miércoles, 21 de septiembre de 2016

La Victoria es negocio de la voluntad (parte II y final) Lectura para las almas que buscan la perfección. (¡¡¡Imperdible!!!)




Como se afianza la voluntad

   Para fortificar la voluntad y asegurarle este pleno dominio sobre sí misma y las demás potencias, para hacerla poco a poco capaz de grandes obras, Dios la va formando por largo tiempo con admirable sabiduría y paternal bondad. Primero le pone a la vista la hermosura de la virtud y la fealdad del pecado: así la inteligencia es iluminada, y los deseos o impulsos dados por la gracia divina a nuestra voluntad nos mueven a la práctica de las virtudes; estos no son aún más que veleidades, es decir, deseos espontáneos y todavía ineficaces; si los consentimos, si la voluntad pasa deliberadamente del deseo a la resolución llegan a ser libres y meritorios.

   Al principio de la vida piadosa cuando el alma ha dado ya pruebas de buenas disposiciones, el consentimiento es fácil porque la gracia se presenta suave y consolatoria, las demás potencias ayudan a la voluntad a buscar el bien; los sentidos, la imaginación son impresionados saludablemente, el corazón se conmueve, las ceremonias, las prácticas de piedad, la oración, la comunión, el ejercicio de algunas virtudes producen en el alma pufos deleites. Pero al mismo tiempo que Dios vuelve dulce estas obras piadosas, reclama algunos actos de virtud que cuestan y obligan a la voluntad a desplegar cierto vigor.

   Es el momento en que las almas valerosas se distinguen de las cobardes y egoístas, aquéllas se muestran más generosas, éstas se complacen en esa dulzura y esquivan los sacrificios. Las almas que son como muelles no progresan hasta tanto que no salen de sus blanduras y que su voluntad hace grandes esfuerzos. En cuanto a las almas fieles Dios continúa ofreciéndoles ocasiones de victoria; un esfuerzo pasajero sería cosa fácil, pero así la lucha se prolonga: los demonios vuelven a sus ataques; la naturaleza mil veces dominada, mil veces contrariada, no cesa ni de reclamar lo que le halaga ni de resistir lo que le repugna; los hombres con sus críticas, sus consejos, sus ejemplos tratan de apartar del deber. Importa, pues, vencer todos estos enemigos y poner en tales combates un propósito y entereza creciente.

   Toda virtud para ser perfecta exige grandes pruebas, y hay que procurar adquirir en su perfección las virtudes fundamentales que consigo traerán las otras. La reforma del carácter es una obra difícil: lanzad el natural, vuelve volando: para llegar a ser un hombre de recogimiento y oración es necesaria una gran fortaleza de alma; para practicar el desasimiento de todo lo que seduce a la voluntad humana son indispensables esfuerzos prolijos y penosos, pues hay que mortificar su corazón, su cuerpo, sus gustos, su juicio propio, hay que vencer sus repugnancias; la práctica de la humildad, de la caridad exige también una gran vigilancia y fuerte trabajo. Dios impone pues a su criatura numerosos combates, pero no cesa de sostenerla. Las gracias que le concede no son siempre confortantes; llega un día en que para obligar a la voluntad a mayores esfuerzos y adquirir más firmeza, Dios le retira sus apoyos; hace pasar al alma por sequedades y por estados de aparente incapacidad; las otras facultades en lugar de ayudarla como antes, son ahora obstáculos, la imaginación entregada a las divagaciones distrae a la inteligencia y la aparta de las verdades de la fe para ocuparla en cosas transitorias, el corazón no sólo está frío, indiferente a lo bueno, sino a veces también siente verdadero disgusto por aquello mismo que antes le embelesaba: lecturas, oraciones, prácticas piadosas deberes de estado. La voluntad debe entonces encaminar sus fuerzas a cumplir los compromisos más comunes. El enemigo, en esos momentos críticos, procura desorientar a las almas persuadiéndoles que todo esfuerzo es inútil o imposible. “No puedo”, palabra fatal, persuasión funesta en extremo que impide al alma hacerse violencia en el momento en que los actos de mayor energía son más necesarios que nunca. “No puedo hacer oración”; pero la oración es un deber, si a veces es muy difícil, la gracia para hacerla no falta jamás, y la Iglesia condenó a los quietistas por pretender que el alma debe quedarse en completo silencio sin formular jamás petición alguna. San Ignacio (Ejerc. XIII anot) recomienda prolongar la oración cuando se nos hace más difícil, “a fin de que así nos acostumbremos no sólo a resistir al enemigo sino también a derrocarlo”. La voluntad debe además aumentar sus esfuerzos cuando la naturaleza se rebela, cuando la repugnancia sobreexcita los nervios, cuando las pasiones se enardecen. Siempre puede permanecer señora, pero con la condición de aplicar toda Su energía. “Es más fuerte que yo y no la puedo vencer”, tal es también la excusa de las almas dé poco amor, pretexto falaz. Una persona que pasaba por grandes tentaciones contra la fe declaró a la Beata Ana de San Bartolomé que le era imposible hacer ningún acto de esta virtud; la santa carmelita llena de compasión intercedió por ella y el Señor le respondió: puedes decirle que no es verdad; el socorro de mi gracia es más fuerte que su tentación» (Divines, Paroles, XIX, 8).

