Apóstol, en aquel Señor que padeció tal contradicción de los pecadores, y para que no os fatiguéis, ni  desfallezcáis en vuestros trabajos; pensad tal número de contradicciones, tal peso y tal medida, y veréis que es casi nada la parte que de ella os ha cabido, y alentaos a sufrir como el Señor sofrió la suya.

   Si quieres consolarte en tu enfermedad, imagina que tu cama es la cruz, los jarabes y purga, la hiel y vinagre; las sangrías y cauterios, son las heridas de los pies y manos; el dolor de la cabeza, es la corona de espinas; las congojas del corazón, son las agonías y sudor da sangre; y si de esta manera acompañas a Cristo en sus penas, él te acompañará y alentará con sus dones, para que lleves con alegría las tuyas.

   Finalmente has de considerar la inmensa caridad de este Señor, que con llevar sus trabajos tan a solas, que dice de sí: Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; busqué quien me consolase, y no le hallé, porque la presencia de su madre, y de sus amigos, antes bien acrecentaba sus dolores; sin embargo de esto, como dice San Lorenzo Justiniano, quiso también cargarse de todo el número, peso y medida de los trabajos, dolores, enfermedades y aflicciones de sus escogidos, sintiéndolos en el huerto de Getsemaní como si fueran propios, y aplicando sus tormentos para merecer alivio y fuerzas con que ellos llevasen los suyos, y uniéndolos consigo para que fuesen más aceptos. ¡Oh, alteza inmensa de la caridad de Cristo! ¡Oh, inmensidad infinita de su divina misericordia! Bien te bastaban, Señor, tus innumerables e inmensos trabajos, sin cargarte de los ajenos; más para tu caridad toda es poco, y en tu misericordia todo cabe. Pues ¿qué te daré yo por este amor tan sin medida, sino tomar tus trabajos por míos, y sentirlos mucho más que los propios? ¿Con qué te pagaré esta misericordia tan inmensa, sino con llevar de buena gana por tu amor mis trabajos, juntándolos con los tuyos, para que te sean más aceptos? Ofrécete mi sed por la que tú padeciste, y unida con ella, para que te agrade. Ofrézcote mi hastío, y mi amargura por la que sentiste tomando el vino mezclado con hiel. Ofrézcote el cansancio que siento en esta cama, por el quebrantamiento que tuviste en la tuya de la cruz. Mis dolores se junten con los tuyos y sean ofrenda en agradecimiento de ellos, imitándote en la pena, para que llegue a gozar de ti en la gloria.

   De aquí también aprenderás a no despreciarte en la enfermedad, como dijo el Eclesiástico, ni estimarte en poco por ella; pues Cristo nuestro Señor estimó en tanto a los enfermos y se compadeció tanto de ellos, que sintió sus enfermedades, como si fueran propias; y él se pone en lugar de los enfermos, como consta de lo que dirá en el día del juicio: Estaba enfermo y me visitaste y con este espíritu puedes decirle: Pues tomáis, Salvador mío, mi enfermedad por vuestra, y queréis que vuestros fieles me visiten en ella, venid Vos ¿visitarme, y estar conmigo en esta cama, porque sin vuestra visita, de poco me servirá la de los hombres; ni ésta me hará falta, teniéndoos a Vos en mi compañía.



“LA PERFECCIÓN EN LAS ENFERMEDADES”



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