martes, 23 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo II - II




II


   1. De la paciencia, recomendada a las almas que caen en imperfecciones. Y he ahí por qué el buen Santo multiplica sus consejos, a fin de comunicar a los demás la “muy deseable paz, que es la muy querida, la muy fiel y perpetua huésped de su corazón”. He ahí por qué recomienda con vivas instancias la calma, la paciencia, en primer lugar, consigo mismo.

   “No nos turbemos por nuestras imperfecciones. Guardaos de los apresuramientos e inquietudes, pues nada hay que más nos impida caminar en la perfección”

   ¿Qué es lo que hace que los pájaros y otros animales permanezcan cogidos en las redes, sino que al haber entrado en ellas luchan y se mueven sin concierto para salir más pronto, y por obrar así se enredan y envuelven en ellas más? Cuando caigamos en las redes de alguna imperfección, no saldremos de ellas por la inquietud; al contrario, ésta hará que nos enredemos más y más.

   Hay que sufrir con paciencia la tardanza de nuestra perfección, haciendo siempre lo que podamos para nuestro adelantamiento, y con buen ánimo.

   Esperémosle con paciencia, y en vez de inquietarnos por haber hecho tan poco en lo pasado, procuremos con diligencia hacer más en lo por venir.

   No nos inquietemos al vernos siempre novicios en el ejercicio de las virtudes, pues en el monasterio de la Vida Devota cada uno se considera siempre como novicio, y toda la vida la dedica en él a la probación, y teme, no solamente la marca de novicio, sino la de digno de expulsión y reprobación, más bien que la de profeso. Pues según la regla de esta Orden, no la solemnidad, sino el cumplimiento de los votos, convierten los novicios en profesos. Pero los votos no están nunca cumplidos mientras queda algo que hacer para la observancia de aquéllos, y la obligación de servir a Dios y hacer progresos en su amor dura siempre, hasta la muerte.

   Pero ved, me dirá alguno, si yo conozco que por mi culpa se retardan mis progresos en la virtud, ¿cómo podré impedir el entristecerme e inquietarme?

   Ya he dicho esto en la Introducción a la Vida devota, pero lo repito con gusto, porque nunca puede decirse bastante: Hay que entristecerse por las faltas cometidas, con un arrepentimiento fuerte, pleno, constante y tranquilo; pero no turbulento, no inquieto, no desalentador.

   2. De la calma que deben tener los que caen en el pecado. —Se ve por las citas que preceden, y se verá mejor aún por las que siguen: la calma, la paciencia consigo mismo, no la recomienda sólo el santo Doctor a las almas justas e inocentes, sino aun, y sobre todo, a las que han tenido la desgracia de cometer faltas.

   “Si os ocurre algunas veces impacientaros, no os turbéis, sino reponeos pronto y recobrad la dulzura”

   “Haréis demasiadas reflexiones sobre las salidas de vuestro amor propio, que son, sin duda, frecuentes, pero que nunca serán peligrosas mientras que tranquilamente, sin incomodaros por su importancia ni asombraros por su número, vos digáis: ¡No! Caminad sencillamente, no deseéis tanto el reposo del espíritu, y tendréis lo demás”

   “Tened paciencia con todos, pero principalmente con vosotros mismos; quiero decir, que no os turbéis por vuestras imperfecciones, y que tengáis siempre valor para levantaros de ellas. Me complace que recomencéis todos los días; no hay mejor medio para acabar bien la vida espiritual que recomenzar siempre y no pensar jamás que se ha hecho bastante”

   “Se puede mortificar la carne, pero no tan perfectamente que no haya en ella alguna rebelión. Nuestra atención se verá con frecuencia interrumpida por distracciones, y así en lo demás. ¿Hay que inquietarse, turbarse, ni afligirse por esto? No, ciertamente.”



EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.





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