lunes, 2 de octubre de 2017

CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS (3° parte final) –– Por San Alfonso María de Ligorio.





Del gran provecho que se saca de conformar nuestra voluntad con la de Dios.

   El que se ejercita en la práctica de esta virtud, no sólo se santifica, sino que también goza en la tierra de paz inalterable. Preguntaron cierto día a Alfonso el Grande, rey de Aragón y príncipe sapientísimo, quien, en su concepto, era el hombre más feliz del mundo. “El que se abandona, contestó, a las disposiciones de Dios y de igual manera recibe de su mano las cosas prósperas y adversas.”

   Para los que aman a Dios, dice San Pablo, todas las cosas se tornan en bien (Rom., VIII, 28). Los que aman a Dios viven siempre contentos, porque ponen todo su gozo en cumplir su voluntad divina, aun en las cosas que contrarían la suya; y de esta suerte hasta los mismos trabajos se convierten para ellos en puras alegrías, porque no ignoran que, aceptándolos rendidos, dan gusto a su amado Señor. Ningún acontecimiento, dice el Espíritu Santo, podrá contristar al justo (Prov., XII, 21). En efecto: ¿qué mayor contento puede experimentar un alma, que ver que le sale todo a la medida de su deseo? Pues bien, cuando uno no quiere más que lo que Dios quiere, llega a conseguir cuanto desea, pues que, a excepción del pecado, nada sucede en el mundo contrario a la voluntad de Dios.

   Se lee a este propósito en las vidas de los Padres del desierto que las tierras de cierto labrador producían más sazonados frutos que las tierras de sus vecinos; y como le preguntaran la causa: “No os maravilléis de esto, respondió, porque yo tengo siempre el tiempo que quiero. — ¿Cómo es así? le dijeron. —Pues muy sencillo, contestó; porque yo no quiero otro tiempo distinto del que Dios me manda; y como yo deseo lo que Dios quiere, me da siempre los frutos como yo los quiero.”

   “Las personas resignadas al querer y voluntad de Dios, dice Salviano, son humilladas, es verdad, pero aman las humillaciones; padecen pobreza, pero se complacen en ser pobres; en suma, aceptan gustosas todo lo que les acaece, y así llevan vida feliz y dichosa.” Viene el frío, la lluvia, el calor, el viento; pero el alma que está unida con la voluntad de Dios dice: “Quiero este frío, acepto este calor, acepto si hay viento y que llueva, puesto que Dios así lo quiere. Le viene un revés de fortuna, la persigue, cae enferma, le acosa la muerte, y dice: Quiero ser pobre, y perseguida y estar enferma, quiero hasta morir, porque Dios así lo quiere”. Esta es aquella libertad tan admirable que gozan los hijos de Dios y que vale más que todos los reinos y señoríos del mundo.

   Esta es aquella paz que experimentan los santos, y que, según San Pablo, sobrepuja a todo encarecimiento (Phil IV, 7); paz que vence a todos los placeres de los sentidos, a todos los festines y banquetes, a todos los honores y satisfacciones que puede proporcionar el mundo, los cuales, si bien halagan nuestro cuerpo, en el momento de disfrutarlos, pero siendo como son vanos y perecederos, lejos de apagar nuestras ansias de gozar, afligen el espíritu, asiento del verdadero placer. Por esto Salomón, después de haber gustado la copa de toda suerte de placeres, exclamaba angustiado: Todo esto es vanidad y aflicción de espíritu (Eccl., IV. 6). El hombre santo, dice el Eclesiástico, permanece en la sabiduría como el sol, pero el necio cambia como la luna (Eccli., XXVII, 12). El necio, es decir, el pecador, muda como la luna, que hoy crece y mañana mengua; hoy lo veréis reír, mañana llorar; hoy está manso y tranquilo, mañana furioso como un tigre. Y ¿por qué? Porque su contento depende de las cosas prósperas o adversas que le acaecen, y por eso cambia según soplan vientos prósperos o adversos. Mas el justo es bien así como el sol, siempre igual, siempre sereno y tranquilo, porque su contento está fundado en la conformidad de su voluntad con la de Dios, y por eso goza de una paz imperturbable. Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad, cantaban los ángeles en el nacimiento del Señor, cuando se aparecieron a los pastores. Y ¿quiénes son estos hombres de buena voluntad, sino los que viven siempre unidos a la ley de Dios, que es sumamente buena, agradable, perfecta, como dice San Pablo? (Rom., XII, 2). En efecto, Dios no quiere sino lo mejor y más perfecto.


