lunes, 19 de diciembre de 2016

MEDITACIONES del P. LUIS DE LA PUENTE para las fiestas de Navidad.




De la jornada de la Vírgen nuestra Señora desde Nazaret a Belén.


MEDITACIÓN SEGUNDA.


PUNTO PRIMERO.


   En tercer lugar, se ha de considerar la jornada de la Virgen, el modo como caminaba y las virtudes que ejercitaba con deseo de imitarla en ellas: ponderando como por ser ella pobre, el camino largo, y el tiempo del invierno riguroso, no la faltaban trabajos; pero todos los llevaba con admirable paciencia y alegría. Iba con gran modestia de sus ojos, y el corazon puesto en Dios y en él Dios que llevaba en sus entrañas, con quien tenía sus coloquios y entretenimientos como arriba se dijo: Si algún rato hablaba con su Esposo, todo era de Dios con gran dulzura; y no se cansaba, aunque iba preñada, porque el hijo no era cargoso, y la esperanza de verle presto nacido la daba grande alegría y gusto salir de Nazaret, porque con mayor quietud gozaría de su Hijo, naciendo fuera de ella. O Virgen benditísima, no es menester deciros el como a la Esposa (Cant. II, 40, 44, .42): ... Que os deis prisa a caminar, pues ya paso el invierno y cesó la lluvia, y han salido las flores del verano; porque las ganas de padecer y obedecer, os hacen caminar en el rigor del invierno, para que nazca la flor de Jesé, en quien está nuestro descanso. ¡Oh quien pudiera imitar las virtudes que en este camino ejercitasteis, acompañando vuestros pasos con espíritu, ya que no me fué concedido hacerlo con el cuerpo!


PUNTO SEGUNDO.


   En cuarto lugar, consideraré la entrada de la Virgen en Belén, la cual fué en ocasión de tanto concurso de gente, que no halló quien la hospedase, ni en el mesón hubo aposento donde estuviese; y asi le fué forzoso recogerse a un pobre establo de animales, trazándolo la divina Providencia, para que él Hijo de Dios entrase en el mundo mendigando y padeciendo, sin haber quien se compadeciese de su trabajo.

   Sobre este paso se ha de ponderar la excelencia del Señor que busca posada para nacer y no la encuentra: la ceguedad de los hombres que no le conocen ni se la dan: los bienes de que se privan por no dársela: y como escoge para si lo peor del mundo, sacando afectos y sentimientos tiernos de todo esto.

   Lo primero ponderaré, como los hombres del mundo tienen palacios y casas muy acomodadas, y los ricos de Belén estaban muy abrigados y aposentados a su gusto; y el Hijo del Eterno Padre, Señor de todo lo criado (Juan. I, 3), viniendo a buscar posada, y en su propia ciudad donde era natural, y entre los de su tribu y familia, no halla quien le hospede (Juan. 1, 11). ¡Ho Verbo eterno encarnado, cuan presto comienza el mundo a desecharte, habiendo tú venido a remediarle! Ya puedes decir, que las raposas del campo tienen cuevas, y las aves del cielo nidos, donde pongan sus huevos y críen sus hijuelos; pero el Hijo del hombre, y su pobre madre, no halla donde reclinar su cabeza (Luc. IX, 58). Las raposas te echan de sus cuevas, porque los astutos y ricos de la tierra aborrecen la simplicidad y pobreza.

   Las aves no te admiten en sus nidos, porque los nobles y soberbios del· mundo desprecian tu humildad y bajeza; y así te vas al pobre y humilde establo, donde el buey conocerá a su poseedor, y el jumento dejará su pesebre por darle a su Señor (Isaías. I, 3). O Señor de los señores y poseedor de todo lo criado, echa de mi alma las raposerías astutas y las volaterías soberbias que la ocupan, para que tú halles paso dentro de ella.


PUNTO TERCERO


   De aquí subiré a considerar, como la causa de no hallar posada Cristo en Belén, era la ignorancia de aquella gente; porque llegando Dios a sus puertas, no le conocían, ni sabían el bien que les viniera si le admitieran, admitiendo otros huéspedes de quienes podían recibir poco o ningún provecho. ¡O cuan dichoso fuera el que  hospedara  este Señor para que naciera en su casa! ¡Qué de riquezas espirituales le diera! ¡Cuán bien le pagará el hospedaje como lo pagó a Marta y á Zaque! ¡O cuan dichosa seria mi alma si acertase a hospedar a este Señor y darle lugar para que naciese espiritualmente  ella! O Dios infinito, que rodeas las puertas de mi corazon, llamando con inspiraciones para que te abra, con deseo de entrar en él para enriquecerle con los dones de tu gracia (Apoc. III, .20), no permitas que te cierre la puerta por no conocerte, o te despida por no estimarte. Ven, Señor, ven y llama, que yo te oiré: toca a mi puerta, que yo te abriré y te daré la mejor pieza de mi casa que es mi corazón, para que descanses a tu voluntad en ella.


   Finalmente tengo de ponderar la paciencia con que la Vírgen y san José elevaron aquel trabajo y desamparo, y con cuanta alegría sufrieron los desvelos de los que los desechaban por ser pobres; y con qué gusto se recogieron al establo, tomando para si el lugar más desechado de la tierra. Con lo cual maravillosamente hermanaron humildad y pobreza con paciencia y alegría: a cuya imitación procuraré desear para mí lo peor y más despreciado del mundo, llevándolo con alegría cuando me cupiere en suerte; pues que no hay suerte mejor que imitar a estos gloriosos Santos, como ellos imitaron a Cristo.

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