jueves, 5 de julio de 2018

Del engaño y de la guerra que nos suele hacer el demonio para que dejemos el camino que nos lleva a la virtud – Por el V. P. D. Lorenzo Scupoli. (Una muy recomendable lectura para los que se encuentran enfermos)





   El cuarto artificio de que se sirve nuestro enemigo para engañarnos, cuando reconoce que caminamos derechamente a la virtud, es inspirarnos diversos deseos buenos, a fin de que dejando los ejercicios de la virtud que nos son propios y convenientes, nos empeñemos insensiblemente en el vicio.

   Por ejemplo: si una persona enferma sufre su mal con paciencia, este enemigo de nuestra salud, temiendo que de esta manera podrá adquirir el hábito de esta virtud, le propone otras muchas obras buenas que pudiera ejercitar en otro estado, y la induce con sagacidad a que se persuada y crea que si tuviese salud serviría mejor a Dios, y sería más útil para sí y para el prójimo.

   Apenas ha excitado en ella los vanos deseos de recobrar la salud, los enciende y aumenta en su corazon de tal suerte, que viene a inquietarse y afligirse, porque no puede conseguir lo que quiere: y como al paso que sus deseos se van aumentando crece su inquietud y desasosiego, viene el demonio a conseguir su intento; porque, finalmente, la induce a que lleve con impaciencia su enfermedad, mirándola como impedimento de las buenas obras que desea ejecutar, con pretexto de adelantarse en la virtud.

   Después de tenerla en este estado, con la misma destreza le quita de la memoria el fin del servicio de Dios y de la bondad de las obras, y la deja con solo el deseo de verse libre de la enfermedad; y porque no le sucede conforme quiere, se perturba de modo que viene a ponerse impaciente de todo punto; y asi de la virtud que deseaba practicar, viene a caer insensiblemente en el vicio contrario.

   El modo de preservarte de este engaño es que, cuando te hallares en algún trabajo, atiendas con mucha advertencia a no dar entrada en tu corazón a semejantes deseos; porque por no poderlos ejecutar en aquella ocasión, probablemente te han de inquietar. Conviene, hija mía, que en estos casos te persuadas con un verdadero sentimiento de humildad y resignación, que cuando Dios te sacase del estado penoso en que te halles, todos los buenos deseos que concibes ahora no tendrían entonces por tu natural inestabilidad el efecto que tú te figuras; o que a lo menos imagines y pienses que el Señor por una secreta disposición de su providencia, o en castigo de tus pecados, no quiere que tengas la complacencia y gusto de hacer aquella buena obra, sino que te sujetes y rindas a su voluntad, y te humilles debajo de su suave y poderosa mano.

   Asimismo, hija mía, cuando te vieres obligada, o por orden de tu padre espiritual, o por alguna otra causa a interrumpir tus devociones ordinarias, o a abstenerte por algún tiempo de la santa Comunión, no te dejes abatir y dominar de la melancolía y tristeza, sino renuncia interiormente a tu propia voluntad, y conformándote con la de Dios, te dirás a ti misma: Si Dios, que conoce el fondo de mi alma, no viese en mí ingratitudes y defectos, yo no sería privada ahora de la santa Comunión: sea su nombre eternamente bendito y alabado, pues se digna de descubrirme por este medio mi indignidad. Yo creo firmemente, Señor, que en todas las aflicciones que Vos me enviáis, no queréis ni deseáis de mí otra cosa sino que, sufriéndolas con paciencia, y con deseos de agradaros, os ofrezca un corazón siempre rendido a vuestra voluntad, y siempre pronto a recibiros, a fin de que, entrando Vos en él, podáis llenarlo de consolaciones espirituales, y defenderlo contra todas las fuerzas del infierno que os lo procuran robar.


   Haced, o Criador y Salvador mío, haced de mi lo que sea más agradable a vuestros ojos. Sea vuestra divina voluntad ahora y siempre mi apoyo, mi manjar y sustento. La única gracia que os pido es, que mi alma purificada de todo lo que desagrada a vuestros ojos, y adornada de todas las virtudes, se vea en estado que pueda no solamente recibiros, sino también ejecutar todo lo que fuere de vuestro divino beneplácito el ordenarme.

   Si guardares estos preceptos, puedes estar cierta y segura que los buenos deseos que tuvieras, y no puedes poner en obra, ya procedan puramente de la naturaleza, ya vengan del demonio a fin de hacerte aborrecible y odiosa a la virtud, o ya te los inspire Dios para hacer prueba de tu resignación en su divina voluntad; siempre te serán ocasión y motivo para hacer algún progreso en el camino de la perfección, y para servir al Señor en el modo que le es más agradable; y en esto, hija mía, consiste la verdadera devoción.

   Advierte también, que cuando para curarte de alguna dolencia, o librarte de alguna incomodidad, usares de aquellos remedios inocentes y lícitos de que suelen servirse los Santos y siervos de Dios, no lo hagas con deseo y demasiada voluntad de que las cosas sucedan según tu inclinación y gusto; mas úsalos porque Dios quiere que los usemos en nuestras dolencias, y porque no sabemos si por estos medios, o por otros mejores, su divina Majestad ha resuelto librarnos de nuestros males.

   Si no te gobernares de esta manera, todo te sucederá muy mal; porque será muy posible que no consigas lo que deseas apasionadamente, y entonces caerás con facilidad en el vicio de la impaciencia, o cuando no caigas, tu paciencia será siempre acompañada de muchas imperfecciones que la harán menos agradable a Dios, y disminuirán mucho tu merecimiento.

   Finalmente, quiero descubrirte un secreto artificio de nuestro amor propio que suele siempre encubrirnos y ocultarnos nuestros defectos aunque sean muy visibles.

   Por ejemplo: cuando un enfermo se aflige con exceso de su dolencia, disimula esta imperfección con el celo de algún bien aparente, diciendo que su inquietud no es verdaderamente impaciencia, sino un justo sentimiento de que su enfermedad sea el castigo de sus pecados, o de que incomode o fatigue a los que le asisten.

   Lo mismo sucede a un ambicioso que se aflige y se inquieta porque no ha podido obtener el honor o la dignidad a que aspiraba; pues no atribuye su inquietud a su vanidad, sino a otros motivos de que en otras ocasiones no recibía alguna pena o disgusto.

   Asimismo un enfermo suele mostrar mucha compasión de los que le sirven; pero apenas se halla libre de sus males, no se duele ni se compadece de ellos cuando les ve sufrir las mismas incomodidades con otros enfermos. De donde se reconoce con evidencia, que su impaciencia no nace de la pena y molestia que ocasiona a los demás, sino de un secreto horror con que mira las cosas que son contrarias a su voluntad.

   Si quieres, pues, hija mía, no caer en estos y en otros errores, es necesario que te determines a sufrir con paciencia, como te he dicho, todas las cruces, penalidades y trabajos que te sucedieren en este mundo.



“COMBATE ESPIRITUAL” Año 1865

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