martes, 6 de diciembre de 2016

La lengua sus pecados y excesos. “La mentira”



   Corresponde que advierta a mis lectores que la malicia de la mentira reside “en la intención de engañar”, y no en la falsedad que se afirma. No miente, pues, el que afirma una cosa que cree ser verdad y que en realidad no lo es. Al contrario, dice verdadera mentira aquel que, aun siendo cierto lo que afirma, trata de engañar al prójimo, convencido de que no dice la verdad. En semejante principio se funda, precisamente, la definición del catecismo: “Mentir es afirmar una cosa contra lo que uno siente, con intención de engañar.”

   Hay una gran variedad de mentirosos, que trataré de incluir en dos tipos principales. El primero es el mentiroso por vanidad. Hay quien dice que esta clase de mentirosos abunda en las márgenes del Garona; mas yo creo que la especie florece en todas las latitudes. El hombre del Norte muestra en la conversación un poco más de tacto y delicadeza; pero ¿es menos vanidoso por ser más hábil, y menos mentiroso por ser más calculador? Dondequiera que se encuentre una vanidad regularmente desarrollada podemos tener la seguridad de encontrar a su lado la mentira. La mujer vanidosa que quiere llamar la atención por cualquier medio no lo hace sino empezando por contar anécdotas maliciosas y picarescas, a fin de sostener la atención de los que la rodean. Ahora bien, como la verdad no siempre ofrece para ello recursos suficientes, ha de ser muy fuerte la tentación de prescindir de ella, de inventar en lugar de referir, de imaginar un cuadro, en vez de pintar la realidad. Tratad, cristianas lectoras, de no caer jamás en semejante ridículo; y cuando, por sorpresa, incurráis en esa falta, apresuraos a reprobarla, juzgaos con rigor y castigaos vosotras mismas con toda severidad.

   El segundo tipo de mentiroso es aquel que miente por excusarse. Al lado de una falta colocan inmediatamente una excusa es una de las propensiones naturales de la infancia. Cuando los padres sorprenden a alguno de sus pequeños en flagrante delito de desobediencia, por ejemplo, sienten ganas de reír, por la facilidad con que inventan excusas, lindantes con la mentira. ¿Y no son mucha un las personas mayores, que también incurren en la misma travesura? No obstante, sería muy sencillo contestar: “Sí, me he equivocado; he cometido esa falta...” Hablando así, confesaríamos claramente la propia fragilidad, lo cual nada tiene de deshonroso. Inventando a cada paso miserables excusas, tal vez pretendamos aparecer como incapaces de equivocarnos o de dar un mal paso; pero la actitud burlona con que los demás nos escuchan demuestra bien a las claras el crédito que merecen nuestras excusas.

   Mentir en determinadas ocasiones ¿puede ser lícito? Orígenes, antiguo escritor eclesiástico, había tratado de legitimar aquella clase de mentira que se profiriese con un fin útil o laudable. Esta doctrina, contraria a la enseñanza tradicional de la Iglesia, suscitó enérgicas protestas. San Jerónimo la combatió con su fogosidad habitual, y poco después el portaestandarte de la Iglesia de Africa, San Agustín, escribió sobre la mentira un libro en que, mostrándose aún más severo que San Jerónimo, declara que nunca es lícita la mentira, ni siquiera para conjurar una desgracia muy grave.

   No hay que sorprenderse porque los diplomáticos de la escuela de Maquiavelo continúen repitiendo que la palabra se ha dado al hombre para disfrazar su pensamiento. Erigir la mentira en sistema, es una manera bastante ingeniosa de librarse del calificativo de bribón. Pero la honradez natural protesta contra un axioma que tiene pretensiones de ingenioso y es verdaderamente cínico: ella proclama que la palabra se ha dado al hombre para expresar su pensamiento.


   Dios no podía, en efecto, crear al hombre sociable, no podía destinarle a vivir en sociedad, sin proporcionarle al mismo tiempo el medio de comunicar su pensamiento, de traducirle al exterior con la ayuda de signos sensibles, creando así entre él y sus semejantes un comercio intelectual. ¿No vive de eso la sociedad? Imagínese la confusión, el caos espantoso de un mundo en el que la buena fe no existiese ya en las relaciones sociales, la mentira constituyese ley, no pensando cada cual, para no ser engañado, más que en engañar a su vecino; una sociedad, por rudimentaria que se la suponga, cuya organización sea la más simple de todas, bajo la forma de tribu o de pueblo, no sostendría por espacio de un año semejante régimen, y en lugar de lazo social no habría muy pronto más que la guerra del hombre contra el hombre.

   Y en un orden superior de ideas ¿quién no sabe que Dios es la fuente de toda verdad, el centro de donde parten y donde terminan todas las formas, todas las manifestaciones de lo verdadero? El Verbo Encarnado ha dicho de sí mismo en el Evangelio: “Yo soy la verdad.” Dios tiene un contrario, que es el demonio; y puesto que lo contrario de la verdad es la mentira, estuvo San Juan muy inspirado llamando al demonio el Mentiroso y el padre de la mentira. Amar la verdad, decirla siempre con las palabras y en todos nuestros actos, es, por tanto, lo mismo que amar a Dios; mientras que desertar de la verdad, para adherirse a la mentira, es dejar a Dios, para seguir las instigaciones del demonio.

