lunes, 2 de octubre de 2017

CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS (2° parte) –– Por San Alfonso María de Ligorio






Debemos conformamos con la voluntad de Dios en la adversidad 
como en la prosperidad.


   La perfección de esta virtud exige que nuestra voluntad esté unida a la de Dios en todos los sucesos de nuestra vida, ya sean prósperos, ya adversos. Cuando se trata de sucesos prósperos, hasta los pecadores saben aceptar gustosos las disposiciones de Dios; pero los Santos saben identificarse con su voluntad santísima aun en las cosas adversas y contrarias a su amor propio; en éstas es donde se aquilata nuestra virtud y se aprecia el valor de nuestra perfección. Decía el B Padre Juan de Ávila “que vale más en la adversidad un gracias a Dios, un bendito sea Dios, que seis mil gracias de bendiciones en la prosperidad”.

   Además, no sólo debemos recibir con resignación los trabajos que directamente nos vienen de la mano de Dios, como las enfermedades, las desolaciones de espíritu, la pobreza, la muerte de los parientes, sino también las que nos vienen por medio de los hombres, como son los desprecios, las calumnias, las injusticias, los hurtos y toda suerte de persecuciones. No debemos perder de vista que cuando alguno nos ofende en la fama, en la honra o en la hacienda, si bien Dios no aprueba el pecado del ofensor, quiere, esto no obstante, nuestra humillación, nuestra mortificación y pobreza. Es cierto, y de fe, que nada sucede en el mundo sino por voluntad y permisión de Dios. Yo soy el Señor, dice por Isaías, que formó la luz y creó las tinieblas; yo soy el que hago la paz y envío los castigos (Is., XLV, 6). De la mano de Dios nos vienen todos los bienes y todos los males, es decir, las cosas que nos molestan y que falsamente llamamos males: porque en realidad son bienes, cuando las aceptamos como venidas de parte del Señor. ¿Descargará alguna calamidad sobre la ciudad, pregunta el profeta Amós, que no sea por disposición del Señor? (III, 6). De Dios vienen los bienes y los males, había ya dicho el Sabio, la vida y la muerte, la pobreza y la riqueza (Eccli., XI, 14).

   Verdad es, como acabamos de decir, que cuando un hombre te ofende injustamente, Dios no quiere el pecado que el otro comete, ni aprueba la malicia de su voluntad, aunque el Señor presta su general concurso a la acción material del que te injuria, te roba o te hiere; por tanto, el trabajo que padeces ciertamente lo quiere Dios y por su mano te lo envía. Por eso dijo el Señor a David que Él era el autor de las injurias que debía causarle Absalón, hasta el punto de quitarles en su presencia a sus mujeres, en castigo de sus pecados. Yo, le dijo el Señor, haré salir de tu propia casa los desastres contra ti, y te quitaré tus mujeres delante de tus ojos, y dárselas a otro (II Reg., XII, 1). También predice a los hebreos que, en justo castigo de sus iniquidades, lanzará contra ellos a los asirios, para que los despojen y arruinen. ¡Ay de Asur! , dice el Señor por Isaías, vara y bastón de mi furor, enviarle he contra un pueblo fementido, y daréle mis órdenes para que se lleve sus despojos, y le entregue al saqueo y le reduzca a ser pisado como el polvo de las plazas (Is., X, 5). La impiedad de los asirios era como un hacha en manos de Dios para castigar a los israelitas. Y el mismo Jesucristo dijo a San Pedro que su Pasión y Muerte no tanto le venía de la malicia de los hombres, como de la voluntad de su Padre, El cáliz que me ha dado mi Padre, le dijo, ¿he de dejar yo de beberlo? (Jo., XVIII, 11).

   Cuando el mensajero (algunos quieren que sea un demonio) fue a anunciar al santo Job que los sabeos le habían robado toda su hacienda y que habían sido muertos todos sus hijos, ¿qué respondió? Estas muy expresivas palabras: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó (Job., I, 21). No dijo, el Señor me ha dado los bienes y los hijos, y los sabeos me los quitaron; sino que, con mejor acuerdo, dijo: “El Señor me los dio, el Señor me los quitó”; porque sabía muy bien que la pérdida sufrida era conforme a su soberana voluntad, y por eso añadió: Se ha hecho lo que es de su agrado; bendito sea el nombre del Señor.


   Por consiguiente, los trabajos que pesan sobre nosotros debemos mirarlos, no como cosas que suceden al acaso y por la sola malicia de los hombres, sino que debemos estar persuadidos de que cuanto sucede es por voluntad de Dios. “Todo cuanto nos acaece contra nuestra voluntad, dice San Agustín, hemos de convencernos que todo sucede por voluntad de Dios”. Cuando Atón y Epicteto, preclaros mártires de Jesucristo, eran torturados por el tirano con uñas de hierro, que araban sus carnes, y teas encendidas que abrasaban su cuerpo, no decían más que estas palabras: “Cúmplase, Señor, en nosotros tu santísima voluntad”. Y cuando llegaron al lugar del último suplicio, alzando la voz, añadieron: “Bendito seas, Dios eterno, porque nos ha dado la gracia de que se cumpla por entero en nosotros tu voluntad”.


   Refiere Cesáreo que en cierto monasterio había un monje que, no obstante llevar vida ordinaria y no más austera que los demás, había alcanzado tal grado de santidad, que con sólo tocar sus vestiduras sanaban los enfermos. Maravillado el Superior de lo que veía, llamólo un día aparte, y le preguntó por la causa de hacer Dios por él tantos milagros, siendo así que no llevaba vida más santa y ejemplar que los otros. “Tampoco dejo yo de maravillarme, respondió el monje, de lo que hago”. —Pero, ¿cuáles son tus devociones y penitencias, tornó a preguntar el Abad? A lo que el buen religioso contestó, que bien poco o nada era lo que hacía; pero tenía particular empeño en conformarse en todo con la voluntad de Dios, y que el Señor le había otorgado la singular merced de abandonarse en manos del querer de Dios. Ni las cosas prósperas me levantan ni las adversas me abaten, porque yo las recibo todas como venidas de las manos de Dios, y a este fin enderezo mis oraciones, esto es, para que se cumpla en mí toda su perfección santísima. —Pero, ¿no te turbaste e inquietaste el otro día, prosiguió preguntando el Superior, cuando aquel caballero, nuestro contrario, nos arrebató los medios de subsistencia pegando fuego a nuestra granja donde teníamos nuestro trigo y nuestra hacienda? —No, Padre mío, replicó el monje, antes di gracias al Señor, como acostumbro hacerlo en semejantes casos, sabiendo como sé que todo lo hace o permite para su mayor gloria y para nuestro mayor provecho, y de esta suerte vivo siempre contento en todos los sucesos de la vida. Después de oír estas palabras, ya no se maravilló el Abad que obrase tan grandes milagros aquella alma que tan identificada estaba con la voluntad de Dios.

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