martes, 8 de mayo de 2018

“DE LAS DOS BANDERAS DE CRISTO Y LUCIFER” – Por el P. Carlos Gregorio Rosignoli, de la Compañía de Jesús. (Segunda parte)








BANDERA DE CRISTO.


   Miremos ahora de la otra parte a Cristo, Salvador del mundo, que en un sitio humilde junto al templo de Jerusalén, con un modo suavísimo llama y convida a que le sigan. Mirad cuán amable es su semblante sobre todas las bellezas del mundo. En su frente tiene asiento la Majestad, pero humilde; en sus ojos reina la alegría, pero modesta; de sus labios destila dulzura, pero que no empalaga; de sus manos salen las gracias, pero sin interés.

   Corónanle al rededor sus queridos discípulos, pendientes de su boca a oír y recibir palabras de vida eterna. Tiene enarbolado DONDE SE ENCUETRA, NUETRA SALUD, VIDA Y RESURRECION. Convida con dulcísimas palabras a seguirle y ponerse de su lado. Venid a mí (dice) todos los que estáis fatigados y agravados, que yo os daré aliento, descanso y refección. Tomad mi yugo sobre vuestros hombros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazon; porque mi yugo es suave, y mi peso es ligero. Es verdad, que nos muestra la cruz, debajo de la cual debemos militar; pero juntamente nos avisa por medio de su siervo Tomás de Kempis. En la cruz está la salud y la vida; en la cruz está la defensa de nuestros enemigos, y la gracia de las consolaciones celestiales; en la cruz se halla la fortaleza del corazon, el gozo del espíritu, la perfección de las virtudes, y la esperanza de la bienaventuranza eterna.

   Es verdad, que Cristo impone a sus secuaces leyes a prima vista muy duras; el negarse a sí mismo es una renunciación de todos los placeres del sentido, un abandono de las riquezas superfluas, un desprecio de los vanos honores. Más; el tomar la cruz es una preparación del ánimo a tolerar las cosas contrarias al genio de la naturaleza, la penitencia y mortificación del cuerpo, la pobreza de espíritu, la humildad de corazon; las cuales se oponen directamente a los tres genios de apetitos, que sugiere el demonio.

   Pero también es verdad cierta, que si Cristo pide cosas dificultosas, nos concede juntamente gracias extraordinarias para fácil y suavemente ejecutarlas; como divinamente advirtió san León. “A los que le siguen les da tal  abundancia de ayudas y socorros divinos, que no solo hacen fáciles, sino alegres y deleitables los ejercicios de las virtudes.” Convida el Salvador al desprecio de las riquezas, y amor a la pobreza; más al mismo tiempo reparte tal gracias para tolerar la falta de los bienes humanos, que san Luis, de Primogénito del rey Carlos de Nápoles, hecho pobre religioso Franciscano, decía: que le era mucho más sabroso un pedazo de pan bazo, recogido de limosna, que las delicias de la mesa real. Exhorta a la continencia y castidad; pero con tan eficaces socorros conforta la flaqueza de la carne, que san Agustín, después de haber experimentado tantos deleites sensuales, sentía mayor gusto en vivir careciendo de ellos, que cuando soltaba la rienda al apetito. Persuade el Salvador huir de las honras, y tener afecto a la humildad; pero con tanta eficacia alienta los corazones débiles, que santa Isabel, reina de Hungría, tenía por mayor gloria el ser ultrajada, que cuando antes era honrada y reverenciada en el trono.

   Quiere, que con fatigas y sudores apostólicos nos industriemos en ganar almas a su servicio. Para estas industrias apostólicas, busca por todas partes compañeros. A ellas convida con empeño a sus secuaces. Más después les endulza el trabajo con tantos consuelos, que san Francisco Javier en las arduas empresas de su trabajosísima apostolado, se veía obligado a exclamar; Basta, Señor, basta. No más gustos, mi Dios, no más, que mi corazon no es capaz de tantas delicias del cielo. ¡Oh, que las mortificaciones, las penurias, las deshonras, que tal vez se padecen por seguir la bandera de Cristo, son recompensadas con tantos regalos de espíritu, que siempre corren a las parejas los trabajos y los consuelos de sus soldados.  Más: no se contenta el Apóstol con decir, que corresponde puntual una consolación igual a aquel poco de tristeza, que se padece por Dios, sino protesta ser cien veces mayor la avenida de gozo, que la gota de aflicción.