   El que quiere permanecer muy fiel a Dios y amarle con amor perfecto debe tomar por divisa: cueste lo que Costare; ha de estar resuelto a hacerse grande y continua violencia; siempre será verdadera la fórmula célebre de la Imitación (I, 25): tanto más progresarás cuanto más te vencerás (1)

(1) Esta sentencia del Kemkpis recuerda la de San Ignacio: “Cada tino debe saber que aprovechará en la vida espiritual en proporción de lo que se despoje de su amor propio, de su voluntad propia, de su interés propio.” II Semana. Elección.

    Trabajad: varonilmente y alentaos, decía San Pablo (I. Cor., XVI, 13), después del salmista (XXX, 25). Dios ha depositado en el fondo de las almas una mina de fuerzas saludables que acaso no las sospechamos, y quiere que probemos lo que valen. No permanezcan pues enterradas; aprendamos a sacar de nuestra voluntad toda la energía que tiene en germen, la cual puede aumentar de un modo maravilloso. Pero son muchas las personas apocadas que se esfuerzan muy poco; hacen lo bastante para ser virtuosas, poquísimo para ser perfectas. Después de diez, treinta años de vida piadosa la oración les cuesta todavía, sus oraciones muy distraídas, su mortificación poco generosa no han reformado aun su carácter, ni aprendido a suavizarlo si lo tenían áspero, ni a robustecerlo si era muy para poco; acaban pronto con su paciencia, penalidades que las almas esforzadas miran como livianas les parecen muy pesadas, y creen hacer mucho si las sobrellevan sin enojarse. Estas personas no salen jamás de la niñez espiritual. Como los niños incapaces de entregarse a labores fuertes, de llevar la misma carga que los hombres formados, no pueden hacer más que muy leves servicios, sólo practican pequeñas virtudes, ni dan a Dios sino poquísima gloria.

   Los que hicieron muy serios esfuerzos han adquirido más virtudes y sus méritos son mucho mayores; pero cuan fuertes llegan a ser los que se hacen violencia en todo, incansables en la pelea contra sí mismos. Las victorias a medias dejan al alma todavía muy débil, pero cada victoria completa, efecto de esfuerzos enérgicos, debilita al enemigo, fortalece al vencedor y da más facilidad para nuevos triunfos. Llega un día en que la voluntad apartada de sus aficiones, libre de sus defectos, puede ser un instrumento dócil en las manos divinas. El Espíritu Santo se apodera de ella, la afianza y la dirige. El don de fortaleza no lo ejercía hasta entonces sino por intervalos, en circunstancias difíciles, cuando eran necesarios sacrificios excepcionales, como en el trance de corresponder a una vocación vivamente combatida, o en las horas de gran dolor, como en la muerte de un padre, de una madre, de una persona querida; en adelante este mismo don producirá efectos habituales y bien preciosos. Se disfruta de una igualdad constante de alma, porque el Espíritu Santo que la fortifica es siempre inmutable; siempre se conserva la plena posesión de sí mismo, no desmentida ni en los casos de triste sorpresa, de contrariedades irritantes, ni en los sucesos que más puedan aturdir. Es la fortaleza unida con la suavidad, pues la acción divina es siempre fuerte y suave (Sap., VIII, 1): Las almas que ejercitan el don de fortaleza no tienen la aspereza y pertinacia de los que sólo poseen una firmeza de voluntad natural, los cuales quieren que todo se doblegue delante de ellos; son fuertes contra los demonios y contra su naturaleza; pero dulces con sus hermanos como rígidas consigo mismas. Realizan sin vacilación ni aun necesidad de razonarlo los actos de virtud que cuestan mucho a los cristianos ordinarios, y la prueba de que esta facilidad no es únicamente el efecto de sus hábitos adquiridos y del fortalecimiento de la voluntad, sino también y sobre todo de la acción del Espíritu Santo que las penetra y las mueve, es la paz interior honda, sobrenatural que en ellas acompaña a la práctica de la virtud; y experimentan esta paz en el momento mismo en que se renuncian a sí mismas; no es pues la satisfacción del triunfo reportado, la cual no puede sentirse sino después de la lucha, es el gozo sobrehumana del sacrificio.


   Las disposiciones que acabamos de retratar son las de las afinas llegadas a la vía unitiva; con mayor razón las de las almas más perfectas, las de las almas heroicas. Todos los santos pronunciaron el “cueste lo que costare”. Todos quisieron con voluntad inflexible amar a Dios, trabajar por él, inmolarse por él: para agradarle nada les pareció arduo en demasía, no perdonaron esfuerzos, no retrocedieron ante ningún sacrificio, fueron de victoria en victoria. Nosotros también “cueste lo que cueste”, luchemos siempre con toda la energía de que somos capaces; los soldados que combaten salvan a su príncipe y su país, y la patria entera tiene parte en tan faustos sucesos: soldados de Dios, luchamos por su amor y por su gloria y nuestras victorias son sus victorias.



“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”

por

AUGUSTO SAUDREAU

Canónigo honorario de Angers


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