jueves, 16 de marzo de 2017

Dios ha establecido la confesion, para que los pecadores puedan salvarse, el demonio hace que abusen de ella callando pecados para que se condenen.




   COMENTARIO: Esta es una lectura que estoy seguro muy pocos católicos lo han leído. ¿Por qué digo esto? Muy simple, porque el demonio jamás querría que lo hicieras, pues ella te abrirá los ojos a un pecado que lleva miles y miles de almas al infierno en visión de Santa Teresa. La vergüenza te lleva a callar pecados en la confesión y a cometer sacrilegio. El sacrilegio es un pecado mortal. Si te toma la muerte antes de haberlo confesado tu condenación es segura. Todavía estas a tiempo o talvez no…Si quieres puedes pasar por alto esta publicación, pero quien sabe no sea la última oportunidad, el último llamado que Dios te hace para no caer en el infierno donde sufrirás las penas más inimaginables por toda la eternidad. Tómalo a la ligera y exponte a convivir con los demonios por siempre, o tómalo con seriedad, léelo, toma conciencia del grave estado y el peligro que corre tu alma y corrige tu destino, en tus manos esta.

   Es un dogma de fe, que para que el pecador sé justifique y alcance de Dios, el perdón de sus culpas, es necesario que confiese todos los pecados mortales que después de un diligente examen, conoce que ha cometido contra el Señor; y la Iglesia condena como hereje al que se atreve a negar que la confesion sacramental es necesaria por derecho divino para, la salvación eterna (Trento Sesión 14, Canon 6.) Desde el momento que hubo pecadores en el mundo, el mismo Dios ha instituido la confesion remedio contra el pecado, y para que por ella pudieran preservarse los pecadores de caer en las eternas llamas del infierno. Luego que pecaron nuestros primeros padres, quebrantando el único precepto positivo que Dios les había impuesto, el Señor se dejó ver entre las amenas florestas del paraíso, y llamando a Adán por su nombre, le dice: ¿Adán, Adán dónde estás? Adán, padre de todos los hombres y figura de los pecadores, apenas quebrantó el precepto de Dios, huyó y fue a esconderse; porque el pecador huye siempre de Dios para pasarse al bando del enemigo. Pero ¿por qué le pregunta el Señor dónde está? ¿Ignoraba acaso Dios el sitio en donde se había escondido? No. Lo que le pregunta es por el estado triste, abierto, lamentable y de perdición en que había caído por la culpa, para que mejor lo reconozca, se arrepienta y la confiese, como con otros PP. y expositores afirma S. Ambrosio (Apud Cornelio Alapide in Gen. Cap. 3.). Adán lleno de vergüenza y confusión, hace aquella humilde confesion de su pecado, diciendo. Comedi: Señor he comido del fruto del árbol prohibido. Eva sigue el ejemplo de Adán, y confiesa también su delito, Comedi: he comido Señor de la fruta que nos habíais prohibido. Oída esta humilde confesion de Adán y de Eva, el Señor les perdona, y no los arroja a los infiernos como a los ángeles rebeldes, impone a cada uno su respectiva penitencia; a Adán, que comería el pan con el sudor de su rostro, á Eva que pariría los hijos con dolor (Génesis. cap. 4)  y les deja la esperanza de salvación por medio del Redentor, que había de nacer de la bendita y singular mujer, que entonces mismo les promete. Adán y Eva enseñaron a sus hijos con el mayor cuidado la confesion de los pecados, como el único remedio, que con el arrepentimiento les había quedado después de su desgracia. Los Patriarcas, los Profetas y los justos todos de la antigua ley la han practicado constantemente, y la confesion de los pecados ha venido a ser un dogma tradicional, que pasando de generación en generación, se infiltró de tal manera en la naturaleza humana, que se conservó al través de los siglos y del naufragio de las primitivas creencias aun en los mismos pueblos paganos, si bien mezclada con vicios y prácticas supersticiosas. El mismo Dios renovó después la obligación de confesar los pecados, imponiendo a los hebreos un precepto especial de la confesion, cuando dijo a Moisés: Di a los hijos de Israel; hombre o mujer, cuando cometieren alguno de los pecados que suelen acaecer a los hombres... confesarán su pecado (Números. Cap. 5. V.7.)

