lunes, 9 de enero de 2017

Estudio teológico sobre las “Revelaciones Privadas” (Parte II) Es sumamente importante su lectura para no llamarse a engaños.




II°. REGLAS PARA EL DISCERNIMIENTO DE LAS REVELACIONES.

   Para discernir bien las verdaderas revelaciones, y saber descubrir lo humano que en ellas pudiera tener parte, conviene mucho señalar reglas lo más determinadas que sean posibles. Estas reglas se refieren a la persona que recibe las revelaciones, al objeto acerca del cual versan, a los efectos que causan, y a las señales que las acompañan.

A) Reglas concernientes a la persona que recibe las revelaciones.

   Verdad es que Dios puede hacer revelaciones a quien le plazca, aún a los mismos pecadores; pero de ordinario no las concede sino a las almas, no solamente fervorosas, sino elevadas ya al estado místico. Por lo demás, aun para interpretar las revelaciones verdaderas es necesario conocer las buenas dotes y defectos de quienes creen haber sido regalados con revelaciones. Es menester, pues, examinar sus dotes naturales y sobrenaturales.

   a) Dotes naturales: 1) en cuanto al temperamento, ¿son gente bien equilibrada; o tocada de psico-neurosis o de histerismo? Claro está que, en el último caso, hay razón para poner en cuarentena las pretendidas revelaciones, porque tales temperamentos padecen frecuentes alucinaciones. 2) Por lo que toca al estado mental, ¿es persona discreta, de rectitud de juicio; o de imaginación exaltada, y de excesiva sensibilidad? ¿Es persona instruida, o ignorante? ¿Dónde aprendió lo que sabe? ¿No habrá quedado enflaquecido su espíritu por alguna enfermedad o por largos ayunos? 3) En cuanto a la moral, ¿es persona de verdad sincera; o acostumbra a exagerar la verdad, y a veces a inventar lo que no pasó? ¿Es de temple sosegado, o apasionado?

   La respuesta a estas preguntas no probará ciertamente la existencia o no existencia de una revelación, pero servirá mucho para juzgar del valor del testimonio que dan los videntes.

   b) Con respecto a las cualidades sobrenaturales habrá de mirarse si la persona: 1) es de sólida virtud, largamente probada, o sólo de fervor más o menos sensible; 2) si tiene sincera humildad y profunda, o, por el contrario, le gusta figurar y contar a todos los favores espirituales que dice recibir; la verdadera humildad es la piedra de toque de la santidad; y, cuando falta, es ésta muy mala señal; 3) si manifiesta a su director las revelaciones, en vez de andarlas contando a los demás y si dócilmente sigue los consejos del director; 4) si ha pasado ya por las pruebas pasivas y los primeros grados de la contemplación; especialmente si tuvo éxtasis alguna vez en su vida, o sea, si practica en grado heroico las virtudes: de ordinario guarda Dios las visiones para las almas perfectas.

   Téngase muy presente que el darse estas dotes no prueba la existencia de una revelación, sino que sólo hace más creíble el testimonio del vidente; y que la falta de ellas, sin probar la no existencia, la hace poco probable.

   Además, tales averiguaciones servirán para más pronto descubrir las mentiras y las ilusiones de los pretendidos videntes. Hay ciertamente quienes por soberbia, o para darse importancia, fingen voluntariamente éxtasis y visiones. “Tal aconteció con Magdalena de la Cruz, franciscana de Córdoba, en el siglo XVI, la cual, habiendo hecho pacto con el demonio ya en su niñez, entró en el convento a la edad de diez y siete años, y fué por tres veces abadesa de su monasterio. Con la ayuda del demonio, fingió todos los fenómenos místicos, éxtasis, elevación en el aire, llagas, revelaciones y profecías cumplidas muchas de ellas. Creyéndose estar para morir, hizo confesión de todo, que después retractó; fueronle leídos los exorcismos y encerrada ella en otro convento de su orden. Cfr. Poulain, Gráces d 'oraison, cap. XXI, n. 36.” Otros, muchos más en número, padecen ilusión, por ser de imaginación muy viva, y toman sus propios pensamientos por visiones o locuciones interiores. “Santa Teresa lo dice muchas veces: “Acaece a algunas personas, y sé que es verdad, que lo han tratado conmigo, y no tres o cuatro, sino muchas, ser de tan flaca imaginación, o el entendimiento tan eficaz, o no sé qué es, que se embeben de manera en la imaginación, que todo lo que piensan, claramente les parece que lo ven”. (Castillo, moradas sextas, cap. IX, n, 9).”

B) Reglas concernientes a la materia de las revelaciones.

