miércoles, 23 de noviembre de 2016

LOS MASONES (PARTE I)




¿Qué son los masones y demás sectarios?

   Ya hemos visto lo que son los curas, la doctrina que enseñan, la necesidad de su existencia, y demostrado queda también que las flaquezas de algunos no pueden servir ni aun de pretexto para pedir su extinción, como la existencia de moneda falsa no es razón para que deje de acuñarse y de apreciarse la buena.

   Veamos ahora lo que son los masones, que tomamos como el prototipo de todos los sectarios, por ser ellos los que han organizado y dirigen el movimiento anticlerical con que agitan hoy al mundo.

   El masón es, en primer lugar, un hombre que blasonando de libre, se liga con juramentos terribles a una asociación cuyos fines desconoce en el momento de entrar en ella, y a la que ha de prestar ciega obediencia, cualesquiera que sean sus mandatos.

   Es un hombre, además, que alardeando de ser despreocupado y enemigo de toda superstición, se entrega a las más ridículas y depresivas ceremonias, incluso la de ponerse en cuatro pies en plena sesión de logia, como sucede con los afiliados al grado 22 del rito escocés de la secta masónica.

   Es también un hombre que diciendo profesar los principios del libre examen, está obligado, por los juramentos que a ciegas hace, a no profundizar los misterios de la secta, hasta el punto de estarle severamente prohibido leer los rituales de los grados superiores a aquel que le ha sido confiado en la logia.

   Se le dice que todos los hombres son iguales y luego se le obliga a acompañar con antorchas, cuando entran o salen del templo masónico, a los masones de grados superiores al suyo, y se le veda sentarse en el sitio reservado a esos masones y a callar inmediatamente que el venerable de su logia o el vigilante de quien dependen da Un golpe con el mazo o mollete sobre la piedra triangular que dichos dignatarios de logia tienen en la mesilla, también triangular, ante la que se hallan sentados.

   Se dice partidario de la publicidad y acude a sitios escondidos, y es tal el secreto que tiene que guardar en todo lo que se refiere a los asuntos masónicos, que al final de cada sesión se le hace jurar por el venerable de la logia, no revelar a nadie lo que se ha tratado en ella.

   Consta en los estatutos de la secta, para uso de los que no están verdaderamente iniciados en sus rituales secretos, que la masonería no se ocupa en asuntos religiosos ni políticos y sí únicamente en obras benéficas, y no hay movimiento antirreligioso y revolucionario que no haya sido organizado por las logias. Ellas mismas se jactan de haber movido la pluma de los enciclopedistas del siglo XVIII, a ellas pertenecieron Voltaire, Rousseau, Diderot y D’Alembert, cuyos abominables trabajos para arrancar la fe de los individuos y de los pueblos, aún sirven de pauta a todos los enemigos de la Iglesia de Dios en estos tiempos; consideran, y no mienten, como obra suya la proclamación de los llamados derechos del hombre el año 1789, los horrores del terror en 1793, y hasta presentan como título de gloria el asesinato del rey Luis XVI de Francia, al que los masones de la Convención francesa contribuyeron con sus votos, obligando a que también votara el infame regicidio el duque de Orleans, primo de aquel infortunado monarca, y conocido en las logias con el mote masónico o nombre simbólico de Igualdad.


   Dice el masón que se ocupa en obras de beneficencia, pero es lo cierto que por los trabajos de la masonería, se decretó aquel infame latrocinio conocido con el nombre de desamortización eclesiástica, que redujo a la más espantosa miseria a millones de desgraciados que en todo el mundo recibían el socorro de la Iglesia, por medio de obras pías, con cuyos fondos se enriquecieron los masones que antes no tenían, como se dice vulgarmente, sobre qué caerse muertos.

   Hoy mismo tenemos una prueba de la filantropía masónica en las leyes de persecución y de despojo contra las congregaciones religiosas, presentadas por la Cámara de diputados de Francia y pendientes de aprobación en el Senado de la susodicha nación.

   De aprobarse esas leyes, se triplicaría cuando menos el presupuesto de la llamada Asistencia pública, o sea la beneficencia oficial, sopeña de dejar morirse de hambre a cientos de millares de pobres, que será lo más probable; pero en cambio los quinientos millones de francos en que han sido valuados los bienes de dichas congregaciones, vendrán a aumentar el peculio de los compadres de las logias, que por poco más de un pedazo de pan, como decirse suele, adquirirán productivas fincas que les permitirán vivir en la holganza, que tan sin fundamento echan en cara a los religiosos, a costa de los sudores de éstos, que a fuerza de trabajos y de constancia habían logrado reunir ese patrimonio, no para ellos, sino para socorrer las necesidades de los desvalidos e indigentes. Con lo cual se cometerá un doble fraude; aquel de que serán víctimas los pobres, cuyo patrimonio servirá para satisfacer las codicias de los masones listos, y el que se cometerá comprando por uno lo que vale diez, como sucedió en España con las desamortizaciones eclesiásticas, gravando además los intereses de los contribuyentes, a los que se exigirán mayores tributos para satisfacer los mayores gastos de la beneficencia oficial, qué hasta aquí se han venido sufragando con esos bienes de las congregaciones religiosas que han excitado la codicia de las logias.



“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

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