lunes, 5 de diciembre de 2016

La lengua sus pecados y excesos “Las discusiones inútiles”




   COMENTARIO DEL BLOG: Antes que leas estas líneas estimado lector debes tener claro a lo que el autor se refiere con “Discusiones inútiles” Son aquellas cuya materia es superflua, sin importancia. Y aun cuando se trate de materias de una importancia superlativa, como lo es la Religión y la Moral, la discusión es el camino incorrecto (pues como el mismo autor lo indica esta se vuelve estéril si se realiza con violencia y exaltación de espítitu, como sucede en la mayoría de los casos), y esto no significa que uno deba condescender con el error, o con el mal. Pues la verdad es una sola y lo que está mal, está mal, eso no se discute. Pero la discusión, muchas veces aunque se haga por la fe tiene un efecto adverso. Por eso los santos muchas veces procedieron con dulzura hasta con los mismos herejes. Pero no por ello se apartaron de la verdad, un ejemplo muy claro lo tenemos en San Francisco de Sales.

   Yo he comprobado esto: Con el correr de los años he descubierto que muchas veces se discute no por defender la Religión, sino por orgullo, no es la honra, ni la exaltación de Dios lo que queremos dejar indemnes sino, todo lo contraria, es nuestra propia vanidad herida. Medítalo querido lector que es lo que te mueve, y verás en conciencia que tendrás de seguro la respuesta. Hasta acá nuestro humilde comentario.

   Cuando vemos a lo lejos agitarse y gesticular bruscamente a dos personas, dicha actitud nos hace pensar que estarán tal vez discutiendo algún asunto o materia de excepcional importancia, y más cuando vienen hacia nosotros y solicitan nuestro arbitraje; pero cuál no será nuestro asombro cuando, al examinar las cuestiones que discuten, vemos que son las más vulgares y baladíes, como las relativas al tiempo que hace, cuándo y a qué hora serán aquella reunión o banquete (a que no se ha de asistir), y así por el estilo; cuestiones, como se ve, de ninguna importancia ni trascendencia, sea cualquiera la solución o partido que sobre ellas se adopte.

   Discusiones tan inútiles y aún más que las indicadas, son harto frecuentes, roban tiempo y pueden ser ocasión de verdaderas faltas, por lo cual considero oportuno dedicar breves páginas a esta materia.

   No intentamos censurar aquí toda discusión, sin tener en cuenta las razones que puedan justificarla. Esto sería anticiparnos demasiado.

   Casos hay en que se permite y hasta puede ser, en cierto modo, obligatoria la oposición o contradicción. En las conversaciones puede uno mostrarse partidario de tal o cual opinión en materia de ciencia, de arte o de política, en oposición a lo que piensen otros sobre las mismas cuestiones; pero todas ellas deben ir informadas por la moderación y la delicadeza de lenguaje, evitándose el tono irónico y burlón que pueda herir susceptibilidades. La ironía es, en efecto, un arma peligrosa de manejar: produce fácilmente heridas difíciles de restañar. Hay que saber manejar a tiempo el arte del prudente disimulo.

   Si, a pesar de los esfuerzos por conservar una actitud cortés y delicada, tiende a agriarse la discusión y a degenerar en verdadera disputa, conviene guardar silencio o cortar la discusión por medio de alguna broma de buen gusto. Parecerá, a primera vista, humillante y como indicio de batirse en retirada, por falta de argumentos, pero importa poco el juicio que el vulgo se forme; lo que interesa conocer es el juicio y la opinión que Dios tenga de nuestros actos, y podemos estar seguros de que, abandonando el campo de batalla por amor a la paz, se obtiene ante el juicio de Dios una brillante victoria.

   Del mismo modo, es lícita la discusión por algún interés personal legítimo, para evitar el propio daño; pero también aquí la discusión ha de ser moderada, sin acritud ni apasionamiento. Si nos dirigen palabras mortificantes será inútil prolongar la conversación. Alejarnos lo más pronto posible y, si valiere la pena, tomar después las medidas oportunas para dejar a salvo los propios intereses.

   Se presentan oportunidades en que la discusión o contradicción no sólo es lícita, sino también obligatoria. ¿Puede uno, verbigracia, permitir que en su presencia se ataque abiertamente a la reputación del prójimo? De ninguna manera. En tales casos está obligado el cristiano a protestar o denunciar la calumnia y restablecer lo que él juzgue ser la verdad. Pero debe, en todo caso, hacer resaltar la modestia y mansedumbre con palabras mesuradas, aun cuando se trate de vindicar la honra de una persona querida.