   No hay conciencia que no sienta la fealdad de la mentira. Por eso, uno de los insultos más graves que a un hombre se le puede inferir es llamarle mentiroso. Dudar de la probidad y delicadeza de uno y de su palabra son dos injurias a cual más graves, de esas injurias que cuesta mucho perdonar; y los más recalcitrantes en esta materia no son los menos quisquillosos, pretendiendo que todo el mundo crea o parezca creer en su palabra: ¡tan odiosa es la mentira en la estimación general de los hombres!

   Cuando se desea determinar la gravedad de una mentira hay que averiguar en seguida la categoría a la que pertenece. Personas a quienes en su infancia se les ha pintado la mentira con los más negros colores, con el fin de inspirarles horror hacia ella, conservan después, en la edad madura, la impresión de que es un pecado abominable, deshonroso, uno de esos pecados, por ejemplo, que es preciso confesar antes de acercarse a la sagrada comunión. Semejante apreciación de esas personas no está conforme con la verdad teológica, cuando se trata de la mentira jocosa o de la mentira oficiosa, las cuales, aun dichas con plena advertencia, o sostenidas con verdadera porfía, no constituyen nunca pecado mortal.

   Por tal motivo son censurables los padres que extravían la conciencia de sus hijos sobre esta materia diciéndoles, al oírles una mentira: “¡Qué pecado enorme acabas de cometer! Si murieras en este momento, caerías en el infierno...” No hay derecho para hablarles así. Para hacerles detestar la mentira conviene despertar en ellos, todo lo posible, el sentimiento del honor, diciéndole, si se quiere, que la mentira constituye un desdoro, aun a los ojos del mundo; pero nunca levantar la voz amenazándoles con la eterna condenación, si hubiesen mentido para excusarse y evitar algún castigo. Empleando este lenguaje cometerían los padres una inexactitud que podría poner en peligro la salvación de sus hijos.

   La mentira perniciosa, por el contrario, es un pecado grave, siempre que ocasione daño o perjuicio notable al prójimo. Bajo este aspecto el que la profiere tiene la obligación de reparar o compensar el daño que hubiere causado. Así, un bromista de mal gusto que engañase a un viajero sobre el camino que debía llevar, obligándole a hacer un largo trayecto, estaría en justicia obligado, por esa falsa dirección, a resarcir al viajero de los perjuicios que le hubiesen sobrevenido.

   Estrechamente vinculados con la mentira están el equívoco y la restricción mental. La materia es aquí delicada, y mejor que enunciar principios abstractos que pudieran engendrar algún escrúpulo en los piadosos lectores, prefiero resolver los casos de conciencia que me parecen más prácticos. Para estas resoluciones me inspiro en San Alfonso María de Ligorio y en sus principales comentadores.

   ¿Puede uno, por ejemplo, cerrar la puerta a toda visita y hacer contestar por conducto de la servidumbre que estamos ausentes? Sí, ciertamente; no hay culpa ni en el que da la orden ni en el que la ejecuta, ni existe tampoco en ello verdadero engaño: todo el mundo sabe que es una forma política muy usada para librarse de una visita. La verdad tampoco padece detrimento, y la caridad sale con ello mejor tratada que con una respuesta desabrida. Sólo un espíritu descontentadizo y quisquilloso, como el que suele informar ciertas comedias, puede escandalizarse de este proceder.
   Los funcionarios, los abogados, los médicos, los generales, en una palabra, todos aquellos a quienes obliga el secreto profesional, ¿podrán usar de restricción mental engañando a los indiscretos que les pregunten sobre asuntos secretos a ellos encomendados? Indudablemente; sería, en verdad, demasiado cómodo el que la curiosidad pudiese tan fácilmente satisfacerse. Esos hombres son depositarios de secretos que no les pertenecen: pueden, por lo mismo, despistar, sin reparo, a los imprudentes que les preguntan.

   Por otra parte, es también muy cierto que el confesor debe responder que ignora un hecho que sólo conoce por vía de confesión. El secreto sacramental es de una naturaleza muy particular: obliga con mucho más rigor aún que el secreto profesional de que se acaba de hablar.

   Pero ¿qué diremos de una persona a quien no obliga ni el secreto profesional ni el sacramental y que sólo confidencialmente ha recibido un secreto, infamante para alguno de sus amigos? ¿Podrá responder, no sólo que ignora semejante hecho, sino hasta afirmar que cree en la inocencia de su amigo, indignándose contra los propósitos malévolos que circulen sobre este particular? Sí, ciertamente, porque en tales casos puede hablar y obrar absolutamente como si no hubiese recibido la dolorosa confidencia que se le había hecho. Anteriormente a esta confidencia se habría levantado contra lo que hubiera llamado calumnia; después de recibida la confidencia puede defender al amigo con el mismo vigor y energía. Yo añado que así debe hacerlo por delicadeza, ya que, si se mostrase débil en la defensa, daría cuerpo a los rumores desfavorables que circulen.

   Consideremos, para terminar, otro caso: Se nos pide prestada una cantidad determinada, teniendo por nuestra parte la seguridad de que no la podremos recuperar. En lugar de decir claramente al solicitante que no nos inspira confianza, ¿podremos responderle finamente que sentimos no poder disponer de dicha cantidad para prestársela? Desde luego que sí; la restricción mental de que nos servimos en semejante ocasión no puede inducirle a engaño ni se equivocará sobre el sentido de nuestra respuesta.

   Estos breves ejemplos podrán, a mi juicio, servir de norma a los lectores timoratos para resolver por sí mismos otros casos semejantes que pudieran presentárseles.



“MONSEÑOR LEJEUNE”

AÑO 1947





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