martes, 10 de enero de 2017

Estudio teológico sobre las “Revelaciones Privadas” (Parte III y final) Es sumamente importante su lectura para no llamarse a engaños.




Conclusión: cómo nos hemos de haber con respecto a las revelaciones privadas.

   a) Lo mejor que podemos hacer es imitar la prudente reserva de la Iglesia y de los Santos. La Iglesia no admite revelación alguna, si no ha sido muy comprobada y debidamente, y, aun así, nunca obliga a los fieles a la fe en ellas. Además, cuando se trata de la institución de alguna festividad o de alguna fundación externa, espera muchos años antes de pronunciar fallo definitivo, y no se decide a ello, sino después de haber examinado maduramente la cosa en sí y en sus relaciones con el Dogma y la Liturgia.

   Así la Beata Juliana de Lieja, escogida por Dios para hacer que se instituyera la fiesta del Santísimo Sacramento, no sometió su proyecto a los teólogos sino veintidós años después de sus primeras visiones; y no, sino luego que pasaron diez y seis, instituyó la fiesta en su diócesis el obispo de Lieja, y, hasta los seis años de la muerte de la Beata, no instituyó el papa Urbano IV la festividad para toda la Iglesia (1264). Asimismo la fiesta del Sagrado Corazón no fué aprobada sino mucho tiempo después de las revelaciones hechas a Santa Margarita María, y por razones independientes de las revelaciones.

   Lección es ésta de la que podemos sacar mucho provecho.

   b) No habremos, pues, de pronunciarnos con certeza acerca de la existencia de una revelación privada, sino cuando tengamos pruebas convincentes de ella: las tan acertadamente indicadas por Benedicto XIV en su libro de la Canonización de los Santos. De ordinario no habremos de contentarnos con sola una prueba, sino que exigiremos muchas; y luego habremos de ver si son cumulativas o convergentes, y si mutuamente se confirman. Cuantas más sean, tanto mayor será la seguridad.

   c) Cuando un director recibiere noticia acerca de revelaciones, se guardará mucho de manifestar admiración de ello; porque esto animaría a los videntes a tener por verdaderas las dichas visiones, y quizá a tener soberbia por ellas. Se ha de dar a entender, por el contrario, que son cosas mucho menos importantes que el ejercicio de las virtudes; que es muy fácil padecer ilusión; que no se han de fiar de ellas, y, en los comienzos, las deben rechazar más bien que hacer caso de ellas.

   Ésa es la regla que dan los Santos. Véase lo que escribe Santa Teresa en “Castillo, moradas sextas, cap. III, n. 3”: “A enfermas y a sanas, siempre de estas cosas hay que temer, hasta ir entendiendo el espíritu. Y digo que siempre es mejor a los principios deshacérsele: porque si es de Dios, es más ayuda para ir adelante, y antes crece cuando es probado. Esto es así, mas no sea apretando mucho el alma e inquietándola, porque verdaderamente ella no puede más”. San Juan de la Cruz es aún más duro; después de indicar los seis inconvenientes que hay para admitir las visiones, añade: “El demonio gusta mucho cuando un alma quisiere admitir revelaciones, y la ve inclinada a ellas, porque tiene él entonces mucha ocasión y mano para ingerir errores y derogar en lo que pudiere a la Fe; porque grande rudeza se pone en el alma que las quiere, acerca de ella, y aun a veces hartas tentaciones e impertinencias” (Subida del Monte Carmelo, 1. II, cap. X; merece leerse todo el capítulo.)

   d) Sin embargo debe tratar el director con dulzura a las personas a quienes pareciere tener revelaciones; así les ganará la confianza, y podrá averiguar mejor los pormenores con los cuales, después de madura reflexión, podrá emitir juicio.
Si padecieren ilusión, tendrá mayor autoridad para hacérselo ver y traerlos a la verdad. Tal es el consejo que da S. Juan de la Cruz, tan severo por lo demás para con las visiones: “No porque habernos puesto tanto rigor en que las tales cosas se desechen, y que no pongan los confesores a las almas en el lenguaje de ellas, convendrá que les muestren desabrimiento los padres espirituales acerca de ellas, ni de tal manera las hagan desvíos y desprecio de ellas, que les den ocasión a que se encojan y no se atrevan a manifestarlas, y que sean ocasión de dar en muchos inconvenientes, si le cerrasen la puerta para decirlas”. (Subida del Monte Carmelo, 1. II, cap. XX.)

   e) Cuando se tratare de alguna institución o fundación externa, se guardará mucho el director de dar ánimos sin haber antes examinado cuidadosamente las razones en pro y en contra a la luz de la prudencia sobrenatural.

   Así lo hicieron los Santos: Santa Teresa, que tuvo tantas revelaciones, nunca quiso que sus directores se movieran a decidir solamente por las visiones que ella recibía. Por eso, cuando Nuestro Señor le reveló que fundara el monasterio reformado de Ávila, sometió humildemente sus intentos a su director, y, como éste dudara, tomó parecer a S. Pedro de Alcántara, a S. Francisco de Borja y a S. Luis Beltrán.

   Por lo que toca a los mismos videntes, no han de seguir éstos sino una sola regla, y es declarar sus revelaciones a un sabio director, y seguir en todo lo que les dijere; éste es el medio más seguro de no engañarse.

“COMPENDIO DE TEOLOGÍA ASCÉTICA Y MÍSTICA”


ADOLPHE TANQUEREY

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