miércoles, 1 de febrero de 2017

SAN ANTONIO DE PADUA “CONTRA EL VICIO DE LA USURA”

   


   Después de Ferrara, Antonio se volvió nuevamente a Bolonia, y de aquí a Florencia, si bien esta ciudad no pertenecía a la Provincia que le estaba confiada.

   Allí sucedió el milagro, que narra San Buenaventura, del usurero que fué hallado sin corazón.

   Antonio, lo mismo en Florencia, como también en otras partes; y particularmente en Padua, atacó el vicio de la usura.

   Florencia y Padua tenían la primacía en este pecado. Los ricos banqueros de estas ciudades se habían hecho tan poderosos, que prestaban dinero, no sólo a los particulares, sino también a las casas reinantes, que, por sus continuas guerras, tenían necesidad de dinero. Los pequeños banqueros se contentaban con consumir al pobre pueblo poniendo una tasa que en ciertas determinadas circunstancias alcanzaba casi el cincuenta por ciento. Añádase a esto los abusos que el acreedor podía cometer con el deudor cuando éste no podía satisfacer sus compromisos y se comprenderá bien el motivo de las grandes alabanzas que merecen las invectivas del Santo contra los usureros, y las buenas disposiciones legislativas que algunas veces obtuvo a favor de los deudores insolventes.

   He aquí algunos de los fragmentos de los discursos del Santo sobre esta materia: “La maldita raza de los usureros se ha extendido por toda la redondez de la tierra, y sus dientes son voraces como los de los leones; con ellos mastican el dinero, cenagoso alimento; trituran y devoran continuamente los bienes de los pobres, de las viudas y de los huerfanitos.”

   “Los hay de tres clases. Algunos practican la usura en privado. Son como las serpientes, que se arrastran escondidas, y son innumerables. Otros ejercen la usura abiertamente, contentándose con una compensación menor, con lo que se engañan como si hiciesen una obra de misericordia. Y hay, por fin, una tercera parte, que es la peor, compuesta de pérfidos, desesperados, enfurecidos usureros, que cobran públicamente el tráfico de su oficio. Son estos los animales grandes de que habla el Salmo, porque son más feroces que los otros. Son presa más segura del gran cazador de las almas, que es el demonio. Y son pasto más abundante de la eterna ruina, si no restituyen todo aquello de que ilícitamente se han apoderado y no hacen la conveniente penitencia. Para incitarlos a esto surcan su mar los cazadores de las verdades eternas, y lo surcan con sus naves, y siembran la buena palabra en sus corazones. Más, por justo castigo de Dios, las espinas de las riquezas cobijan a los feroces animales de la usura, y viene a ser sofocada la palabra de Dios, que con tanto cuidado ha sido sembrada; y por esto es por lo que su penitencia resulta infructuosa.”

   “Recordad bien, usureros, que os habéis convertido en presa fácil del demonio: él os posee. Se ha apoderado de vuestras manos, empleándolas para la rapiña, haciéndolas reacias para la beneficencia. Se ha apoderado de vuestro corazón, siempre abrasado de un atormentador anhelo de poseer y negado para todo bien. Se ha adueñado de vuestra lengua, dispuesta a la mentira, al fraude y al engaño, y que ni siquiera puede disponerse para orar al Señor o formular palabras honestas. Las serpientes venenosas quieren con ansia la sangre, y lo mismo hacéis vosotros cuando os mostráis ávidos de los bienes ajenos. Vosotros sois un pueblo desmembrado, oh pueblo de usureros. Como las aves de rapiña y las bestias feroces despedazan los cadáveres, así el demonio de la avaricia despedaza vuestro corazón y lo destroza.”

   “Vosotros sois una ciudad de sangre. Así como la circulación de ésta es la señal de vida, así el pobre vive de sus pequeñas posesiones. Quitad la sangre al cuerpo vivo, y el cuerpo muere. Quitad sus pequeñas posesiones al miserable, y también muere éste. ¡Oh rapaces, oh usureros que robáis lo ajeno, yo os repito: vosotros sois una ciudad de sangre!”

   En Florencia, la ciudad de los poderosos banqueros medioevales, un milagro vino a corroborar la exactitud de su doctrina.

   Había muerto en aquella ciudad un rico usurero, un avaro que a fuerza de usuras había acumulado inmensos tesoros, los que conservaba con celoso cuidado en sus cofres, cuando no los prestaba de nuevo con la más descarada usura. Un día en que el Santo había predicado sobre el maldito vicio, pasando por una plaza se encontró con un cortejo fúnebre. Era el que acompañaba al avaro a la última morada, y estaba precisamente entonces a punto de entrar en una iglesia para hacerle la acostumbrada absolución. Conociendo que aquel difunto estaba condenado, sintió inflamarse su celo por el amor de Dios y quiso sacar partido del suceso para una saludable y cristiana enseñanza.


EL ESPANTOSO SUCESO DEL CORAZÓN DE USURERO

   “¿Qué es lo que hacéis? —Dijo, dirigiéndose a los que lo conducían— ¿Cómo es posible que queráis enterrar en lugar sagrado aquel cuya alma está ya sepultada en el infierno? ¿No creéis por ventura lo que os digo? Pues bien: abrid con un cuchillo su pecho, y hallareis que le falta el corazón, porque su corazón, aún material, está en el lugar donde está su tesoro. Su corazón esta  está en su caja de caudales, junto a sus monedas de oro y plata, y al lado de sus letras de cambio y pólizas de préstamos, en las cuales reposa siempre toda su esperanza y felicidad.”

   La muchedumbre, que estaba ya entusiasmada con el Santo, corrió efectivamente a casa del avaro, exigió tumultuosamente que se abriesen los cofres, y  en uno de éstos fué hallado su corazón, caliente aún y palpitante, la única parte viviente, como si dijéramos, de un cuerpo ya muerto. Se abrió también el cadáver y efectivamente fué hallado sin corazón, permitiéndolo así el Señor para saludable enseñanza y arrepentimiento de tantos avaros de aquella ciudad.

   El sentimiento de veneración del pueblo hacia Antonio no tuvo ya límites después de tan estupendo prodigio, y todos le aclamaban por las iglesias y por las calles, doquier tenían ocasión de encontrarle, hasta el punto de que, para huir de tantas aclamaciones, se salió con todo cuidado, juntamente con el compañero con quien había llegado a aquella ciudad.


“SAN ANTONIO DE PADUA”

Ediciones Paulinas - año 1952

    

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