   Además, hay personas, como es sabido, a quienes difícilmente se puede contradecir mientras se ocupan de hablar mal del prójimo; toda tentativa para hacerlas entrar en razón las exaspera y se vuelven más injustas aún y más agresivas. No conviene entretenerse a discutir con gentes tenidas por la opinión pública como intratables. Hay que darles a entender en breves palabras que no se da crédito a semejantes chismes y que seguiremos guardando toda nuestra estima por aquellas personas víctimas de la mala fe y de la calumnia.

   Si se ataca en presencia nuestra a la Religión, sobre todo con el agravante de escándalo para nuestros hijos e inferiores, hay obligación de romper el silencio, protestando y refutando (si es posible) la calumnia o el error; pero debe procurarse también, y con mayor motivo, evitar toda exaltación y violencia. Recomendamos al cristiano lector la práctica del siguiente consejo: Cuide mucho de no manifestar con empeño que está sobrado de razón, y no subrayar con malicia la parte débil de la argumentación de su contrincante, sobre todo si tiene alguna fundada esperanza de ganar su alma para Dios.


   Veamos por ejemplo: Cuando la mujer haya demostrado al marido que, al hablar de religión, amontona injurias sobre inexactitudes, y triunfado ruidosamente de las equivocaciones cometidas por él en el curso de la discusión, ¿habrá conseguido acercarle más a Dios? No, ciertamente, sino más bien alejarle haciéndole concebir odio contra una religión que tan duramente ataca su amor propio. Conviene, muchas veces, saber escuchar, sin fruncir el ceño, las cosas más absurdas, para no herir la susceptibilidad de un alma cuya conversión se anhela.

   La persona piadosa debe evitar toda contradicción que no esté comprendida en alguna de las excepciones que acabamos de enumerar. Sobre este particular ha de hacer un serio examen de conciencia. ¿Cuáles son, en efecto, esas graves cuestiones que tanto enardecen y se discuten con tanta acritud en la vida de familia? Un hecho insignificante sobre el que pretende uno poseer detalles más precisos que su interlocutor; una conversación que cree referir de manera más exacta; bagatelas, en fin, que no merecen ocupar la atención: he aquí lo que provoca discusiones interminables y turba la paz entre personas amigas o miembros de la misma familia. ¿No importa ello una verdadera necedad?

   La persona piadosa debe respetar toda opinión ajena, por muy extravagante que le parezca, y una vez persuadida de que nada padecen la moral o la religión debe prescindir de toda discusión. “Dejad correr el agua por su cauce natural —según el consejo de Fenelón— y habituaos a oír injusticias y dislates”

   El primer defecto de una discusión innecesaria o inútil es que entra en la categoría de las palabras ociosas. Además, compromete el recogimiento, turba el silencio interior, tan necesario para toda unión con Dios. Irritarse por bagatelas o intervenir en cuestiones que nada importan es como olvidarse de Dios para dar oídos a los vanos ruidos del exterior. El autor de la Imitación afirma que una desatención o ligereza de esta clase basta para entorpecer todo progreso en la vida espiritual. ¿Habremos de añadir que esas discusiones no suelen terminar sin producir alguna herida a la caridad y hasta con daño de la verdad?


   El mal exige, entonces, que se le ataque en sus causas. Si el orgullo y el espíritu de contradicción desapareciesen de este mundo, la mayor parte de las discusiones vanas nacerían muertas. Hay que ponerse en guardia cuando se presenta la necesidad de discutir, ya que fácilmente se mezcla en la discusión uno de estos dos defectos: o se quiere imponer la propia opinión a los otros y llevarlos como por fuerza a que piensen como nosotros, que es el orgullo en una de sus manifestaciones más repulsivas atribuyéndose una especie de infalibilidad al no permitir que se piense de diferente manera; o bien se satisface un capricho batallador, un afán o empeño de andar en guerra con todo el mundo, llamando blanco a lo que los demás llaman negro, yendo contra el parecer de todos, a tiempo o a destiempo, con brusco y destemplado ataque: tal es el espíritu de contradicción en toda su crudeza.

   Investigue ahora el piadoso lector cuál de estos defectos le domina, cuando cede a la manía y al empeño de discutir de todo y a propósito de nada: el enemigo desenmascarado está ya medio vencido, sus sorpresas apenas son de temer, y por poca vigilancia que se tenga será fácil prevenirlas, destruyendo así el mal en su raíz.



“MONSEÑOR LEJEUNE”

AÑO 1947





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