jueves, 1 de junio de 2017

Del intenso grado a que suelen llegar las tentaciones sensuales – Por el M. R. P. Fray Antonio Arbiol




   La santa Iglesia de Dios hace pública rogativa a su divina Majestad diciéndole en las Letanías mayores: “Del espíritu de fornicación, líbranos Señor.” En esto se conoce cuán formidable es este pernicioso y feo vicio, pues en especial pedimos al Señor que de él nos libre, por su infinita bondad y misericordia. Conócese también de lo que dice el Sábio, que ninguno puede ser continente y casto, si Dios no lo concede. Así se dice en el sagrado Libro de la Sabiduría, notando que de sola la divina mano depende el serlo, para que con todo nuestro corazon lo pidamos al Señor (Sap. VIII, 21). El santo Job confiesa lo mismo, diciendo, que nadie puede hacer casto y limpio al que de inmunda fuente fué concebido (Job. XIV). Esto nos ha de obligar a clamar a Dios para que nos libre de las horrendas y porfiadas tentaciones contra la castidad y pureza, pues no tenemos otro medio (la oración) para conseguir tan grande bien.

   No hay digna ponderación humana para explicar la excelencia del alma pura, casta y continente. Así lo dice también el Sábio ilustrado de Dios: más toda ponderación no es digna del alma continente (Eccles. XXVI, 20). Y por eso, cabalmente, se pone tan rabioso y enfurecido todo el infierno contra las almas puras y castas.

   El grande San Antonio Abad dijo a sus monjes, que eran innumerables las artes y astucias del demonio para tentar y engañar a las almas. Por eso, cuando Lucifer cayó del cielo, se oyó aquella lamentable voz que dijo: ¡Ay de ti tierra y mar! porque baja a vosotros el diablo, con grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo, para tentarlas y perderlas (Apoc, XII, 12). Esta furia de los demonios se encamina más reciamente contra todas las personas amadoras de la pureza y castidad, por lo mismo que Dios las ama tanto. Más aunque algunos ponderan tanto sus tentaciones que digan que absolutamente no pueden resistirlas, se engañan, y no dicen verdad; porque el Apóstol san Pablo dice lo contrario, y es de fe católica, que Dios es fiel, y no permitirá que ninguno sea tentado más de lo que pueda tolerar asistido de su divina gracia (Cor. X, 13). Otros dicen, que aunque viesen el infierno abierto, no se pueden detener, según es la vehemencia y fiereza de su tentación. Estas y otras semejantes ponderaciones explican el furor y fuego de las tentaciones; pero no pueden tomarse al pié de la letra, pues el Espíritu Santo dice: Acuérdate de los novísimos y jamás pecarás (Eccles. VII, 14); y en consecuencia, con la gracia de Dios, la tentación, por viva que sea, siempre puede resistirse. De algunas personas santas se refiere, que viéndose muy tentadas de liviandad, aplicaron fuego material a su cuerpo; mas de ninguna se sabe que no se remediase luego con esta diligencia. ¿Quién de vosotros, dice el profeta Isaías, podrá habitar con el fuego devorador? ¿Quién morará con los ardores sempiternos? (Is. XXXIII, 14).

   De tres causas, dice san Buenaventura, suele proceder que las tentaciones de liviandad suban mucho de punto, de tal modo que lleguen a parecer intolerables:

   La primera es, si nuestro pensamiento no se aparta, ni la imaginación advierte de la idea torpe que se le representa. Si la representación indigna va y viene una y otra vez, conmueve los humores malignos, que a manera de un fuego, encienden la sangre, y aumentan la tentación de un modo que parece no ser posible el resistirla. El remedio, es, pues, desviar prontamente la imaginación a otra cosa, aunque sea natural o indiferente; y se verá por experiencia que calma aquella fiereza de la tentación, en no pensando en ella. Pero mientras la imaginación no cesa, la tentación camina siempre en aumento.

   La segunda causa de crecer tanto las tentaciones de esta especie, es, porque el alma no está bien resuelta a despreciarlas y quitarlas, y arrojar lejos a Satanás, y así se pierden. Fíanse en que es cosa leve lo que hacen, y engáñanse, y así vienen a perecer miserablemente. El remedio es una resolución firme, firmísima, de morir antes que pecar, y a consecuencia de ella, evitar todas las ocasiones y peligros por pequeñas y especiosas que parezcan.

   La tercera causa de la vehemencia de estas tentaciones suele provenir de un sutil y pernicioso engaño que el demonio persuade a gente timorata, que nunca se ha manchado con lo abominable de esos vicios, que el deleite es sumo y grandemente apetecible; y que una vez experimentado, saciará para siempre. Esta tentación se funda en dos horribles engaños del demonio, claramente falsos; porque, la experiencia, lejos de saciar, enciende un furor horrible, que exige nuevas culpas, y que hace a los vicios, y en especial al de la liviandad, como hemos visto, insaciable; y por otra parte los deleites abyectos, dado que sean vivos e intensos, ¡pero son tan infames! ¡Tan momentáneos! ¡Tan asquerosos! llenan al alma de tan negros remordimientos, que no debieran de probarse jamás.



“ESTRAGOS DE LA LUJURIA Y SUS REMEDIOS”

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