   Los santos, conformándose con la voluntad divina, han gozado en la tierra de un paraíso anticipado. “Los antiguos Padres del desierto, dice San Doroteo, vivían en una paz inalterable, por recibir todas las cosas como venidas de la mano de Dios.” Santa María Magdalena de Pazzi, con sólo oír estas palabras: voluntad de Dios, experimentaba dulzuras tan inefables, que salía fuera de sí para caer en un éxtasis de amor. Verdad que la parte inferior no dejará de sentir los golpes de la adversidad, pero todo esto no pasará de la parte inferior, porque en la porción superior del alma reinará la paz y tranquilidad estando la voluntad unida a la de Dios, verificándose lo que prometió Jesucristo a sus discípulos, cuando les dijo: Nadie os arrebatará vuestro gozo... vuestro contento será pleno y perfecto (Jo., XVI, 22,24). El que está identificado con la voluntad de Dios goza de una paz plena y perpetua: plena, porque, como ya dijimos, tiene cuanto quiere y perpetua, porque nadie le podrá arrebatar este gozo inefable, y por otro lado, nadie podrá estorbarle que se cumpla en él la voluntad de Dios.

   Refiere el P. Juan Taulero que después de haber pedido con muchas instancias al Señor que le enviase algún maestro que le enseñase el camino más corto para llegar a la santidad, oyó cierto día una voz que le dijo:

— Vete a la iglesia, y en el pórtico hallarás lo que pides.

Fue y a la puerta sólo halló un mendigo descalzo y harapiento.

—Buenos días, hermano, dijo saludando al mendigo.

—Maestro, respondió el pobre, no me acuerdo de haber tenido jamás un día malo.

—Pues bien, que Dios te conceda vida feliz, repuso el religioso.

— ¡Pero si yo, contestó el mendigo, jamás he sido infeliz! Y no se maraville, Padre mío, prosiguió diciendo, de que le haya dicho que no he tenido ningún día desgraciado, porque cuando tengo hambre, alabo a Dios; cuando nieva o llueve, bendigo a Dios; cuando las gentes que pasan, me desprecian o me miran con asco, o experimento alguna otra miseria, doy gloria a Dios. Le dije además que nunca he sido infeliz, y también es verdad, porque estoy acostumbrado a querer en todo y por todo lo que Dios quiere. Todo lo que me sobreviene, sea dulce, sea amargo, lo recibo de su mano con alegría, considerando que es lo mejor para mí, y este es el fundamento de mi felicidad.

— Y si después de padecer tanto, replicó Taulero, Dios quisiera condenarte, ¿qué dirías?

— Si Dios quisiera condenarme, contestó el mendigo, con humildad y amor abrazaría a mi Señor, le tendría tan fuertemente abrazado, que si quisiera precipitarme en el infierno, sería necesario que viniera conmigo, y entonces sería más feliz con El en el infierno, que sin El gozando de todas las delicias inefables del cielo.

—Y dime, pobre hermano mío, ¿dónde has hallado a Dios?

—Lo he hallado, respondió, al abandonar las criaturas.

—Pero tú ¿quién eres?, preguntó Taulero.

—Yo soy rey, contestó el mendigo.

—Y tu reino ¿dónde está?

—Mi reino está dentro de mi alma, donde todo lo tengo bien ordenado, porque las pasiones obedecen a la razón y la razón a Dios.

—Taulero le preguntó entonces cómo había alcanzado tan alta perfección, y el mendigo le contestó:

—Callando, evitando la conversación con los hombres y hablando con Dios; en la unión y trato familiar con mí Señor está fundada la paz y todo el contento que yo disfruto.


A este estado de perfección había llegado un mendigo, merced a su conformidad con la voluntad de Dios; en medio de su pobreza era a buen seguro más rico que todos los monarcas de la tierra, y en sus padecimientos y trabajos gozaba de felicidad más cumplida que todos los mundanos, nadando en terrenales deleites.

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