miércoles, 31 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo II - III



III

   1. Hay que afligirse de los defectos con una aflicción tranquila y valerosa. —

   “No nos incomodéis ni asustéis al ver vivir aún en vuestra alma todas las imperfecciones que me habéis contado; no, yo os lo suplico; porque aunque hay que rechazarlas y detestarlas para enmendarse de ellas, no hay que afligirse por eso con una aflicción enfadosa, sino con una aflicción valerosa y tranquila que engendre un propósito bien firme y sólido de corrección.”

“Hay que huir del mal, pero es necesario que se haga apaciblemente, sin turbarnos; pues de otro modo, al huir, podríamos caer y dar tiempo al enemigo para matarnos... Hasta la penitencia hay que hacerla apaciblemente. He aquí, decía el gran penitente, que mi muy amarga amargura está en paz. (Is., XXXIII, 17.)

“Nada debe desagradarnos ni enfadarnos tanto como el pecado, pero aun
en esto es necesario mezclar algo de júbilo y santo consuelo.”

   “Quien sólo es de Dios, no se contrista nunca sino de haber ofendido a Dios; y su tristeza, por eso, se pasa en una profunda, pero tranquila y apacible humildad y sumisión, después de la cual se levanta uno firme en la bondad divina, con dulce y perfecta confianza, sin disgusto ni despecho.”

“En suma: no os enfadéis, o a lo menos no os turbéis por haber sido turbados, no vaciléis por haber vacilado, no os inquietéis por haber sido inquietados por esas pasiones enfadosas; sino recobrad vuestro corazón y ponedle suavemente en las manos de Nuestro Señor... Haciendo retornar tanto como podáis vuestro corazón a la tranquilidad respecto de vosotros mismos, aunque os veáis tan miserables.”

   Cuantas veces halléis vuestro corazón privado de la dulzura, no hagáis sencillamente más que tomarle con las yemas de los dedos y no apretándolo, es decir, no lo tratéis bruscamente... Hay que tener paciencia consigo mismo y lisonjear a su corazón alentándole, y cuando esté bien picado, refrenarle como al caballo con la brida y meterle firmemente en sí mismo, sin dejarle correr tras sus sentimientos.”

   “Tened un gran cuidado en no turbaros cuando hayáis cometido cualquier falta, pero humillaos prontamente ante Dios, con una humildad dulce y amorosa que os lleve a la confianza de recurrir inmediatamente a su bondad, asegurándoos que os ayudará a enmendaros. Cuando cometáis algunas faltas, cualesquiera que sean, pedid de ellas perdón suavemente a Nuestro Señor, diciéndole que estáis bien seguro de que os ama bien y que os perdonará. Y esto sencilla y dulcemente.”


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.





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