   Con todo eso, supongamos que el Salvador no quiera favorecer con gracias extraordinarias ahora a los que les siguen, ni endulzar la amargura de su Ley con el aroma de sus celestiales dulzuras. Finjamos, que el divino Capitán diga a sus soldados: No he venido a traer la paz sin no la espada, es necesario que os hagáis guerra a vosotros mismo. En esta vida, por amor de mí, os habéis de privar de estos bienes tan buscados, tan agradables, tan apetecidos, por entrar en una milicia trabajosa, difícil, molesta, sin alivio, sin cohorte alguna. Yo, soldados míos, os convido a lágrimas, a dolores, a padecer; cuando al contrario, el mundo os llama a sus festines y divertimientos.

 Vosotros habéis, de gemir debajo del peso de la cruz: el mundo os dará a gozar todo el campo de sus placeres pero notad bien el trueque que debe al fin suceder, porque vuestro breve padecer presto se cambiará en un eterno gozar: a la breve batalla seguirá un eterno triunfo, Pelead valerosamente, que os espera un reino eterno: Cuando al contrario todas aquellas transitorias alegrías del mundo, se reducirán a eternos llantos. Muy presto serán castigados los gustos de una vida caduca con penas atrocísimas de una muerte sempiterna é inmortal. Si el Redentor así les dijese a sus secuaces, y los quisiese afligir de presente, para después premiarles en lo venidero; con todo eso, ¿no deberían entrar gustosos en el partido, y alistarse debajo de sus banderas? ¿La felicidad de un término bienaventurado sin fin, no debía ser poderosa para facilitar cualquier camino áspero? ¿Cómo podremos, sin pelear y sin padecer, pretender aquel cielo, que costó a las vírgenes tantas mortificaciones, a los confesores tantas penitencias, a los mártires tanta sangre? ¿No es verdad lo que dijo Pablo, que no equivalen, ni igualan todas las penas y aflicciones de esta vida a la grandeza de la gloria, que esperamos?

   Mas no obra así con sus soldados el Capitán del cielo. Es así, que les tiene preparado un gran premio en la otra vida después de la victoria; pero no por eso en la presente, que es tiempo de batalla; no por eso, (digo) deja de repartirles un gran donativo de sus gracias, un sueldo copioso, y de anticiparles dulcísimos confortativos en medio de sus trabajos, y convertir las pocas mortificaciones del cuerpo, en unos sumos gozos del espíritu. Usa el Salvador con sus secuaces lo que usó Dios con el pueblo de Israel. Habíales prometido una tierra tan feliz, que manase leche y miel, y abundase de todas las delicias. ¿Y con cuánta abundancia les asistió y proveyó, aun en el desierto, cuando caminaban a la tierra prometida? Bien pudiera justamente decirles: Por ahora, mientras dura el viaje, tened un poco de paciencia; no tengaís por muy pesado pasar lo mejor que pudiereis con yerbas silvestres y raíces amargas, que encontrareis: Vendrá después, y presto, el tiempo en que gozaréis los deliciosos y regalados frutos, los sabrosos manjares de aquella afortunada tierra: pero ni lo dijo, ni lo hizo Dios así. Hízole previsión, aún en el desierto, por aquellas sendas ásperas y molestas, de un pan del cielo, tan abundante como gustoso.

   Labró para ellos un maná, que encerraba en sí todas las suavidades y sabores, sirviendo, no solo a la necesidad del sustento, sino también a las delicias del paladar. No de otra suerte nuestro Redentor; si bien tiene preparado a sus siervos en el paraíso aquel torrente de néctar celestial; con todo eso, aun en este desierto, les reparte con grande abundancia sus dulzuras para sustentarlos briosos en sus trabajos.

   Y con todo eso, no consigue el Salvador atraer muchos a sus banderas. Aman mejor los cristianos militar al infeliz sueldo de Lucifer, por la miseria de algunos bienes suyos, amargos y caducos, que al sueldo de Cristo, por la abundancia de bienes purísimos, alegrísimos y eternos. Antes quieren ser esclavos de un fiero tirano, que por una vida llena de mil trabajos, los lleva a una muerte eterna, que siervos de su legítimo Señor, e hijos de su amorosísimo Padre, que con tantas gracias, y por medio de tantas consolaciones, los conduce a una vida bienaventurada.


   No fueren solos los pérfidos gentiles los que gritaron. No lo queremos por nuestro Rey. Ni solo los judíos antepusieron a Barrabás, homicida, a Jesús, Salvador; peor lo hacen algunos cristianos: si no con las palabras, a lo menos con las obras, se niegan al reino de Cristo, huyen de ser sus vasallos, y escogen antes la esclavitud de un tirano, que la filiación de Dios. ¡O rebelión afrentosa! ¡O ultraje gravísimo, que se hace al Rey del cielo!

