lunes, 4 de septiembre de 2017

De la misericordia de Dios – Por San Alfonso María de Ligorio


   Es tan grande el deseo que Dios tiene de concedernos sus gracias que, como dice San Agustín, más desea él dárnoslas que nosotros recibirlas. Y la razón es, que la bondad divina, como dicen los filósofos, es difusiva por naturaleza en beneficio de los demás. Siendo, pues, Dios la bondad infinita, tiene deseo 'infinito de comunicarse a nosotros, criaturas suyas, y de darnos participación de sus bienes.

   De aquí nace la grande misericordia que el Señor tiene de nuestras miserias. David dice que la tierra está llena de la misericordia divina y no de la justicia, porque Dios no ejerce su justicia en castigar a los malos, sino cuando conviene y se ve casi forzado a ello; por el contrario, es fácil y propenso a ejercitar su misericordia con todos y en todo tiempo, por lo que dice Santiago: La misericordia aventaja al juicio (Carta de Santiago II, 13).

   Sí, la divina misericordia arranca a menudo de las manos de la justicia los azotes preparados para los pecadores y les alcanza el perdón. Por esto el Profeta daba a Dios el nombre mismo de misericordia: Dios mío, misericordia mía (Salmo LVIII, 13. Y añadía: Por tu nombre, Señor, perdonarás mi pecado (Salmo XXIV, 11) . Esto es: Señor, perdóname por tu nombre, ya que eres la misma misericordia.

   Isaías decía, que el castigar no es según el corazón de Dios, sino ajeno y peregrino, como si dijese, lejano de su inclinación (Isaías, XXIII, 21). Su misericordia infinita le decidió a enviar a su Hijo   hacerse hombre sobre la tierra, a Morir en una cruz para librarnos de la muerte eterna. San Zacarías exclama: Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó de lo alto 5. Con las palabras entrañas de misericordia quiere indicarse una misericordia que procede del corazón de Dios, que prefirió ver morir a su Hijo hecho hombre a permitir la condenación del linaje humano.

   Para ver cuánta es la piedad que Dios tiene de nosotros y su deseo de hacernos bien, basta leer estas palabras que nos dice en el Evangelio: Pedid y se os dará (Mateo VII, 7). ¿Qué más pudiera uno decir a su amigo para probarle el amor que: Pídeme lo que quieras y te lo daré? Pues esto es justamente lo que nos dice Dios a cada uno de nosotros.

   Nos invita además a que recurramos a él en nuestras tribulaciones, y promete aliviarlas: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os aliviare (Mateo XI, 23). Quejábanse en cierta ocasión los Hebreos de Dios, y decían que no volverían a pedirle gracia alguna. Entonces dijo Dios á Jeremías: ¿Por qué mi pueblo no quiere acudir a mí? ¿Por ventura he sido yo para Israel un desierto, o tierra tardía? ¿Pues porque ha dicho mi pueblo: Nos hemos retirado, no vendremos más a tí? (Jeremías II, 31). Reprendía el Señor por estas palabras la conducta de los hebreos que habían dudado de su bondad, pronta siempre a socorrer como lo dijo por Isaías. Tan pronto como te oiga te responderá (Isaías XXI, 19).

   Habéis pecado: ¿queréis ser perdonados? No temáis, dice San Juan Crisóstomo, porque más impaciente está el Señor de perdonarnos, que nosotros de recibir el perdón (Homilía 23 in Mateo)  Si Dios nos encuentra obstinados en el pecado, nos aguarda para ser indulgente con nosotros (Isaías XXX, 18).  Nos muestra entonces los castigos que nos están preparados, para que nos arrepintamos (Salmo LIX, 6) Empieza llamando a la puerta de nuestro corazón para que le abramos (Apocalipsis XXX, 20). Nos sigue después por todas partes y nos dice: ¿Y por qué moriréis, casa de Israel? (Ezequiel XVIII 31). Que es como si nos dijese: “Hijo mío, porque quieres perderte”

   San Dionisio dice, que el Señor llega a rogarnos que no nos perdamos. El Apóstol lo había ya escrito, rogando en nombre de Cristo a los pecadores que se reconciliasen con Dios (II Corintios V, 2). San Juan Crisóstomo comenta así el referido pasaje: El mismo Jesucristo os ruega. ¿Y qué os ruega? Que os reconciliéis con Dios.

   Si después de todo eso los pecadores persisten en su obstinación, ¿qué más ha de hacer Dios? Todavía ofrece no rechazar a los que se llegaren a él arrepentidos: Aquél que  a mi viene, no le echare fuera (Juan VI, 57).

   Dice además que está pronto a abrazar a todos los que se echan en sus brazos: Volveos a mí, y yo me volveré, a vosotros (Zacarías I, 3) Promete perdonar al impío luego que se arrepienta, y echar un velo sobre sus culpas pasadas: Mas si el impío hiciere penitencia... vivirá... de todas sus maldades que él obró, no me acordaré yo (Ezequiel XVIII, 21) Y llega a decir: Venid y acusadme: si fueren vuestros pecados como la grana, como nieve serán emblanquecidos (Isaías I, 18). Que es como si dijese: Arrepentíos, y si yo no os acojo en mis brazos, acusadme de haber faltado a mi palabra.

   Pero no: el Señor no aparta de si a un corazón arrepentido (Salmo L, 19). San Lucas describe la alegría del Señor al encontrar la oveja extraviada (Lucas XV, 5), y con cuánto amor acogió al hijo pródigo, cuando éste vino a echarse a sus pies (Lucas XV, 20). Dios mismo dice allí que hay más gozo en los cielos por el arrepentimiento de un pecador, que por noventa y nueve justos inocentes (XV, 7). San Gregorio nos da de ello la razón, y consiste, según el Santo, en que los pecadores arrepentidos por lo común suelen ser más fervorosos en amar a Dios que los inocentes tibios.

   Jesús mío, ya que habéis sido tan paciente esperando mi arrepentimiento, y tan amoroso en perdonarme, quiero amaros con ardor; pero es necesario que vos mismo me deis ese amor: concededme esta gracia, Señor. No sería glorioso para vos el ser débilmente amado por un pecador a quien habéis colmado de tantos beneficios. Señor, ¿cuándo comenzaré yo a ser tan agradecido con vos, como bondadoso habéis sido vos conmigo?


   Hasta el presente en lugar de reconocimiento no ha habido en mí más que ofensas y desprecios. ¿Habré de ser siempre así con vos, Señor, con vos que ningún medio habéis omitido de granjearos mi amor? No, Salvador mío, quiero amaros de todo corazón, y no quiero disgustaros más. Me ordenáis que os ame, y yo no deseo más que amaros. Vos me buscáis a mí y yo no busco a otro que a vos. Dadme vuestro auxilio, sin el cual yo nada puedo. ¡Oh Virgen María, Madre de misericordia, haced que yo sea enteramente del Señor!

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