lunes, 12 de febrero de 2018

De las enfermedades por comparación a los premios del cielo que esperamos – Por el Padre Luis de Lapuente.





   Lo primero has de considerar, que la sabiduría de nuestro gran Dios y Señor, como dispone todas las cosas de esta vida mortal en número; peso y medida, del modo que se ha visto, así también ordena las que pertenecen a la vida eterna; pero de tal manera, que el número, peso y medida de los trabajos de esta vida, es breve, finito y moderado: más el de los premios tiene un modo de inmensidad e infinidad eterna con tanto exceso, que quien los conoce abraza con sumo gusto cualesquiera trabajos, por grandes y largos qne sean, pareciéndoles muy pequeños y breves como expresamente lo enseñó el Apóstol cuando dijo: Las aflicciones de este tiempo no son dignas de la gloria que se descubrirá en nosotros, y nuestra tribulación momentánea y ligera en esta vida produce sobre toda medida un peso eterno de gloria en el cielo; de donde claramente puedes sacar, que si tus trabajos te parecen largos y grandes, es porque no tienes la estima y amor que debes de los premios eternos; porque si estimaras el premio en mucho, tuvieras los trabajos en poco; y si amaras mucho a Dios, sintieras poco el trabajo con que se busca; y si el amor de Raquel hizo que el trabajo muy largo y penoso le pareciese a Jacob corto y suave, también el amor de la vista clara de Dios y de su amorosa contemplación te endulzaría la enfermedad de tal manera que aunque fuese larga, te pareciese breve; y aunque fuese penosa, la tuvieses por suave. ¿Quién de los apóstoles padeció más trabajos que San Pablo? ¿Quién más tribulaciones y persecuciones? ¿Quién más necesidades y enfermedades, hasta darle de bofetadas el ángel de Satanás con el aguijón de su carne, ora este aguijón fuese algún dolor agudo de ijada, o alguna tentación fuerte de la carne, o alguna persecución terrible de la gente de su linaje? Pero esto, y todo lo que padeció por largos años, le pareció tan breve, y tan ligero, que lo llama momentáneo cosa que dura un momento, y se pasa en un instante, y apenas es sentido, cuando ya se ha ido; porque la grandeza del amor de Cristo, y la grande estima del premio eterno, se lo hacía llevadero todo.


   Y para que sientas esto más vivamente, considera luego el Efímero, peso y medida de los bienes que esperas en el cielo, en donde dice Cristo nuestro Señor, que nos dará una medida buena, llena, colmada y que rebose, Pero qué, ¿tan grande es esta medida? Porque si es pequeña, aunque esté muy llena, y apretada, cabrá poco en ella. Mas el Apóstol dice, que la gloria es Supra modum, sobre toda medida, para que se entienda la increíble grandeza que tiene; porque lo que sobra excede a toda medida de nuestra naturaleza. Has, pues, de imaginar, que esta medida está llena de un número innumerable de todos los bienes, que puedes pensar y desear, con tan gran peso y valor, que no hay cosa en el mundo que se le pueda igualar. En esta medida entran las virtudes, las ciencias, las riquezas, los deleites, las honras, las dignidades y grandezas, y todo género de bienes corporales y espirituales, que el bienaventurado puede desear para estar harto y contento, sin que le falte ninguno; pero todo esto es poco, y no bastara para llenar la medida, si el mismo Dios no entrara en ella con toda su sabiduría, omnipotencia, bondad., caridad, hermosura, riquezas y perfecciones infinitas, para llenar y hartar los sueños y deseos del alma sin dejar en ella cosa vacía. Este Dios es el número, el peso y la medida de la gloria; es el número, porque siendo uno en sí, abraza todo el número de bienes que están desparramados por las criaturas, y en él solo se gozan todos mucho mejor que en sí mismos; es el peso, porque él solo tiene valor infinito, y cuanto hay en el mundo comparado con él es de ningún peso; es la medida, porque él se acomoda a los merecimientos de todos, y siendo uno, da más parte de sí a unos que a otros; aunque a todos deja hartos y contentos. En sola una cosa no hay número, ni medida, que es en la duración de esta gloria, porque será eterna y sin mudanza alguna; ni tienen cuenta, ni tasa los años que ha de durar, porque durará cuanto dure el mismo Dios, cuyo ser y reino no pueden tener fin; y si preguntas cuánto vale un día de éstos, te responde David: Un día en tu casa vale más que millares fuera de ella; pero no sin causa, dice San Agustín, le llama un día; porque en la gloria no hay muchedumbre de días que se distingan con la sucesión de las noches: toda ella es un día perfectísimo, al cual nunca sucede noche y en este único día se encierran millones de millones de días; como en un solo y único bien, que es Dios, se encierran todos los bienes. Este es el día de que gozan los bienaventurados, que siempre están cantando y diciendo con alegría: este es el día que hizo el Señor, alegrémonos, y regocijémonos en él. ¡Oh, día eterno, día alegre, día bienaventurado! ¡Oh, si llegase ya para mí este día, aunque me costase tormentos sin cuento! ¡Oh, alma mía! ¿De qué estás triste, y por qué estás turbada y me turbas con tu tristeza? Si te parecen largos los días de tu trabajo, mira este día, ama este día, suspira por este día, y con esto sólo te parecerán cortos; presto se pasarán estos días en que penas, y vendrá este que vale por todos los días, y te llenará de una alegría que te haga olvidar esta tristeza; un soplo y momento dura el dolor presente, y eterno sin fin será el descanso futuro; no te guíes por tu juicio apasionado, sino por el de tu Dios sapientísimo y amorosísimo, el cual dice: Por un punto y en cosa poca te desamparé, y con grandes misericordias te recogeré. Por un momento escondí mi rostro de ti, y con misericordia eterna me compadeceré de ti. Sea, pues, Señor, así como decís. Yo acepto la enfermedad y la aflicción de este punto y de este momento, aunque a mí me parece largo, con tal que tengáis misericordia de mí, y para siempre me mostréis vuestro divino rostro.

   Finalmente, has de considerar cómo todas las enfermedades y molestias que padeces, si las llevas bien, tendrán su fin, por lo menos con la vida, y sin temor de que jamás vuelvas a padecerlas, porque en la gloria no hay cosa de cuantas dan pena en la tierra; y por esto dijo la voz del cielo, hablando de los bienaventurados: Dios enjugará todas las lágrimas de sus ojos, y nunca más habrá muerte, ni llanto, ni grito, ni dolor, porque todo esto ya pasó. Suelen llorar los hombres, o por sus pecados, o por las tentaciones o persecuciones que padecen, o por las enfermedades y dolores que les afligen, o por la falta de bienes que tienen, o por la ausencia de Dios, a quien desean; pero en el cielo cesarán todas las  lágrimas, porque cesarán sus causas: no habrá más pecados,  ni persecuciones; no enfermedades, ni dolores; no tristezas, ni congojas; no falta de bienes, ni ausencia de Dios, ni cosa que de pena; porque todo esto se queda fuera del cielo, y no puede entrar allá cosa que manche o turbe. Consuélate, ¡oh, alma mía!, de que te ha puesto Dios en este valle de lágrimas con tantas ocasiones de dolores que te provocan a ellas,  pues por este valle de aflicciones has de subir a gozar de Dios en el paraíso de los deleites celestiales.


“LA PERFECCIÓN EN LAS ENFERMEDADES”


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