   Y así, Lucifer, ufano y jactancioso, dice: Mira, ¡Oh Cristo! cuantos siguen mi bandera. Yo no me hice hombre por ellos: no he padecido por ellos ni un trabajo; no he derramado por ellos una gota de sangre; y con todo eso, me siguen a tropas, con todo eso, a bandadas toda esa muchedumbre abraza gustosa el servirme. Tú, por ellos, te vestiste de carne humana, has derramado tantos sudores y tanta sangre, y has llegado hasta morir en una afrentosa cruz por su amor. Más ¿qué séquito tiene tu estandarte? ¡Qué pocos militan debajo de tus banderas, y se aplican a servirte! Yo no les prometo el reino de los cielos; antes, por un camino sembrado de miserias, los guio a un infierno de penas. No obstante eso, tengo un número innumerable de secuaces, que viven a mí mala paga Tú les ofreces un reino de felicidad, comprado a costa de tu Sangre; y alagándoles con mil favores, les convidas a reinar contigo en la eterna gloria: mas ellos brutamente te vuelven las espaldas. Más quieren ser conmigo infelices, que dichosos contigo. Esta es la lealtad de tus cristianos. De esta suerte corresponden a tus beneficios.


QUEJAS DE CRISTO POR NUESTRA GRAN INGRATITUD – REVELADAS A SANTA BRIGIDA


   ¡Oh! ¡Y hemos de sufrir que el demonio hiera así al Salvador? ¿No nos resolveremos una vez volvernos a su partido? Si no acaban de movernos tan indignas y afrentosas palabras de lucifer, denos el último empellón las justas quejas de Cristo, expresadas a santa Brígida en una triste y dolorosa aparición: Yo estoy abandonado de mis cristianos, y depuesto de mi reino, por colocar en él a un pésimo ladrón, decidme, o profesores de mi fe ¿qué habéis descubierto en mí de mal, para abandonarme? Si es que toméis por mal el haberos criado, el haberos mantenido la vida, el haberos enriquecido con tantos beneficios. Y mi enemigo Lucifer ¿qué bien os ha hecho, para que con tanta ansia y afecto le sigáis? ¿Os ha dado él alguna mejor vida? ¿Os ha rescatado a costa de su sangre? Haced que muestre las heridas que por vosotros he recibido, las fatigas que por vuestra salud he tolerado. ¡Ay! Yo sí, que puedo mostraros mis pies, cansados de tantos viajes por buscaros: mis manos llagadas por haceros beneficios: mi cabeza atravesada de espinas, por daros ósculo de paz: mi costado abierto, por acogeros y entraros en mi corazón. ¿Qué motivo, pues, tenéis para revelaros contra mí, que he padecido tanto mal, por haceros tanto bien? ¿Qué razón para seguir a mi enemigo, que lo es también vuestro, y no pretende otra cosa sino vuestra perdición? Menos mal seria no haberme hecho juramento de fidelidad en el bautismo, que revelarse después contra mí, como si en mi servicio hubieseis hallado algunos malos tratamientos. Ahora, si no cuidáis, ni tenéis compasión de mis lágrimas, de mis fatigas y de mi sangre, a lo menos cuidad de vuestra salud, que perdéis, de vuestra eterna condenación, adonde os lleva Lucifer. Mucho me aflige el ver que me dejáis; pero más me congoja vuestra ruina.

   ¿Y tendremos aliento para oír estas justísimas quejas del Redentor sin conmovernos? ¡Ay, no, mi Dios! Vedme aquí resuelto a librarme de esta dura esclavitud de Satanás: Vade retro Satana. Muy engañado me han tenido sus falaces promesas de placeres, de riquezas y honra, fingiendo en ellas el bien que no tienen, y ocultando el mal que acarrean. Avergonzado, sumamente estoy de mi deslealtad en huir el reclamo, que tantas veces, (Dios mío) me habéis hecho al corazon, en rebelarme de vuestro felicísimo estandarte. ¡Oh, cómo merecía yo, que vos me volvieseis las espaldas, y me despidieseis, y arrojaseis de vuestro servicio! Más ya que vuestra Bondad quiere vencer mi ingratitud, y me renováis la gracia de vuestro llamamiento, vedme aquí prontísimo a seguir vuestra fidelísima guía para el cielo. Escojo antes padecer con vos, que gozar con el mundo. Vuestro tengo de ser a toda costa de pobreza y de humillaciones. Debajo de vuestra cruz quiero en adelante militar. Alistadme con vuestra Sangre entre vuestros más elevados soldados. Armadme con vuestra poderosa gracia, para que pueda alcanzar victoria de los enemigos y de mí mismo.


VERDADES ETERNAS

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