domingo, 5 de febrero de 2017

Obediencia al confesor, respeto y, reconocimiento.




Discípulo. — Padre, ¿sobre la obediencia al confesor no me dice nada?

Maestro. — La obediencia al confesor, es virtud tan necesaria para el provecho de nuestra alma, que si no se tiene o es defectuosa, será inútil todo empeño. Esa virtud, dice el Santo Padre Cafaso, no conoce ni el infierno, ni el purgatorio, sino tan sólo el Paraíso.

D.¿En qué consiste esa obediencia?

M. — Consiste en estar sinceramente dispuesto a hacer u omitir inmediatamente todo lo que manda el confesor.

M. — Conseguirlo, es cuestión de tiempo y de la gracia de Dios, quien dará sus auxilios en proporción al esfuerzo y a la obediencia de cada uno.

Nadie se hace santo en un día. El confesor sabe muy bien estas cosas, y no se descorazona, aunque se repitan las caídas, seguro de que en tiempo más o menos breve, él y, el penitente serán consolados por el éxito más satisfactorio.
¿Recuerdas el hecho de San Felipe Neri, que trabajó por espacio de muchos años en el alma de aquel jovencito acostumbrado al pecado de impureza y al fin lo curó enteramente e hizo de él un ángel de pureza, con sólo ordenarle que volviera a confesarse cuando recayera en pecado?

D. — Lo recuerdo perfectamente. ¿De modo, Padre, que no conviene disgustarse, ni menos descorazonarse por no llegar a poseer inmediatamente esta obediencia?

M.Todo lo contrario; conviene humillarse siempre y renovar confiadamente los buenos propósitos. Esta es la historia de casi todos los santos más célebres, que en resumidas cuentas, estaban amasados de la misma carne y sangre que nosotros y sujetos a las mismas miserias.

D. — Padre, ¿se encuentran almas dóciles al confesor como niños?

M. — Encuéntrame bastantes. Esas tales desearían que su conciencia fuera como un libro siempre abierto y un espejo siempre terso en las manos del confesor, para que él las pudiera ver y leer claramente. Lejos de temer que las conozca demasiado, temen por el contrario, no poder descubrirse suficientemente, aunque esto sin angustias ni escrúpulos. Con estas almas basta un sí o no, una sola palabra a obedecerle en todo.

D.¡Qué placer, ¿no es verdad, Padre? para el pobre confesor, cuando encuentra almas tan dóciles y obedientes!

M. — Estas son como místicos oasis en su dura y monótona labor, sin las cuales, decía el Santo Cura de Ars, no habría podido soportar su vida casi continua de confesonario.

D. — Más tales resultados, ¿no requieren en el penitente largo tiempo de constante ejercicio?

M. — Tratándose de almas constantes y voluntariosas, pueden bastar pocos meses y aun pocas semanas, pero sucede muy diversamente si se trata de aquellas otras almas que, aunque buenas y bien intencionadas, hállanse cardadas por su amor propio y tercas en sus opiniones. Con éstas se obtienen el resultado que consigue el maestro con aquellos alumnos a quienes cada día debe repetirles las mismas cosas, sin ningún provecho.


D. — Haga el favor de decirme quiénes son esas almas tan poco afortunadas.

M. –– Son aquéllas que si bien se aproximan al confesionario, no lo hacen con aquella candidez que se ha dicho. Aquéllas que frecuentemente litigan con el confesor, para llegar a una transacción. Aquellas que exigen argumentaciones muy persuasivas, fervorines muy acicalados, para venir siempre a parar al mismo resultado, es decir, a salirse con la suya, a que se haga su beneplácito, he aquí una muestra de ciertos diálogos, no raros por desgracia, en los que el confesor es puesto entre la espada y la pared por ciertos penitentes.

Una señora se acusaba de ser algo arrogante y soberbia para con su marido, de altercar frecuentemente con él, de no complacerlo, hasta de responderle con malos modos, etc. Y el confesor, procurando persuadirla de que la esposa debe ser humilde, paciente, mansa, sumisa, decíale:

— En resumidas cuentas, el hombre es el padre de la familia.

Y ella al punto respondió:Sí, lo comprendo, pero la mujer es la madre.

— El hombre es el amo de casa.

— Sí, Padre, pero la mujer es el ama.

— hombre debe ser el rey.

— Sí, Padre, pero la mujer debe ser la reina.

—  El hombre debe ser la corona.

— Sí, Padre pero la mujer debe ser la cruz que se coloque encima.

M. — Ahora dime, ¿qué cosa puede conseguirse de semejantes penitentes?

D. — Padre, ya se ve cuan tonta y orgullosa era esa señora.

M. — Igualmente arrogantes y presuntuosos son aquellos que dialogan parecidamente para continuar en sus amoríos: para continuar frecuentando el baile; para no resignarse, si son casados, a tener numerosa familia, etc.

D. — Gracias, Padre, lo he entendido perfectamente. ¿Y basta con respecto al confesor?

M.Al confesor se le deben aún tres cosas más, todas ellas muy importantes: respeto, caridad y reconocimiento. Y ante todo respeto y caridad, ya en lo referente al secreto de la confesión, ya respecto al modo de comportarse con él, ya sobre rogar por él para el buen éxito de su ministerio.

D.¿Qué hay que decir sobre el respeto y caridad, en lo tocante al secreto de la confesión?

