miércoles, 18 de octubre de 2017

Morada de la eternidad – Por San Alfonso María de Ligorio.


   

   El hombre irá a la morada de la eternidad.  Es un error llamar nuestra casa a la que al presente habitamos: la casa de nuestro cuerpo será dentro de poco una sepultura donde habrá de estar hasta el día del juicio, y la casa de nuestra alma será o el cielo o el infierno, según hayan sido nuestros méritos, y allí deberá estar por toda la eternidad.

   No irán nuestros cadáveres por sí mismos a la sepultura, otros los llevarán; pero el alma ella misma pasará a la morada que habrá merecido: morada de eterno gozo o de eterno dolor. Según el bien o el mal que hace el hombre, así él va por su pie á, la casa del cielo o a la del infierno, y ya no se muda más de casa.

   Los que viven en la tierra suelen cambiar de habitación, sea por capricho, sea por necesidad. En la eternidad nunca se muda de casa. En donde se entra por primera vez, allí se ha de habitar para siempre. El que entre en el cielo será dichoso para siempre; el que entre en el infierno será eternamente desdichado.

   El que entre en el cielo estará siempre en compañía de Dios y de los santos, siempre en paz, siempre contento, porque los elegidos están siempre rebosando de gozo sin temor de perderlo jamás. Si en los bienaventurados entrase el temor de perder  aquella dicha que gozan, ya no serían bienaventurados, porque la sola sospecha de perder aquel gozo que poseen les perturbaría la paz en que viven. Al contrario, los que entran en el infierno estarán eternamente separados de Dios, siempre penando en aquel fuego con los condenados.

      No penséis que los tormentos del infierno sean semejantes a los que se padecen en este mundo, donde con acostumbrarse se va disminuyendo la pena. Así como las delicias del paraíso no causarán jamás tedio, sino que parecerán siempre nuevas como el primer día de gozarlas, según lo significa el cántico eterno de los bienaventurados: Y cantaban como un cántico nuevo. Así por el contrario, en el infierno las penas no se disminuirán en toda la eternidad; ninguna costumbre podrá jamás aliviarlas.

   Los infelices réprobos sentirán por toda la eternidad el mismo tormento que sintieron la primera vez que quedaron  sometidos a ellas.

   San Agustín dice que los que creen en la eternidad y no se convierten a Dios, han perdido la fe o el juicio

   Desdichado del pecador que entra en la eternidad, sin haberla conocido, exclama San Cesáreo, y que ha descuidado pensar en ella. Y añade después: Dos veces desdichados en primer lugar porque caen en aquel abismo de fuego; y después, porque una vez que habrán entrado, no volverán a salir de él. Las puertas del infierno se abren para dar entrada a las almas de los condenados; pero no para darles salida.

   No: los santos no han hecho jamás bastante para su salvación: sepultándose en los yermos, alimentándose con yerbas del campo, durmiendo sobre duras piedras, no han hecho nada demás, dice San Bernardo, porque no hay demasiada seguridad donde peligre la eternidad; cuando se trata de la eternidad, jamás se toman bastantes precauciones.

   Así pues, cuando el Señor nos envía alguna cruz con la enfermedad, con la pobreza, o con otro cualquier mal, pensemos en el infierno que tenemos merecido, y todos nuestros sufrimientos nos parecerán ligeros. Digamos entonces con Job: Peque y de veras delinquí, y no he sido castigado como merecía. ¿Cómo podré yo quejarme cuando me enviéis, Señor, algunas tribulaciones, yo que he merecido el infierno?

   ¡Oh Jesús mío! no me arrojéis al infierno, porque en el infierno ya no podría amaros, sino que habría de aborreceros para siempre.


   Privadme, Señor, de todo, de los bienes, de la salud, de la vida, pero no me privéis de vuestro amor. Disponed que os ame y os alabe, y después castigadme siempre, y haced de mi lo que cumpla a vuestra voluntad. ¡Oh Virgen María! madre de Dios, interceded por mí.

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