No hay
cosa más triste que el alma de un viejo sin religión. No quiere morir, y
siente el frío de los que se acercan a
la región de la muerte. No quiere creer en Dios, y su razón madura le descubre
a Dios retratado en los cielos y en la tierra; y aun la voz de la propia
conciencia le predica con testimonio incorruptible, dentro de sí mismo, la
existencia de Dios, y le dice que éste Señor de todo lo criado, es Juez de
vivos y muertos y remunerador rectísimo que, teniendo gloria eterna para los
buenos, tiene también castigo eterno para los malos.
Si el
miserable ha logrado sepultarse en el olvido de Dios y eclipsar en el fondo de
su alma, a fuerza de impiedades, la realidad de que Dios existe, que ilumina a
todo hombre que viene a este mundo; si se acerca al sepulcro sin sentir remordimientos,
no por esto es menos triste la suerte del viejo impío, ni menos lastimosa su
aparente serenidad. Asi como un ciego y necio que, habiendo caminado hacia un
precipicio y llegado ya a los bordes de él, da sin temor el paso que lo
precipita en el abismo, asi el viejo descreído, muriendo sin los auxilios de la
religión, y, esto no obstante, cerrando los ojos sin dar muestras de temor por
lo futuro, es un insensato que con maliciosa tranquilidad se precipita en el
abismo de la desgracia eterna, sin ver los tormentos en que para siempre ha de
penar.
¡Oh,
cuan pavorosas consideraciones despierta en el alma de un cristiano la vista de
un cadáver que fué largos años vivificado por un alma impía, y yace adornado
con las canas y marcado con el sello de la propia impenitencia y de la divina reprobación!
P.
TOBÍAS, S. J – Año 1894.
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