M.Se ha de decir que, así como el confesor se halla obligado a guardar el más inviolable secreto en lo referente al silencio de lo que se le confía como ministro de Dios; así también se debe, por parte del penitente, una proporcionada correspondencia. Todo lo que pasa entre el confesor y, el penitente forma un todo sacramental con el Sacramento de la Penitencia, y todo lo que se refiere a la confesión merece grande estima, respeto y veneración. Se trata de relaciones íntimas con el representante de Jesucristo, el rebajar estas relaciones al nivel de las relaciones puramente humanas, es una verdadera profanación.

D. — Así pues, ¿no está bien que se hable de las cosas oídas al confesor?

M.No, no está bien, y no se puede hablar de eso. Todo lo que el confesor dice a un alma por razón de la confianza que en él deposita, es un alimento y un remedio preparado gramo por gramo y gota por gota, únicamente para ella, y no es lícito disiparlo y hacer de ello materia de conversación. El confesor nunca manifiesta nada de lo que se le confía en confesión ni siquiera lo que contesta a los penitentes éstos a su vez tampoco deben hablar de lo que ellos comunican al confesor, ni de lo que el confesor les comunica.

D. ¿El hablar de tales cosas podría traer consecuencias?

M. — Podría traerlas y muy perjudiciales.

1) Podría ser causa de equivocaciones, es decir, de atribuir al confesor lo que jamás tuvo intención de decir.

2) Podría, ocasionar al confesor estorbos en la dirección de las almas, ya que él debe preocuparse de cada uno de sus penitentes en particular, sin preocuparse de otras personas.

3) Podría faltarse a la caridad para con el confesor, que no tiene otra mira sino la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.

4) Podría ser nocivo al aprovechamiento propio y ajeno, creando fácilmente celos o antipatías y aún ocasionar sospechas infundadas en la mente de algunos, que por tener el corazón atollado en fango, no saben valorar las cosas santas.

¡Oh, cuántos, con la ligereza de su lengua comprometen el respeto que se debe al Sacerdote y al Sacramento! Ellos repiten las palabras, los avisos, las preguntas del confesor; mas tomando palabras aisladas y despojándolas de las circunstancias que las justifican, les dan un sentido totalmente diverso del que tenían en el acto de la confesión, viniendo a ser enteramente falsas y mentirosas. ¡Qué responsabilidad ante Dios!

Debe seguirse, pues, la regla inflexible de nunca hablar absolutamente nada, de cosa tocante a la confesión. ¡Si supieras! cuántos dolores y cuántas humillaciones acarrearon al Santo Cura de Ars ciertas devotas de falsa conciencia y de falsa piedad.

D.¿Y los que hablan de su confesor o para criticarlo o para ensalzarlo hasta el cielo?

M.También estos hacen mal. Al confesor se le debe dejar sepultado en su confesionario, en donde Jesucristo lo ha escondido. Si lo juzgas como a verdadero padre espiritual, toma sus consejos y practícalos; si por el contrario le crees parcial, caprichoso, no suficientemente santo, o bien desprovisto de aquellas prendas que desearas que tuviera, no sólo puedes sino que debes abandonarlo y buscar otro más adecuado a tus sublimes ideales.

D.¿Qué me dice, Padre, de los que cambian frecuentemente de confesor, con el objeto de encontrar otro mejor?

M.Digo que esos son el martillo, o mejor dicho el martirio de los pobres confesores. Hacen perder la paciencia a todos, continuando siempre en su propia voluntad y en sus malas costumbres y defectos. A éstos se les puede aplicar el dicho del Arzobispo de París, hablando de cierta abadesa, que acabó por abandonar el convento y hacerse jansenista: “Era el tipo más acabado de aquellas vírgenes, que siendo puras como ángeles, eran al mismo tiempo orgullosas como demonios”.

Los que frecuentemente cambian de confesor, proceden como ciertos litigantes, que por buscar un abogado que les dé la razón, vienen a arruinarse; o como ciertos enfermos crónicos e incurables, que van en busca de un médico que piadosamente los engañe.

D. — Padre, ha dicho, además que al confesor se le debe reconocimiento, ¿de qué modo?

M.Francamente, si alguna persona hay en el mundo que merezca sobre todas las demás, todo nuestro reconocimiento por la cualidad y multitud de los beneficios que nos hace, es ciertamente nuestro confesor, el cual por el puro deber de su sagrado ministerio, con todo desinterés, sacrifica sus comodidades, sus propios intereses, toda su persona al bien y provecho de nuestras almas. Mas la recompensa la espera Únicamente de Dios. Lo único que espera de nosotros, es la correspondencia al bien del alma y nuestros ruegos por él, ya en la vida, ya después de su muerte, pues él lleva siempre en el corazón aquel gran temor que hacía temblar a San Pablo, es decir el temor de que, después de haber salvado a los demás, haya de ser contado él en el número de los réprobos.

D. — Reconocimiento, pues, mas no apego, ¿no es verdad, Padre?

M.Justamente. Obediencia, respeto, reconocimiento, pero ningún apego. Antes bien, desechando todo lo que pueda tener rastro de imperfección en las relaciones humanas. Las perlas sobrenaturales no tienen nada común con las bellotas mundanas de la tierra.


“CONFESAOS BIEN”

Pbro Luis José Chiavarino



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