domingo, 11 de diciembre de 2016

¿Será necesario poner límites a la comunión frecuente para evitar los sacrilegios?





Discípulo. —Si tantos son los abusos, ¿no sería conveniente poner algún límite a la comunión frecuente?

Maestro. —Pero ¿qué dices? ¿Poner límite cuanto apenas se ha empezado a caminar? ¿Empezar tan pronto a frenar? Volveríamos bien pronto al Jansenismo despiadado y cruel. Y aún más, pues al punto a que ha llegado la indiferencia religiosa se uniría inmediatamente como pesada secuela el descuido y el olvido de tan augusto y prodigioso Sacramento, que es el que conserva en pie al mundo.

D. —Entonces, ¿nada de límites?

M. —Nada, ni pensar siquiera en disminuir la Comunión frecuente (la frecuencia de la Comunión); más bien hay que poner coto al pecado, que es causante de todos los abusos; a las malas ocasiones, a las costumbres depravadas, a las malas compañías, al desenfreno del placer, a las ideas cerradas, al egoísmo, a los caprichos, causas todas de las comuniones sacrílegas y mal hechas; pero nunca a la Comunión frecuente, cuando se hacen bien y con devoción.

D. —Y ante tan pocas Comuniones bien hechas y devotas en comparación de tantos y tantos sacrilegios, ¿tampoco?

M. —También en esto estás esquivocado. Es verdad que son muchas las Comuniones mal hechas, pero es también muy cierto que son mucho más numerosas las que se hacen bien, y capaces de contrarrestar superabundantemente las otras, sacrílegas. De no ser así, hace ya mucho tiempo que el mundo se hubiera arruinado.

En lo alto de la cúpula que está encima del presbiterio de una de las iglesias más hermosas de Roma, están representados los comienzos del fin del mundo. El fondo representa un altar suntuoso, en el que un sacerdote celebra la última Misa; alrededor asiste una muchedumbre de fieles con la mayor devoción, y se preparan a recibir la Sagrada Comunión, mientras arriba, en lo más alto, multitud de ángeles, inclinados con sus trompetas de oro, esperan el final de la Misa para anunciar cómo ha llegado la hora de la Justicia Divina, En este cuadro, obra del célebre Leonardo de Vinci, quiso decirnos el autor: Estoy convencido de que, sin la Santa Misa y sin la Sagrada Comunión, el mundo se hubiera hundido en el abismo de sus mismos crímenes.

D. — ¿Entonces, Padre?

M. —Entonces, quiere ello decir que es necesario fomentar más y más la Comunión frecuente, y procurar al mismo tiempo que estas comuniones estén bien hechas, haciendo guerra y poniendo el mayor coto posible a las Comuniones sacrílegas.

D. — ¿Será verdad que Dios aniquilará al mundo o enviará tremendos castigos por los muchos sacrilegios que se cometen?

M. —Tal vez hayas leído u oído contar alguna vez aquel episodio de la Historia Sagrada en el que se habla de la oración del patriarca Abraham.

D. —Creo que sí, Padre; pero no lo recuerdo bien; cuéntemelo.

M. —Se lee en el Antiguo Testamento que Dios habló un día a Abraham y le dijo:

—Abraham, estoy harto de la multitud de pecados que comete mi pueblo, y he determinado exterminarle con una gran lluvia de fuego.

—Señor, exclamó Abraham, ¿no le perdonarías si se encontraran en medio de él cien justos?

—Sí, le perdonaré, dijo Dios, sí hay cien justos.

— ¿Y sí hubiese solamente cincuenta?

—Todavía le perdonaría si se hallaren cincuenta justos.

–– ¿Y si hubiera veinticinco?

 — Por el amor de los veinticinco, también perdonaré.

Abraham, confiado aún más en la bondad infinita de Dios, continuó su oración:

 — ¿Y los perdonarías aunque solamente encontraran diez justos?

— Infinita es mi misericordia, dijo Dios, También los perdonaré en atención a estos diez justos.

Contento Abraham cesó, y se fué a busca los diez justos; pero no los encontró, y Dios destruyó las ciudades de la Pentápolis prevaricadora.

D. — ¡Qué bueno se mostró Dios Nuestro Señor!

M. — Pues Dios es bueno también ahora. Jamás cambia; ahora y siempre, como entonces, tiene sus delicias en tolerar y perdonar; y aunque los sacrilegios sean como espinas que puncen sus pupilas, y crueles espadas que atraviese en su corazón, aun así calla y perdona, en atención al consuelo y alegría que recibe de los que comulgan bien. Y como las Comuniones bien hechas superan en número a las malas, El permite estas últimas.


Pbro. Luis José Chiavarino

COMULGAD BIEN.


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