   En esto es donde debemos poner mayor atención; porque toda revelación, que fuere contraria a la fe o a las buenas costumbres, debe rechazarse sin compasión, según la doctrina unánime de los Doctores, fundada en aquellas palabras de S. Pablo: “Aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo os predique un Evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema” (Gálatas I, 8). Dios no puede contradecirse, ni revelar cosas contrarias a lo que nos enseña por medio de su Iglesia. De aquí dimanan unas cuantas reglas que vamos a exponer.

   a) Se ha de tener por falsa toda revelación privada que se hallare en contradicción con cualquiera verdad de fe: tales son, por ejemplo, las pretendidas revelaciones espiritistas, que niegan muchos de nuestros dogmas, en particular la eternidad de las penas del infierno. — Igualmente, si fueren opuestas al sentir unánime de los Santos Padres y Teólogos, que constituyen una de las formas del magisterio ordinario de la Iglesia.

   Cuando se tratare de una opinión controvertida entre teólogos, se ha de tener por sospechosa cualquier revelación que intentara dar la solución de ella, por ejemplo, que terminara la controversia entre tomistas y molimistas; porque no suele Dios intervenir en cuestiones de esa clase en favor de Unos o de otros.

   b) También debe rechazarse cualquier visión que fuere contraria a las leyes de la moral o de la decencia: por ejemplo, las apariciones de formas humanas desnudas, el lenguaje trivial o inmodesto, descripciones minuciosas, y con muchos pormenores, de vicios vergonzosos que no pueden menos de ofender al pudor. “A mediados del siglo XIX, una vidente, llamada Cancianila, sorprendió la buena fe de un piadoso obispo, el cual publicó una revelación falsa que contenía una descripción horrible de las costumbres de los sacerdotes de su diócesis; obligáronle a presentar inmediatamente la dimisión. (Poulain, op. cit. y cap. XXII). Quizá por esa misma razón se haya prohibido la publicación del Secreto de Melania. Dios no hace revelaciones sino para el bien de las almas, y por eso no puede ser jamás autor de las que por su naturaleza inclinan al vicio.

   Por razón de este mismo principio son sospechosas las apariciones que se muestran sin dignidad, o sin recato, y, con mayor razón, todas las evidentemente ridículas; ésta última es la marca de las imitaciones humanas o diabólicas: así fueron las del cementerio de Saint-Médard.

   c) Tampoco pueden admitirse como de Dios los mandatos imposibles de realizar, teniendo en cuenta las leyes providenciales y los milagros que Dios ha solido hacer: Dios no manda cosas imposibles. “Cuéntase en la vida de Santa Catalina de Bolonia, que se le aparecía a veces el demonio en figura de Cristo crucificado, y le mandaba, bajo pretexto de perfección, cosas imposibles, para desesperarla” (Vita altera, cap. II, 10-13 en los Bolandistas, 9 de marzo)

C) Reglas tocantes a los efectos causados por las revelaciones.


   Por los frutos se conoce el árbol; las revelaciones pueden, pues, conocerse por los efectos que causan en el alma.

   a) Según S. Ignacio y Santa Teresa, la visión divina produce al principio un sentimiento de asombro y de temor, que muy pronto se cambia en un sentimiento profundo y durable de paz, de gozo y de seguridad. Lo contrario acontece con las visiones diabólicas; aunque al principio causen alegría, presto producen turbación, tristeza y desaliento; por aquí el demonio suele derribar a las almas.

   b) Las revelaciones verdaderas confirman al alma en las virtudes de la humildad, de la obediencia, la paciencia, la conformidad con la voluntad de Dios; las falsas engendran soberbia, presunción y desobediencia.

   Oigamos qué dice Santa Teresa (Castillo, moradas sextas, cap. VIII): “Es merced del Señor, que trae grandísima confusión consigo y humildad. Cuando fuese del demonio, todo sería al contrario. Y como es cosa que notablemente se entiende ser dada de Dios..., en ninguna manera puede pensar quien lo tiene que es bien suyo, sino dado de la mano de Dios... Estos efectos con que anda el alma, podrá advertir cualquiera de vosotras a quien el Señor llevare por este camino, para entender que no es engaño ni tampoco antojo; porque, como he dicho, no tengo que es posible durar tanto siendo demonio, haciendo un notable provecho al alma, y trayéndola con tanta paz interior, que no es de su costumbre, ni puede aunque quiere, cosa tan mala, hacer tanto bien”.

   c) Muévese aquí cuestión acerca de si se pueden pedir señales o pruebas en confirmación de las revelaciones privadas, 1) Si la cosa fuere de importancia, podrían pedirse, mas con humildad y condicionalmente; porque no está obligado Dios a hacer milagros para probar la verdad de esa clase de visiones. 2) Cuando se pidieren, conviene dejar a Dios que elija cuáles hayan de ser. El bueno del cura párroco de Lourdes mandó pedir a la aparición que hiciera florecer un rosal silvestre en pleno invierno; no se otorgó este prodigio, pero la Virgen inmaculada hizo brotar una fuente milagrosa para salud de los cuerpos y de las almas. 3) Cuando el milagro pedido queda bien comprobado, así como su relación con la aparición, constituye una prueba de mucho peso que llega hasta la convicción.