   En la ley de gracia; la confesion de los pecados tiene un nuevo carácter. Al ver Jesucristo que eran muchísimas las almas que se perdían eternamente por no tener aquella contrición que indispensablemente se requería para recobrar la gracia y borrar los pecados, instituyó el augusto sacramento de la penitencia, del cual forma parte esencial la confesion de los pecados que se hace al Sacerdote. Pocos días antes de su ascensión a los cielos, se presentó en medio de sus discípulos, y en actitud de Maestro, de legislador y de Dios, les dijo con acento de majestad: Asi como el Padre me ha enviado a mí, yo os envió a vosotros; y luego sobre ellos añadió: Recibid el Espíritu Santo, aquellos a quienes les perdonareis los pecados les serán perdonados; y aquellos a quienes los retuviereis les serán retenidos (Juan. Cap. 20.) Con este, soplo divino, símbolo del Espíritu Santo que les daba en el envolvió a los Apóstoles en una atmósfera divina, y con las magníficas palabras que añadió a este acto misterioso, instituyó el sacramento de la Penitencia, he hizo a los Apóstoles, y a sus legítimos sucesores en el sacerdocio, sus representantes y delegados en la grande obra de la reconciliación de los hombres, invistiéndoles de la omnipotente facultad de perdonarles los pecados. Esta facultad y poder sobre las almas, es tan extenso como podía serlo siendo derivado de Aquel a quien fue dado todo poder en el cielo y en la tierra; no tiene restricción, excepción ni límites, puesto que no hay pecado, crimen ni atentado alguno, por enorme y horroroso que sea, qué no pueda ser borrado enteramente y para siempre por la gracia de este sacramento, cuando se recibe con las disposiciones necesarias de manos de un sacerdote legítimamente ordenado, y revestido de la jurisdicción necesaria. Esta autoridad que el Salvador otorgó entonces a los sacerdotes es tan grande, que penetra hasta en los cielos, puesto que Dios ratifica allí la sentencia que sus Ministros pronuncian en la tierra. Más para que estos puedan ejercerla, es indispensable que sepan los pecados que han de perdonar y los que han de retener; es preciso que el Sacerdote al desempeñar este sublime ministerio, conozca el número, malicia y circunstancias agravantes o que mudan la especie de los pecados; es necesario que se penetre bien del estado en que se halla el alma del penitente; si tiene dolor, si se arrepiente de sus culpas, si repara sus injusticias, si perdona a sus enemigos, en una palabra, que vea si merece o no el perdón, según las disposiciones que encuentra en él. Tal es la regla establecida por el mismo Jesucristo en la institución de este augusto sacramento, según la cual, el penitente tiene precisamente que manifestar todos, sus pecados en ese tribunal secreto al Sacerdote, sin omitir ninguno, porque uno solo grave que omita, basta para profanar horriblemente el sacramento, y cometer un abominable sacrilegio. Esta obligación de confesar todos sus pecados, ha sido impuesta por él mismo Dios al pecador, si falta a ella en todo o en parte, ¿Cómo es posible que pueda alcanzar el perdón? El mismo Dios ha constituido al Sacerdote Juez de las conciencias ¿y cómo ha de resolver con acierto sobre una causa, cuyas piezas ignora, y cuyas alegaciones no ha escuchado? ¿Cómo ha de pronunciar un fallo absolutorio sobre un delito que no conoce, porque el culpable no se lo declara?


