miércoles, 14 de febrero de 2018

Del ayuno y tentación –– Por Fray Luis de Granada.





   Después del sacro misterio del Bautismo y del magnífico testimonio del Cielo, es llevado Jesús por el Espíritu Santo al desierto, para que allí sea tentado del enemigo.

   ¿Qué consecuencia tienen entre sí estos misterios? ¿Cómo dicen en uno los trabajos y soledad del desierto con los pregones del Cielo? ¿Y las tentaciones del enemigo con los favores del Espíritu Santo?

   Primeramente por aquí entenderemos que el regalar Dios a sus siervos no es para asegurarlos, sino para esforzarlos y disponerlos a mayores trabajos. Así cura y da de comer el caminante a su caballo, para esforzarlo en el camino, y así arma y favorece el Capitán a su soldado, para ponerle en el mayor peligro. Y por esto, el que así se viere visitado de Dios no por eso se tenga por más seguro, sino antes por citado y emplazado para el mayor peligro.

   Donde también es de considerar cómo antes que el Salvador diese principio a la predicación del Evangelio, se aparejó con ayuno de cuarenta días, y con la soledad y ejercicios del desierto; para que tú por aquí entiendas cuán grande sea el negoció de la salud de las almas; pues aquel Señor, que era sumamente perfecto, sin tener de eso alguna necesidad, se dispuso para él con tan grandes aparejos. Y por aquí también entenderán los oficiales de este oficio en qué género de ejercicios se han de ejercitar antes que comiencen este negocio.

   Porque ninguno debe salir a lo público de la predicación si primero no se hubiere ejercitado en secreto de la contemplación; pues, como dice San Gregorio Lib. 23 Mor. C. 21, “ninguno sale seguro fuera si primero no está ejercitado de dentro”.


   Para lo cual es de saber que tres maneras de vidas virtuosas señalan los Santos: una, puramente activa, que principalmente entiende en obras de misericordia, y otra, puramente contemplativa, más perfecta que ésta, que se ocupa en ejercicios de oración y contemplación, si no es cuando la obediencia o la necesidad de la caridad pide otra cosa. Otra hay más perfecta que ésta, compuesta de ambas, que tiene lo uno y lo otro, cual fue la vida de los Apóstoles y cual debía de ser la de todos los predicadores perfectos. Pues la orden que se ha de tener en esta vida, según San Buenaventura, es que, regularmente hablando, ninguno debe pasar a la segunda sino después de ejercitado en la primera, ni menos a la tercera si no se ha ejercitado en la segunda.

    Porque, como dice San Gregorio Lib. 4 in 1 Reg. C. 9., “los verdaderos predicadores han de recoger en la oración lo que derraman en la predicación”. De suerte que la principal maestra de los verdaderos predicadores, después de las ciencias para esto necesarias, ha de ser la soledad, donde Dios habla al corazón palabras que salgan de corazón, y revela los secretos de su sabiduría a los verdaderos humildes.

   Amemos, pues, la soledad, la cual el Señor santificó con su ejemplo, porque el que no conversa con los hombres, forzado es que converse con Dios.

¡Oh miseria del siglo presente! ¿Dónde están ahora aquellos dichosos tiempos? ¿Dónde los desiertos de Egipto, de Tebas, de Escitia y de Palestina, llenos de monasterios y de solitarios? ¿Dónde está aquel desierto de que dijeron los Profetas: “Hará el Señor que el desierto esté lleno de deleites, y que la soledad sea como un vergel dé Dios”? (Isai. LI 3.),  ¿Dónde están aquellas flores siempre verdes, aunque plantadas en tierra desierta y sin aguas? (Ezeq. XVII)

   Ya los hombres desampararon los desiertos y se entregaron a la vida carnal llena de cuidados. Por donde, si por estar ya cubierto de yerba este camino, no tienes aparejo para ir al desierto, a lo menos haz dentro de ti un espiritual desierto, recogiendo tus sentidos y entrando dentro de ti mismo, porque por aquí entrarás a Dios.

   En el desierto vio Moisés la gloria de Dios, y en este espiritual desierto se da Dios a conocer y a gustar a sus amigos.

   Mas entrando en este desierto, conviene que con el mismo Moisés subas al monte; esto es, que, dejadas las bajezas de la tierra, levantes el corazón a las cosas del Cielo.

   Para lo cual serán necesarias dos alas: una de oración y otra de ayuno, el cual es necesario para esa misma oración, porque el vientre cargado de mantenimiento no está hábil para subir a lo alto. Porque si permaneciendo en este desierto careces de estas alas, ya puedes entender la parte que te cabrá de aquella sentencia del filósofo, que dice: “El hombre que vive en soledad, o es divino, o bestial.”

   Ayunó aquella carne santísima, que no sabía qué cosa era rebelar contra el espíritu, porque ayune la tuya perversísima, que a manera de aquel horno de Babilonia siempre levanta llamas para inflamarlo.

   Y mira que entre las obras exteriores comenzó el Señor por el ayuno, porque la primera batalla del cristiano es contra el vicio de la “gula”, la cual el que no venciere en vano trabaja contra las otras.

   Más no solamente ayunó, sino también, oró, y peleó con nuestro adversario, y todo esto para nuestro provecho: la soledad para nuestro ejemplo, la oración para nuestro remedio, el ayuno para la satisfacción de nuestras deudas y la pelea con el enemigo para dejar vencido y debilitado nuestro adversario.

   Acompaña, pues, tú hermano mío, al Señor en todos estos ejercicios y trabajos tomados por tu causa, pues aquí se están haciendo tus negocios y pagándose tus delitos. Imita en todo lo que pudieres a este Señor; ora con Él, ayuna con Él, pelea con Él, mora a tiempos en la soledad con El, junta tus trabajos y ejercicios con los suyos, para que por este medio sean ellos agradables a Dios.



“VIDA DE JESUCRISTO”

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