D) Reglas para discernir lo verdadero de lo falso en las revelaciones privadas.

   Puede haber revelaciones verdaderas en cuanto a la sustancia, pero mezcladas, sin embargo, con errores accidentales. No multiplica Dios los milagros sin necesidad, y no corrige los prejuicios o los errores que pudiere haber en la mente de los videntes; busca el bien espiritual de éstos, y no la formación intelectual. Entenderémoslo mejor luego que analicemos las principales causas de los errores que a veces hallamos en las revelaciones privadas.

   a) La causa primera es la mezcla de la actividad humana con la acción sobrenatural de Dios, especialmente cuando la imaginación y el espíritu tienen mucha viveza. 1) Por eso encontramos en las revelaciones privadas los errores contemporáneos a ellas acerca de las ciencias físicas o históricas. Santa Francisca Romana asegura haber visto un cielo de cristal entre el cielo de las estrellas y el empíreo, y dice ser azul el cielo de las estrellas. A la Venerable Agreda parecióle saber, por revelación, que los once cielos (de Tolomeo) se abrieron, en el instante de la Encarnación, por respeto al Verbo que iba a encarnarse. “Mística ciudad de Dios, parte II, n. 128; este pasaje fué suprimido en la edición francesa. — 2 BOLANDISTAS, 25 de mayo.” 2) Hállanse también en ellas las ideas y, a veces, los prejuicios y sistemas de los directores de los videntes. Fundándose en el testimonio de sus directores parecióle a Santa Coleta ver cómo Santa Ana fué casada tres veces, y venía a visitarla con su numerosa familia “A veces los santos dominicos o franciscanos hablan, en sus visiones, conforme al sistema doctrinal de su orden.” (Benedicto XIV (De beatific I. III, cap. LIII, n. 16) discute un éxtasis de Santa Catalina de Siena, en el que decía haberle dicho la Virgen no ser Inmaculada.) 3) También errores históricos se deslizan a veces en las revelaciones: no acostumbra Dios a revelar pormenores precisos acerca de la vida de Nuestro Señor o de la Santísima Virgen, cuando no tienen apenas interés para la piedad; pero hay muchos videntes que confunden sus meditaciones piadosas con las revelaciones, y dan pormenores, cifras y datos que están en contradicción con los documentos históricos o con otras revelaciones. Así, en los diversos relatos acerca de la Pasión, muchos de los menudos pormenores que se cuentan en las visiones, son contradictorios (por ejemplo, acerca del número de azotes que recibió el Señor en la flagelación), o se hallan en oposición con los mejores historiadores. (Bolandistas, 13 de enero, prefacio de la vida de la Beata Verónica de Binasco; S. Alfonso de Ligorio, Reloj de la Pasión)

   b) Las revelaciones divinas pueden ser mal interpretadas. Por ejemplo, habiendo preguntado Santa Juana de Arco a sus voces si sería quemada, le respondieron que acudiera a Nuestro Señor, el cual la socorrería y quedaría libre por medio de una gran victoria; ella creyó que esa victoria sería su libertad de la prisión; pero en realidad fué su martirio y su entrada en el cielo. — Manifestó S. Norberto saber por revelación, de modo certísimo, que no pasaría su generación (Siglo XII) sin que viniera el anticristo; apurado por S. Bernardo, dijo que no moriría sin haber visto una persecución general de la Iglesia (Cartas de S, Bernardo LVI). — S. Vicente Ferrer anunció como próximo el juicio final, y pareció confirmar su predicción con milagros.
   c) Las revelaciones pueden ser inconscientemente alteradas por los videntes mismos cuando intentan explicarlas, o, con mayor frecuencia aún, por sus secretarios.

   La misma Santa Brígida confesaba que a veces corregía sus revelaciones para explicarlas mejor; mas sus explicaciones no siempre están exentas de error. Confiésase hoy que los secretarios, que escribieron las revelaciones de Sor María de Agreda, de Catalina Emmerich y de María Lataste las arreglaron de tal manera que no hay quien las conozca. “En las Obras de María Lataste se han hallado, entre sus revelaciones, pasajes enteros traducidos literalmente de la Suma de Santo Tomás.”

Por todas estas razones nunca se pondrá harta prudencia en el examen de las revelaciones privadas.

“COMPENDIO DE TEOLOGÍA ASCÉTICA Y MÍSTICA”


ADOLPHE TANQUEREY

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