   Para que Dios otorgue al pecador el perdón de sus culpas, es necesario que la misericordia y la verdad, se encuentren en el sacramento de la penitencia, y se den allí aquel beso de paz, de que habla David (Psalm. 84. V. 11.). Es necesario que la verdad brote de la tierra ingrata del corazon del pecador, para que la gracia que viene del cielo, le justifique. Es de todo punto indispensable que la verdad salga de la boca del pecador confesando todas sus culpas sin ocultar ninguna, para que la misericordia de Dios descienda del cielo sobre su alma, y la purifique de ellas. Si el pecador no dice la verdad, cierra la boca y retiene el pecado en su corazon no confesándolo, Dios retiene también su misericordia, no abre su corazón sobre el pecador, le maldice y le declara indigno de  sus gracias. La boca que miente mata al alma, dice el Espíritu Santo (Sapient. Cap. 1° v. 11.) y nunca se verifica tanto esta terrible verdad, como cuando el pecador miente en la confesion callando algún pecado. ¿Y de qué proviene que tantos pecadores, a pesar de saber esto mismo, mienten descaradamente en el tribunal sagrado ocultando sus culpas, y en vez de hallar allí la bendición del Padre celestial hallan, la maldición? Proviene que el demonio para perder al hombre eternamente, y hacer inútiles los misericordiosos pensamientos de Dios con respecto a él se valió siempre de la mentira. Con la mentira engañó a nuestros primitivos padres diciéndoles en las tres palabras ocho mentiras, y de la mentira se vale para impedir que el pecador se reconcilie con Dios en la confesión incitándole a callar allí sus culpas. No siéndole posible poner obstáculos a la efusión de la misericordia de Dios ni retraer a los cristianos de la confesión, a pesar de las burlas y blasfemias que surgiere a los impíos y a los herejes contra ella, acomete al infeliz pecador cuando va a confesarse con sugestiones y artificios infernales, y en ellos se cierra la boca para que no diga la verdad y calle algún pecado, y de esta manera consigue que la Misericordia de Dios no venga sobre él, y quede en peor estado como si nunca se hubiera confesado. ¡Oh! El tentador infernal sabe muy bien, que en el momento que el pecador confiese sus culpas al Sacerdote con verdadero arrepentimiento y reciba la absolución, todas, por horrendas que sean, se le perdonan, y que desde entonces el Señor no se acuerda de todas las maldades que obró como el mismo dice por un profeta (Ezequiel. Cap. 18. V. 22.),  que vuelve a la gracia y amistad de Dios, y que un alma tan fea y asquerosa como estaba por la culpa, queda más hermosa y más blanca que la nieve con la gracia que recibe. ¿Y cómo no ha de hacer colosales esfuerzos para impedir que esas almas que él tenía ya por suyas, se le escapen del infernal lazo en que las tenía aprisionadas, y recobren la dicha y libertad de hijos de Dios, por medio de la confesion y el arrepentimiento? ¿Cómo no ha de poner en juego toda su astucia y refinada malicia, para que no triunfen de el en la confesion, y cierren con ella el espantoso calabozo que las tenía ya preparado en el infierno, y en donde solo esperaba con ansia la muerte para sepultarías eternamente? ¡Oh! La rabia y la desesperación se apoderan de él y le roen las entrañas, por cada alma que resueltamente confiesa todos sus pecados al Ministro de Dios, porque esa alma deja de pertenecerla, deja de ser suya y de gemir en su infame cautiverio. Por eso no cesa de repetir al oído de los pecadores tentación del desierto: “dejante caer en las culpas, pasa por encima de esos sacrilegios, no confieses ahora esos pecados tan vergonzosos, déjalos para mejor ocasión, que no te faltarán ministros de Dios que te salven.” Y haciendo de esta manera incentivo del pecado del mismo, remedio del pecado dice un Santo Padre (San Ambrosio) emboba y atontece a los desgraciados pecadores que se dejan sorprender de él, les hace ir bebiendo como agua las maldades (Job. Cap. 15. V. 16.), hasta que viene la muerte a precipitarlos en el infierno.

   ¡Desgraciado el pecador que hasta este punto se deja vencer de las astutas solicitaciones del tentador infernal! ¿De qué le han servido sus confesiones, omitiendo en ellas algún pecado? De salir de allí más abominable todavía a los ojos de Dios de lo  que había venido; de haber hecho cada vez más difícil, su conversión; de haber profanado  la sangre de Jesucristo, y horrorizado a los mismos ángeles, y de haberse  dejado marcar con el sello de la reprobación que lleva impreso en el alma, mientras que con una buena confesion no repare tantas maldades. Su malicia, la malicia y perversidad de ese desdichado pecador, solo es comparable con la del mismo demonio, pues como dice San Agustín, el pecar es de hombres, el arrepentirse confesando sus culpas es de pecadores, pero retener el pecado en su corazon sin querer confesarlo, eso es propio de demonios. De manera que en el pecar convienen el hombre y el demonio culpable, la  diferencia está en que este se humilla y confiesa su pecado, mientras el demonio se obstina querer confesar su delito.

   ¿Qué diferencia hay por consiguiente entre el pecador que no confiesa el suyo y el demonio? Tan poca, que según la doctrina del Santo Obispo de Hipona, el que calla algún pecado en la confesion, puede llamarse un hombre-demonio. ¿Y qué tiene que esperar ese insensato pecador, sino el ir a ser compañero de los demonios y atormentado eternamente por ellos en los abismos infernales? La confesion sincera de sus culpas, es el único remedio que le queda para librarse de las eternas llamas, y si a esta no se acoge pronto, en ellas caerá indispensablemente el día menos pensado. ¿Para cuándo espera descubrir al Ministro de Dios ese fatal secreto que ocultó en tantas confesiones? “Para más adelante, para mejor ocasión” le dice el enemigo. ¡Insensato! Ese porvenir que te promete Satanás para perderte no puedes contar con el, una muerte desastrosa te sorprenderá impensadamente, y entre ella y el infierno, no mediará más que el juicio de Dios, en donde comparecerás cargado de pecados para recibir la formidable sentencia de condenación eterna. Asi puntualmente sucedió a aquella Princesa de Inglaterra de quien varios autores nos refieren el siguiente suceso…

EJEMPLO.

