sábado, 3 de diciembre de 2016

De cómo San Francisco Javier convirtió a toda una isla de salvajes




   …Sucumbieron al extraño encanto del padre blanco, incluso el sultán con su legión de cíen concubinas había sentido el cosquilleo del evangelio en su alma. Para Francisco Javier no existían las barreras ni los obstáculos. Él los vencía todos con su temperamento y con la llama divina que encendía su corazón.

   Durante los meses de agosto y septiembre, Ternate, que de hecho era el centro comercial del clavo, se convertía en un hervidero de actividad, pues era la época de recolección de la preciada especia. Todos los habitantes se entregaban al trabajo que les había de dar la riqueza para el resto del año. Francisco Javier tuvo entonces una pausa en su ajetreado apostolado. La aprovechó para escribir un pequeño libro, una especie de devocionario sencillo y algo árido. Lo dejó inconcluso. El agobiante calor producido por los vientos le sorprendió en el artículo noveno. No pudo proseguir. Tenía que ir a otra isla si no quería quedar incomunicado al variar aquéllos.

   Francisco Javier se alejó de los tamarindos y las oropéndolas que le acompañaron en aquel breve descanso, se alejó de los cristianos que su apostolado había conseguido, y embarcó en una «coracora» para dirigirse a las llamadas islas del Moro, o Moratai, verdadero infierno de salvajes escondido tras hermosas barreras de coral. Pero antes de emprender el nuevo viaje el valiente misionero tuvo que convencer a quienes se lo querían impedir.

   —No lo intentéis siquiera —le dijeron sus fieles en cuanto conocieron su propósito—. En las islas del Moro sólo conseguiréis morir. No hay nadie que se atreva a acercarse a sus costas desde hace muchos años, porque los salvajes asesinan sin piedad. Son caníbales, padre, matan a sus propios hijos y esposas y Juego se los comen.

   —No lograréis asustarme, sino todo lo contrario, hijos míos —les dijo Francisco—. Por todo lo que me contáis veo que esos infieles me necesitan más que nadie.

   —Es una locura —dijo uno.

   —Son traidores —dijo otro—. Saben emplear los más rápidos venenos como nadie. Os matarán.

   —Si es voluntad de Dios, que sea en bien de las almas de mis cristianos —replicó Francisco.

   —Moratai es de nuestro sultán y ni siquiera él se atreve a visitar jamás la isla —explicó un indígena de Ternate.

   —Por muy bárbaros que sean y por muy negro que me pintéis el panorama, estoy decidido a ir a la isla del Moro y rescatar a esos pobres paganos, abandonados por todos, para Dios. No intentéis, pues, retrasar más mi viaje porque no habéis de convencerme.

   —Como capitán de la colonia, representante del rey de Portugal y responsable de las vidas de cuantos habitan en Ternate, me niego a proporcionaros la embarcación que me pedís, padre Francisco —dijo a San Francisco Javier al fin el capitán portugués—. Facilitaros el viaje sería mandaros a la muerte, y yo no quiero responder ante mi rey Juan III y ante el Rey del cielo de la muerte del padre Francisco Javier.

   La cuestión parecía zanjada, pero no lo estaba.

   —Os aseguro que no temo a los peligros ni a la muerte —replicó el misionero con la voz dominada por santa ira—. Mis únicos enemigos son los que se empeñan en dificultarla realización de mis deseos, y sepan estos testarudos que se oponen a la voluntad divina. Puesto que es firme la decisión de negarme los medios para llegar a Moratai, me arrojaré al mar y a nado espero arribar a sus costas.

   No hay nada que no pueda un temple navarro como el de Francisco Javier. EI capitán, sabiendo que era muy capaz de hacer lo que decía, acabó por claudicar, le entregó la «coracora» y le facilitó los malayos que la conducirían hasta la isla del Moro.

    El viaje fue difícil y el desembarco aún más, La hostilidad de los isleños comenzó en las mismas costas. Las tierras, estremecidas por el volcán, eran salvajes y los heterogéneos indígenas todavía más. La muerte le acechaba en cada rincón. Los peligros eran infinitos y variados. Quienes habían querido disuadirle no le habían mentido ni habían exagerado. Moratai era la antesala del infierno y sus isleños eran los propios demonios. Sin embargo, Francisco Javier no explicó ni una sola de las calamidades y sufrimientos que debió padecer en sus tres meses de apostolado. No dio importancia a la heroicidad que su gesto representaba. No quiso alarmar a nadie con las barbaridades que tuvo que ver y combatir. Se limitó a escribir a sus compañeros la parte anecdótica de la expedición y el resultado de su misión. En tres meses cristianizó a todos los bárbaros isleños, y según afirmó: «recibió gran consolación de ellos y yo les di gran consuelo». Según Francisco todo había sido miel sobre hojuelas, cuando en realidad todo debió ser más amargo que la hiel.

   Lo cierto es que el misionero recorrió todo el archipiélago que componía las Moratai y lo cristianizó por entero. Pese a los muchos sufrimientos, Francisco fue muy feliz en aquel mundo y siempre lo recordó con nostalgia.


De la vida de San Francisco Javier.


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