jueves, 23 de marzo de 2017

La adoración en espíritu y en verdad (Parte I) Una lectura maravillosa para los que gustan de visitar a nuestro Señor en la Eucaristía.




     “El Padre busca adoradores en espíritu y en verdad.” (Juan. VI, 23.)


   La Adoración eucarística tiene por objeto la divina Persona de Nuestro Señor Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento.

   Allí está vivo, queriendo que nosotros le hablemos para hablarnos Él a su vez.

   Todo el mundo puede hablar a Nuestro Señor. ¿No está allí para todos? ¿No nos ha dicho: Venid todos a mí?

   Y este coloquio que se establece entre el alma y Nuestro Señor es la verdadera meditación eucarística: en esto consiste la adoración.

   Todo el mundo tiene la gracia para ello. Mas para hacerlo con éxito y evitar la rutina o la aridez del espíritu y del corazón, es necesario que los adoradores se inspiren en los gratos atractivos de los diversos misterios de la vida de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen o de las virtudes de los Santos, a fin de honrar y glorificar al Dios de la Eucaristía por todas las virtudes de su vida mortal, así como también por las de todos los Santos, para quienes Él fué la gracia y el fin, y hoy es la corona de gloria.

   Considera la hora de adoración que se te ha concedido como una hora del Paraíso; ve allí como se va al cielo, al banquete divino, y esta hora será deseada y saludada con plácemes. — Agita suavemente en tu corazón el deseo de esta hora. Di: “Dentro de cuatro horas, de dos horas, de una hora, iré a la audiencia de gracia y de amor de ¿Nuestro Señor Jesucristo : Él me ha invitado, me espera y desea tenerme a su lado.”

   Cuando la naturaleza os depare una hora penosa, regocijaos más en la presencia de Dios: vuestro amor será más grande porque sufrirá más: esta es la hora privilegiada que será contada por dos.

   Cuando por enfermedad o imposibilidad no podáis hacer vuestra adoración, dejad que vuestro corazón se contriste un instante: constituíos luego en adoración, en espíritu juntamente con aquellos que hacen su adoración en aquel momento: en vuestro lecho de dolor, en los viajes o durante el trabajo que os ocupa, guardad un mayor recogimiento durante esa hora, y conseguiréis el mismo fruto que si hubieseis podido ir a los pies del buen Señor: esta hora será tenida en cuenta, y tal vez doblado su valor.

   Id a Nuestro Señor tal y como sois: que vuestra meditación sea natural. —Agotad vuestro caudal de piedad y de amor antes de hacer uso de los libros; aficionaos al libro inagotable de la humildad y del amor. — Que os acompañe un libro piadoso para volveros al buen camino cuando el espíritu se extravía o cuando vuestros sentidos se adormecen, está muy bien; pero tened presente que nuestro buen Señor prefiere la pobreza de nuestro corazón a los más sublimes pensamientos y afectos tomados de otros.

   Sabed bien que Nuestro Dios y Señor quiere nuestro corazón y no el de otros: Él quiere el pensamiento y la oración de este corazón como la expresión natural de nuestro amor hacia Él.

   Frecuentemente es fruto de un sutil amor propio, de la impaciencia o de la cobardía, el no querer ir uno al Señor con su propia miseria o su humillada pobreza; y sin embargo, esto es lo que el Señor prefiere a todo lo demás, esto es lo que Él ama y bendice.

   Os halláis en la aridez, pues glorificad la gracia de Dios, sin la cual nada podéis; abrid entonces vuestra alma al cielo, bien así como la flor abre su cáliz a la salida del sol para recibir el rocío bienhechor.

   Os halláis en la más completa impotencia, el espíritu entre tinieblas, el corazón bajo el peso de su frivolidad, el cuerpo atormentado por el dolor; haced entonces la adoración del pobre; salid de vuestra pobreza e id a habitar junto al Señor, o bien ofrecedle vuestra pobreza para que Él la trueque en riqueza: esto es una gran obra digna de su gloria.

   Mas os encontráis tal vez en el estado de tentación y tristeza, todo se conjura contra vosotros, todo os lleva a abandonar la adoración con, el pretexto de que ofendéis a Dios, que le deshonráis más bien que le servís; no prestéis oídos a esta tentación especiosa; en esto consiste la adoración del combate, de fidelidad a Jesús contra vosotros mismos. No, no, no le desagradáis; antes por el contrario, causáis las delicias de vuestro Señor que os está mirando, y que ha permitido a Satanás que turbe vuestra tranquilidad. Él espera de nosotros el homenaje de la perseverancia hasta el último minuto del tiempo que debíamos consagrarle.

   Que la confianza, la sencillez y el amor os conduzcan, pues, a la adoración.



“LA DIVINA EUCARISTÍA”

San Pedro Julián Eymard


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