   Huguberto, rey de Inglaterra, tuvo una hija de tan singular hermosura, que la llamaban el prodigio de la naturaleza, y lo que la hacía aún más apreciable, era el que a su rara belleza añadía un conjunto de virtudes extraordinarias. Nunca fué posible hacerla consentir el que se casara, por más que muchos reyes y príncipes solicitasen su mano con empeño. En lo mejor de su edad murió esta Princesa, con sentimiento general de todo él reino, que la veneraba por su ejemplar virtud. Una señora que fuera aya suya, y que la quería mucho, deseaba con ansia saber cuál fuera la suerte de su señora en el tribunal de Dios, y le rogaba todos los días que se dignara manifestárselo. Estando pues una noche en oración, abrióse con gran ruido la puerta de su aposento, y vió entrar por ella una gran multitud de demonios, que traían atada con una cadena entrelazada de escorpiones un alma en figura de mujer. Turbóse la señora a vista de aquel horrible pero el alma le dijo: “no te turbes, sabe que soy la hija del rey Huguberto, y que estoy condenaba al infierno para siempre.” Al oír esto la señora exclamó ¡Dios mío! ¿Qué es esto? ¿Quién se salvará si esta se ha condenado? Entonces el alma la interrumpió diciéndole: mía es toda la culpa y no de Dios, que bastantes avisos me dió si yo quisiera aprovecharme de ellos. Ya sabes que fui siempre muy aficionada a la lectura, y cuando me cansaba solía llamar a un page que me leyese. Este al retirarse me besaba la mano, y pasado algún tiempo lo hacía con maleada señal de afección, y viendo que yo disimulaba, se atrevió a mas, y llegué a caer en pecado. Al querer confesarme, me pareció que el confesor se espantaba demasiado de que una persona de mis circunstancias, cayera en ese delito, y procuré desimpresionarle diciendo que solo fuera un pecado de pensamiento en sueños, y callé el verdadero después muchas limosnas y penitencias para que Dios me lo perdonase, pero ¡ay! no era posible sin confesarlo, y yo nunca lo confesé. El Señor me dió muchos avisos e inspiraciones para que me venciera y lo confesara, pero por más que algunas veces hacía propósito de hacerlo, nunca me resolví a manifestarlo. Al agravarse mi última enfermedad, parecióme oír una voz que me decía: “confiésate que aún hay tiempo.” Hice llamar al confesor, le dije que era una gran pecadora que me oyese; el me respondió que eran, tentaciones y que no hiciese caso; a poco espiré, y al ir al juicio de Dios he sido entregada a los demonios, que me arrebataron a los infiernos, en donde seré atormentada mientras Dios sea Dios. Dicho esto desapareció, aquella espantosa visión con un ruido infernal dejando un olor pestilencial que duró por muchos días.

   Cristiano que esto lees, u oyes leer ¿has callado también algún pecado en tus confesiones? Pues mira, la lectura de este ejemplo es un aviso que el Señor te envía en su misericordia, como los que enviaba a aquella infeliz Princesa, para que al momento salgas de ese miserable estado por medio de una buena confesion, y no te sorprenda la muerte inconfesa como a ella, y seas sepultado igualmente en los infiernos. ¡Ay de ti si no haces caso de este y otros medios con que el Señor solicita tu conversión! ¿Para cuándo esperas confesar esos pecados que tantas veces has callado? Para mañana. ¿Y no te haces cargo que ese mañana no está en tus manos? Mira que ese mañana es un ardid con que el enemigo te va engañando  para tu perdición. Corre a reconciliarte con Dios, por medio de ese tribunal misericordioso de la confesion; que no te sobrecoja la noche en tan lastimoso estado. Si a aquella desventurada Princesa se la diera lugar de penitencia ¿perdería ni un solo momento? No pierdas tu este que el Señor te concede, no sea que caigas como ella en el infierno, porque allí se cierra la puerta a toda esperanza.


“EL GRAN LAZO DEL INFIERNO”

P. Fr. Andrés María Solla García.



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