sábado, 23 de septiembre de 2017

LA PIEDAD Y LAS VIRTUDES CRISTIANAS – Por Monseñor de Segur.




I

Que Jesús viviendo en nosotros es el origen de la verdadera piedad.

   Jesús, Criador, Señor y Salvador nuestro, que está presente en el cielo y en el santísimo Sacramento, vive también en nuestras almas y habita en ellas por medio de su gracia. “Yo estoy en vosotros, nos dice, y vosotros estáis en mí,.. Vivís en mí, y yo en vosotros. Aquel que en mí vive, lleva mucho fruto”.

   Él es la vid y nosotros somos sus racimos; el racimo está unido a la vid, y no vive sino por medio de esta unión. Nosotros también, por medio de la gracia del Bautismo, quedamos interiormente unidos a Jesús, nuestro Rey celestial, que de este modo está presente en nuestra alma; y nuestra alma le está también siempre presente, como el racimo de la viña está presente en la vid que lo sostiene. Es una inmensa gracia, y una gloria inmensa para nosotros, pobres y miserables criaturas, poseer tal suerte al Dios de bondad, ser su templo viviente, su muy amado tabernáculo y el vaso en que su amor le hace permanecer. Gracias a Jesús, el más pequeño niño cristiano es más grande a los ojos de Dios que el cielo y la tierra; y Dios quiere más a su alma que al universo entero.

   Así como la vida difunde en todos sus racimos la savia que a ella misma le da vida, del mismo modo Jesús, presente y viviendo en nuestras almas bautizadas, difunde en ellas el Espíritu Santo, que viene a ser la vida de nuestras almas. Y así como la savia difundida en él racimo lo hace vivir con la misma vida con que vive la vid, de la misma manera el Espíritu Santo difundido en nuestras almas por Jesús; en nombre de Dios Padre, hace vivir nuestra alma con la misma vida con que vive Jesús, con la misma vida con que Dios, vida toda santa, toda perfecta. Por esto nosotros tenemos que ser muy santos y muy buenos, parecidos en todo a Jesús, nuestro adorable y celestial modelo.

   La piedad cristiana no es otra cosa que la semejanza tan perfecta como posible sea con Nuestro Señor Jesucristo; es la unión de nuestro espíritu, de nuestros pensamientos, de nuestras afecciones, de nuestra voluntad, de todos nuestros sentimientos y de toda nuestra vida, con los sentimientos, los pensamientos y el espíritu de Nuestro Señor.

   Hazte bien cargo de esto, niño o niña que me lees, porque es una cosa de suma importancia. La piedad es Jesús que vive en ti, y tú que vives en Jesús; es la unión íntima que el Espíritu Santo establece entre ti y tu Salvador; es la comunicación que Jesús se digna hacerte de su filial amor para con Dios, de un fraternal y desinteresado amor para con el prójimo, y de todas las virtudes que llenan su sagrado Corazón. Te lo diré en otros términos: la piedad es Jesús que por medio de su gracia te cambia, te transforma en otro Él, de modo que sólo Él, Jesús, vive en ti. Un buen cristiano, una niña piadosa, es otro Jesús, que en todas sus acciones, en todas sus palabras y en todos los detalles de su vida, es una copia perfecta, una verdadera fotografía de Jesús.

   Jesús decía en aquellos tiempos: “el que a mí me ve, a mi Padre ve”. Un verdadero cristiano, una niña verdaderamente piadosa, debe poder también decir: “el que me ve a mí, a Jesús ve”. Esto no quiere decir que nosotros seamos un solo Dios con Jesús, como Jesús es un solo Dios con su Padre; esto solamente quiere decir que nosotros estamos unidos interiormente con Jesús, y que. Jesús vive en nuestra alma a la manera de la unión mucho más perfecta que existía entre su Padre y Él.

   Cuando San Edmundo de Cantorbery era todavía niño, tenía afición a pasearse solo para pensar con más libertad en Dios y unirse más fácilmente con Nuestro Señor. Cierto día que de esta suerte había sacrificado en aras de su piedad un recreo muy divertido, vió de pronto delante de él; y a algunos pasos, a un niño de su edad, de cara noble y hermosa, que se dirigió a él diciéndole con graciosa sonrisa:

   —Te saludo, amado mío.

   —De seguro que os equivocáis, —respondióle sumamente contrariado Edmundo—, pues lo que es yo no os conozco.

   — ¿No me conoces?, —repuso el niño— y sin embargo estoy contigo en la escuela, en la iglesia, en tu casa, en tus diversiones; estoy contigo y te acompaño siempre y por todas partes... ¡y dices que no me conoces!...

   Y como el joven Santo no sabía qué contestar, añadió el misterioso niño:

   —Levanta los ojos, y mírame en la frente. Y la faz del niño se transfiguró; y Edmundo leyó en ella estas dos palabras trazadas con caracteres luminosos: Jesús Nazarenus: Jesús Nazareno... Edmundo se arrodilló pegando al suelo la cara, y el Niño Jesús le dejó después de haberle bendecido.

   Así está siempre Jesús con todos los que le son fieles: es el compañero celestial de la vida de los cristianos en la tierra. Es para nosotros como una fuente de vida, y por medio de Él recibimos todos los dones y todas las gracias de Dios.

   Ya vez, pues, que toda la piedad cristiana reposa en Jesucristo que viene de Él, y que Él es su principio. Así como toda el agua de un riachuelo viene de la fuente donde nace, del mismo modo nuestra piedad viene de Jesús, que está presente y vivo en nuestros corazones.

   ¡Oh buen Jesús!, llenadme de vuestro Espíritu   Santo, y hacedme vivir con vuestra vida enteramente pura y celestial. Mi dulce y santo Jesús, cambiadme en Vos, a fin de que ya no haya en mí cosa alguna mala, y a fin de que me convierta en un segundo Hijo de Dios, en otro Vos mismo.



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